‘El nuevo Dios’ del usuario en busca del sentido

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Herder publica esta reflexión filosófica de Claudia Paganini acerca de cómo la inteligencia artificial está ocupando también el espacio de lo religioso

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VALÈNCIA. Cada día es más evidente que el fenómeno de la IA está desbordando todo lo que creíamos haber aprendido con el hito que fue su abuela internet y luego sus padres, las redes sociales algorítmicas, entendiendo este parentesco en tanto en cuanto impactos tecnológicos que han cambiado de arriba a abajo nuestra forma de estar en el mundo. Por sus propias características, lo de ahora es infinitamente más disruptivo que todo lo anterior: hasta la fecha no nos enfrentábamos a algo que en lugar de —sobre todo— ofrecernos posibilidades (de comunicación, culturales, de negocio), lo que hace es quitárnoslas. Es evidente que la IA va a trastornar y destruir tan rápido aquello a lo que nos dedicábamos que no va a dar tiempo a desarrollar alternativas antes de que provoque una profunda crisis: sea una renta universal —dónde, en qué países, y qué pasa con los que no puedan hacerlo— o un cambio radical, por ejemplo, en el sistema educativo. Ya está sucediendo: en casi todos los sectores se está prescindiendo de personas que son sustituidas por máquinas. No es neoludismo: son datos. Y por primera vez no hablamos solo de los trabajos más físicos. La toma de decisiones en base a la interpretación velocísima de cantidades monstruosas de datos es algo que ha quedado por completo fuera de nuestro alcance. Simplemente no podemos competir. Y la información es el nuevo oro

Pronto la IA será el Verbo en la carne maquinal: insuflará su prodigioso espíritu en los cuerpos robóticos, sus propios niños del paraíso, de tal forma que ya no quedará apenas nada de lo que no sea capaz. De nuevo no es pesimismo, es, de hecho, el presente: los drones y otras armas de guerra ya comienzan a operar en campos de batalla y de experimentación en base a su propio juicio. El transporte autónomo pronto será la norma para mover mercancía, y así, en mucho menos de lo que pensamos, viviremos en esa realidad. No hay vuelta atrás. Sin duda habrá oficios que se verán menos afectados que otros: que una máquina pueda atenderme en un bar no significa que quiera que lo haga. Pero hasta eso podría ser solo la costumbre de las últimas generaciones no nacidas en los años IA. Quizás las nuevas generaciones no lo vean de esta manera. O sí, en cualquier caso, hablamos de excepciones donde lo humano es preferible a la fría perfección maquínica, como en el deporte. Las máquinas corren más que nosotros, cargan más peso, resisten más, vuelan, pero seguimos queriendo ver una copa del mundo de gente de carne y hueso. No parece que eso vaya a cambiar a corto plazo. 

  • El nuevo Dios. La inteligencia artificial y la búqueda humana del sentido -

Lo curioso, o no tanto, es que la IA se está adentrando en otros territorios, como el de la fe. Sobre esto se ha escrito muchísimo en la ficción, pero ahora ocurre fuera de ella. El camino ha sido muy lógico: primero el consejo más funcional, pero desde una interfaz tan humana como es la conversación y no las listas de resultados. Una vez naturalizado el interlocutor, lo siguiente ha sido humanizarlo, hacer de ello fuente de consejo íntimo, espacio de confesión, amistad e incluso relación romántica. A continuación la orientación en un plano existencial. De ahí a lo trascendental hay solo un pequeño paso a nivel de concepto. La encíclica del Papa León XIV no es por casualidad. De este intrusismo espiritual en ciernes es de lo que escribe la filósofa y teóloga Claudia Paganini en El nuevo Dios. La inteligencia artificial y la búqueda humana del sentido que publica Herder con traducción de Alberto Ciria: son muchos y muy a tener en cuenta los paralelismos entre la figura de los dioses de las religiones monoteístas y la IA, desde la omnisciencia hasta las liturgias, los rezos y los prompts, el misterio: “Por eso, la inteligencia artificial parece una entidad inescrutable, lo que podría considerarse el reflejo de un nuevo atributo divino: el carácter de secreto o misterio, lo que en teología se denomina «trascendencia». 

El ser humano no puede comprender completamente a la divinidad, que sigue siendo abstracta, como lo documentan tanto los hallazgos arqueológicos más antiguos como las enseñanzas del judaísmo, el cristianismo y el islam. La incomprensibilidad de la instancia divina conlleva una nueva característica: es, al menos en cierta medida, exclusiva e inalcanzable. Aunque las divinidades guían el destino de todos los hombres, solo a unos pocos elegidos se los considera capaces de comprender más profundamente lo divino. Así como en el Templo de Jerusalén solo el sumo sacerdote tenía acceso al Sancta Sanctorum el día de Yom Kipur, también solo unos pocos expertos comprenden en su totalidad el funcionamiento y el potencial de la inteligencia artificial. La complejidad de estos sistemas de inteligencia artificial crea una barrera que limita enormemente el acceso directo y la comprensión que la gente puede tener sobre ellos”.

Es difícil no estar de acuerdo con la tesis de la autora: el ser humano tiene una evidente tendencia a buscar lo trascendente: el impulso que ha dado origen a las religiones es el mismo que el que alimenta la creencia en las energías místicas o en los cultos personales. Un ente que no podemos ver ni tocar, que todo lo sabe, que es incomprensible y potencialmente imperecedero es mucho más espectacular y confiable que gran parte de lo citado. El siglo XXI es la nueva era de los milagros. Cuando la IA realice descubrimientos científicos que no podamos entender pero sí beneficiarnos de su aplicación práctica, como la cura de enfermedades o la extensión de nuestra vida, ¿no será eso una forma clara de salvación?

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