Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Política de Cookies Aceptar

GRUPO PLAZA

TRIBUNA LIBRE

Las Fallas de nunca acabar

15/03/2020 - 

VALÈNCIA. He escuchado con frecuencia –y muchas veces he sido yo el que lo ha afirmado- que las personas relacionadas con las Fallas, en mayor o en menor grado, vivimos en una realidad paralela. Pero, en tal caso, siempre me gusta recordar la afirmación del profesor
Antoni Ariño sobre que la fiesta es un elemento extraordinariamente sólido para estructurar el tiempo y la sociedad. De ahí que muchos concibamos las Fallas no como nuestra vida, pero sí como una parte importante de la misma, por todo lo que tienen de cultural, lúdico, asociativo e identitario y por situarnos en un lugar y en un tiempo concreto.

Por eso, el shock por la cancelación y traslado eventual de las Fallas al próximo mes de julio ha sido un varapalo a muchos niveles, que ha vuelto todavía más irreal la ya de per se paralela realidad fallera. El disgusto más inmediato para el mundo fallero es esa sensación de incredulidad y desasosiego ante una situación novedosa, en la que nuestra particular y popular catarsis se ha borrado del calendario de una manera abrupta en el punto clave del ejercicio fallero. Pero no hay que olvidar, por encima ya de la perspectiva personal de mayor o menor implicación fallera, la causa que ha llevado a la festividad a su desaparición este marzo: la cancelación de las Fallas no es más que un apéndice local de una crisis sanitaria global de enorme alcance en la que, sin caer en el conspiranoiavirus que comentaba Bob Pop hace una semana, muchas cosas no parecen demasiado claras y han generado episodios de histeria colectiva en forma de papel higiénico.

Posponer la fiesta era lo que había que hacer. Y punto. Y en redes ya ruedan numerosos vídeos y explicaciones de curvas y prevenciones por parte de profesionales de la sanidad. Que las medidas en el caso de las Fallas llegaron tarde después de una partida de ping-pong entre las administraciones, dado que nadie quería asumir el mal trago de anunciar algo tan impopular, es evidente. No hay que olvidar lo electoralmente sensible que es este tema a nivel local. El problema de posponer actos festivos, sin embargo, se agrava en el caso de las Fallas, al contar con un elemento creativo material que está pensado para ser consumido por el fuego. Una obra irreversible que, además, se realiza en un contexto de una crisis interna con un escaso margen económico y de acción que ha hundido la fiesta. Sino definitivamente, al menos por un largo tiempo. Porque, a la rabia de no ver plantadas las fallas, la decepción, impotencia y pena de tantos artistas, creativos, diseñadores, talleres y falleros y falleras desilusionados; se suma el descalabro económico de otros sectores dependientes –indumentaria, música, floristas, etc.- y de muchas comisiones, empezando por las de especial, que equilibran el enorme gasto con los beneficios que se obtienen durante la semana fallera en taquilla, food trucks, etc.

La patada hacia delante de la eventual celebración en julio –que esperemos sea puntual y que a ningún lumbrera neoliberal se le ocurra inventarse un “Summer Fallas Festival” en futuros ejercicios- no soluciona el problema de raíz, que es la inversión económica directa, y lo deja todo en manos de una siempre voluble promesa de liquidez por parte de la Generalitat y del Ayuntamiento.

¿Han entrado las Fallas en su crisis definitiva anunciada ya por el progresivo colapso multinivel que se ha manifestado especialmente durante la última década? No lo sé, pero mi pesimismo innato no intuye una mejora o cambio rápido. Y la razón está en la propia naturaleza de las Fallas: no hay que olvidar la difícil realidad de una extensa red asociativa en la que entran en juego intereses particulares, grupos sociales, ideología, inmovilismo, inversión económica, gestión política, infinidad de agentes condenados a la precariedad y un larguísimo etcétera. Si para algo ha de servir la triste y excepcional
situación de este marzo fantasma es para reestructurar y reorganizar un evento que se ha vuelto, a todas luces, excesivo y descontrolado. Esta fiesta ha condicionado muchos otros aspectos de la ciudad y de la vida local que nada tienen que ver con su realidad y que innecesariamente incordian a una parte de la ciudadanía que tiene pleno derecho a pasar de las Fallas.

Por muy importantes y apreciadas que sean para muchos de nosotros y de nosotras, estas fiestas han dejado en evidencia su desmesura y descontrol al carecer de un plan B ante la triste situación derivada del coronavirus. No, el mundo de las Fallas no tiene superpoderes, por si alguien aún lo dudaba. Lo que sí tienen las Fallas son las inquebrantables ganas de tirar hacia adelante evidenciadas tantas veces en el pasado. Pero asumir la fragilidad manifiesta no es una sensación agradable para nadie. Y el hecho de que muchas personas vía redes se hayan alegrado de la cancelación, lejos de irritarnos, tendría que ser asumido más como un síntoma que como un ataque. Algo, necesariamente, tenemos que cambiar.

Noticias relacionadas

next

Conecta con nosotros

Valencia Plaza, desde cualquier medio

Suscríbete al boletín VP

Todos los días a primera hora en tu email