Dos creadoras alicantinas convierten una pregunta infantil en un alegato sobre el pensamiento crítico

Cultura

Bárbara Ripoll y Marina Llorca firman 'El cielo no es azul', un álbum ilustrado que invita a los niños a cuestionar las certezas y que ha sido incorporado al catálogo oficial de Amnistía Internacional

  • Bárbara Ripoll Jareño y Marina Llorca Esquerdo
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ALICANTE. A la pregunta de qué color es el cielo, la mayoría contestaría automáticamente que es azul. Sin embargo, basta con levantar la vista al atardecer sobre cualquier playa de Alicante para descubrir que esa afirmación admite tantos matices como colores puede llegar a dibujar la luz sobre el horizonte. Y fue precisamente esa pregunta, formulada por una niña mientras contemplaba el cielo junto a su madre, la que terminó convirtiéndose en el germen del cuento El cielo no es azul, el álbum ilustrado de las alicantinas Bárbara Ripoll Jareño y Marina Llorca Esquerdo.

Comenzó como una conversación cotidiana, pero terminó transformándose en un proyecto literario con vocación educativa. Una publicación de la editorial Babidi-bú, que está disponible también en valenciano bajo el título El cel no és blau y que propone a los más pequeños un viaje que va mucho más allá de los colores. Su verdadera intención es enseñar a observar, preguntarse el porqué de las cosas y construir un criterio propio en un momento en el que la información circula a una velocidad sin precedentes y la capacidad para discernir entre lo cierto y lo falso se ha hecho indispensable.

Ese planteamiento ha encontrado eco en Amnistía Internacional, que ha incorporado la obra a su catálogo oficial de venta online por considerar que comparte los principios que defiende la organización. Un reconocimiento que las autoras reciben como la confirmación de que la literatura infantil puede ser mucho más que un entretenimiento. Y es que también puede ser una herramienta para formar ciudadanos libres, críticos y capaces de mirar la realidad desde diferentes perspectivas.

Una pregunta capaz de cambiar una historia

Toda historia tiene un origen y, en este caso, fue una tarde cualquiera en la terraza de casa. "Estábamos mi hija y yo juntas en la terraza de casa, sobre las ocho de la tarde, y había un cielo precioso, de esos cielos alicantinos rosas, naranjas, morados, amarillos, rojos, etcétera", recuerda la autora, Bárbara Ripoll. Entonces, la pequeña se quedó muy seria, le miró y le preguntó: "mamá, ¿por qué todos dicen que el cielo es azul si está claro que no lo es?". Una observación infantil que tuvo un efecto inmediato en la autora quien, más que buscar una respuesta, comenzó a cuestionarse la pregunta. "No hay nada que te haga pensar tanto en una respuesta como enfrentarte a una buena pregunta", asegura.

"Acabábamos de salir de una pandemia que todavía estábamos intentando comprender", recuerda Ripoll. "Fue una época muy dura, pero también nos permitió detenernos, escuchar y mirar; mirarnos entre nosotros y mirar el cielo", explica. Y es que esa escena permaneció dando vueltas en su cabeza durante meses hasta que el 2 de abril de 2021 decidió compartir la idea con Marina Llorca, profesora de Artes Plásticas e ilustradora.

Con cierta mezcla de ilusión y vértigo, propuso convertir aquella reflexión en un cuento ilustrado. "Le conté que tenía una historia, que creía que era buena y que había pensado que ella era la compañera ideal para este viaje", afirma la autora, y la respuesta le llegó de inmediato. "Contra todo pronóstico, le encantó la idea y, dos días después, ya teníamos nuestra primera reunión oficial; fui con un storyboard para enseñarle cómo imaginaba la historia", rememora. Así es como se inició una colaboración en la que el texto y la imagen fueron creciendo de manera paralela hasta convertirse en una única narración.

Aprender a cuestionar lo evidente

La elección del cielo como símbolo no fue casual, precisamente porque parece una de esas verdades universales que nadie discute. "Era el elemento perfecto; es conocido por todos, está en películas, anuncios, libros, cuadros... Todos hablan de él y todos creen saber de qué color es", explica Ripoll. "Justo ahí está el pensamiento crítico: en ser capaces de cuestionar la información que nos llega para construir nuestro propio juicio", afirma la autora, que insiste en que cuestionar no significa llevar la contraria por sistema, sino mantener una actitud abierta hacia otras posibilidades. "Para pensar críticamente hay que estar dispuesto a aceptar nuevas perspectivas", sentencia.

Ese mensaje adquiere una dimensión especial en una sociedad marcada por la sobreinformación y la rapidez con la que circulan los contenidos a través de internet y las redes sociales. Pero para Ripoll, el problema no es únicamente la existencia de noticias falsas, sino la pérdida progresiva de la capacidad para analizarlas. "Hace poco leía un artículo que explicaba cómo el pensamiento crítico se ha convertido en una herramienta fundamental contra los bulos, las verdades absolutas y la desinformación", describe. Por eso la reflexión va más allá del ámbito educativo.

"Es triste comprobar que, teniendo más información a nuestro alcance que nunca, muchas veces elegimos ignorarla para quedarnos solo con aquello que confirma nuestras propias creencias", afirma.  Es por eso que considera que enseñar a pensar debería comenzar desde edades muy tempranas. "Ser capaces de informarnos, contrastar datos y formarnos un juicio objetivo parece una habilidad que como sociedad estamos perdiendo y, si la perdemos, perderemos mucho en conjunto", afirma.

Con todo, el cuento no pretende ofrecer respuestas cerradas sino tdo lo contrario. Aspira a despertar preguntas y Ripoll reconoce que una de las mayores satisfacciones sería que los niños terminaran el libro con más dudas que al empezarlo. "Siempre he dicho que no quería que mis hijas aprendieran simplemente a obedecer o a portarse bien; quería que fueran capaces de pensar por ellas mismas", asegura. "Si un solo niño es capaz, después de leer el libro, de hacerse preguntas y buscar sus propias respuestas, habrá valido la pena; si además le ocurre a un adulto, no podría pedir más", añade.

Para la escritora, la curiosidad constituye uno de los grandes motores del aprendizaje y lamenta que, con frecuencia, los adultos centren la educación en las respuestas y no en las preguntas. "Muchas veces hablamos de cómo conseguir que los niños nos cuenten cosas o respondan a nuestras preguntas, pero quizá sea más interesante preguntarnos qué nos preguntan ellos", explica. Esa capacidad de observar sin prejuicios es precisamente la que representa Marina, protagonista del cuento. Una niña que descubre que aquello que siempre le habían explicado no coincide necesariamente con lo que ella está viendo. Porque, al fin y al cabo, el cielo cambia constantemente igual que cambia la manera en la que cada persona observa el mundo.

Ilustraciones que también cuentan una historia

Si el texto de El cielo no es azul invita al lector a hacerse preguntas, las ilustraciones persiguen exactamente el mismo objetivo. En este álbum ilustrado la imagen no acompaña simplemente a las palabras, sino que construye un discurso propio que amplía el relato y ofrece nuevas interpretaciones en cada página. Ese fue el planteamiento que asumió desde el primer momento Marina Llorca, licenciada en Bellas Artes y profesora de Artes Plásticas en Secundaria. Su trabajo consistía en representar visualmente una idea tan abstracta como la diversidad de perspectivas sin caer en explicaciones evidentes. "Desde el principio, el objetivo fue ofrecer la mayor cantidad de enfoques posibles para responder a la pregunta que da título al libro", explica. Para ello, ambas comenzaron con una lluvia de ideas inspirada en las respuestas que probablemente darían los propios niños.

A partir de ahí, cada decisión gráfica adquirió un significado concreto. El color, la composición, la orientación de las páginas e incluso el punto de vista desde el que aparece la niña que protagoniza el cuento se pusieron al servicio del mensaje. "Los cambios de color se convirtieron en un elementos clave cargado de significado y los diferentes puntos de vista desde los que aparece Marina refuerzan la idea de que la realidad depende de los ojos con los que se mire", describe. Y es que, lejos de limitarse a ilustrar el texto, la artista buscó que ambos lenguajes dialogaran entre sí. "En este álbum ilustrado, el texto y la imagen se complementan e incluso transmiten cosas distintas al mismo tiempo; ahí reside la verdadera magia de la historia, en invitar al lector a pensar", confiesa.

No resulta casual que el cielo se convierta en el gran protagonista visual de la obra. Cada escena juega con sus infinitas tonalidades para demostrar que incluso aquello que parece más evidente puede contemplarse desde múltiples prismas. La ilustradora reconoce que una de las imágenes más complejas fue precisamente la primera. "El amanecer fue una de las ilustraciones que más me costó definir; necesitábamos que el cielo tuviera una gran fuerza visual desde la primera página para que despertara la curiosidad del lector", afirma. Pero el color, insiste, solo representa una parte del mensaje. También influye la perspectiva, el momento del día e incluso las emociones desde las que se contempla una misma escena.

"Queríamos ir más allá del simple hecho de fijarse en los colores; también importan el punto de vista, la orientación del libro desde el momento en que lo abres, la hora del día o incluso con quién compartes ese instante", explica la ilustradora. Una construcción visual que conecta con la experiencia profesional de Llorca como docente. Y es que, después de casi dos décadas enseñando Artes Plásticas, asegura que cada curso descubre algo nuevo gracias a sus propios alumnos. "Mis alumnos me enseñan cada día que la creatividad no depende de la técnica, sino de la libertad", sentencia la artista.

En una sociedad dominada por la inmediatez y por el consumo constante de imágenes, observa que muchos jóvenes sienten auténtico vértigo ante el papel en blanco. "Vivimos saturados de referentes visuales y cada vez es más frecuente el síndrome de la hoja en blanco porque existe una tendencia a imitar lo que ya está hecho", lamenta Llorca. Precisamente por eso reivindica el valor de la educación artística. "La creatividad también se entrena; las artes plásticas son maravillosas porque no imponen un único camino, sino que ofrecen un abanico de posibilidades para que cada persona encuentre su propia forma de expresarse", argumenta.

Pensar por uno mismo desde la infancia

El cielo no es azul está dirigido al público infantil, pero las autoras tienen claro que su mensaje interpela también a los adultos. En realidad, sostienen que muchos de los prejuicios con los que convivimos se construyen precisamente cuando dejamos de hacernos preguntas. De hecho, Ripoll admite que incluso ella se sorprende repitiendo patrones que pretende combatir. "Muchas veces me descubro diciéndoles a mis hijas: 'no, cariño, eso no es así; hay que hacerlo de esta manera'. Pero si les dejamos experimentar, muchas veces terminan descubriéndonos que existía otra forma de hacer las cosas", explica la escritora.

Ese margen para explorar constituye, a su juicio, el primer paso hacia el pensamiento crítico. "Primero hay que dejar que los niños miren por sí mismos; parece una obviedad, pero muchas veces los adultos explicamos demasiado, dirigimos demasiado y ayudamos demasiado", apunta la autora. La creatividad desempeña un papel fundamental en ese proceso porque permite imaginar soluciones distintas antes de analizarlas racionalmente. "Abre caminos nuevos para que después llegue el pensamiento crítico con el que analizarlos, valorarlos y decidir cuáles tienen sentido; las dos capacidades se necesitan mutuamente", justifica.

En ese recorrido también ocupan un lugar destacado las emociones. De hecho, la protagonista del cuento descubre que la forma en que contempla el cielo cambia según cómo se siente en cada momento. Y la autora resume esa idea recurriendo a una frase atribuida al filósofo Immanuel Kant. "No vemos las cosas como son, sino como somos", parafrasea Ripoll. Un intercambio entre percepción y estado emocional que atraviesa toda la historia. "A veces es el cielo el que provoca una emoción determinada y otras veces es nuestra emoción la que transforma el cielo que estamos viendo", destaca.

La literatura infantil como escuela de libertad

Las autoras rehuyen la idea de que la literatura infantil sea un género menor y, contrariamente, consideran que los libros que se leen durante la infancia son, probablemente, los que dejan una huella más profunda. Ripoll recuerda que el cuento que más influyó en su manera de entender el mundo fue El traje nuevo del emperador. "Lo leí siendo muy pequeña y, desde entonces, no he dejado de ver desnudos a todos los emperadores que me he encontrado en la vida", recuerda. Una historia que despertó en ella una necesidad permanente de cuestionar las apariencias, actitud que ahora intenta trasladar a las nuevas generaciones.

"La lectura te permite ser libre y ayuda a que dejes ser libres a los demás", afirman. Esa filosofía explica también la especial ilusión con la que recibieron la llamada de Amnistía Internacional comunicándoles que El cielo no es azul pasaría a formar parte de su catálogo oficial. "Sentimos que nuestro cuento está en casa siendo parte de su catálogo; que hayan considerado que representa los principios de Amnistía Internacional es un grandísimo honor", reconocen.

El reconocimiento llegó apenas unas semanas después del lanzamiento del libro, en una primavera especialmente intensa para las autoras. "Todo ha sido un terremoto de buenas noticias desde que salió a la venta; estábamos todavía viviendo la emoción de la Feria del Libro cuando recibimos esta noticia", recuerdan, al tiempo que apuntan que, para ambas, la elección por parte de Amnistía Internacional demuestra que los cuentos también pueden convertirse en herramientas para acercar conceptos complejos a los más pequeños. "Los derechos humanos hablan de libertad, igualdad o justicia, ideas que a veces resultan abstractas, así que los cuentos permiten hacerlas comprensibles y cercanas", explican.

Aunque el escenario que dio origen a El cielo no es azul fue una terraza alicantina durante uno de esos atardeceres mediterráneos imposibles de reducir a un único color, sus autoras creen que la historia trasciende cualquier lugar concreto. Y es que la pregunta que formula Marina podría surgir en cualquier ciudad del mundo. Basta con que un niño levante la vista y decida confiar más en lo que observa que en aquello que siempre le han dicho. La historia que cuenta este libro no pretende convencer al lector de que el cielo no sea azul sino que propone algo mucho más ambicioso. Que nunca deje de levantar la mirada para comprobarlo por sí mismo.

 

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