La arbonauta en el octavo continente

Libros y cómic

LA LIBRERÍA

Galaxia Gutenberg publica este interesantísimo testimonio de la bióloga y ecóloga Meg Lowman acerca de lo que sucede en ese territorio casi soñado que es la sociedad de las copas de los árboles

  • Meg Lowman sobe la pasarela del Centro Amazónico de Estudios Tropicales (ACTS)
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VALÈNCIA. Pocas cosas hay más deseables cuando se es pequeño que una casa en un árbol. Por estas latitudes son muy poco comunes, no tenemos backyard ni tradición en ese sentido; lo más cercano, si acaso, una fortaleza chabola construida junto a primos y amigos en el campo o en un solar. Pese a ello, y por culpa de los ewoks de la luna boscosa de Endor y de Punky Brewster, no debe haber habido infante alguno en este país que no haya querido tener una. Si subir a un árbol ya es una experiencia única (que democratizan los siempre agradecidos Ficus macrophylla, con sus ramas gruesas y lisas y su estructura de parque infantil), poder quedarse allí arriba es algo de naturaleza emparentada con lo mitológico. 

Ejemplos de humanos manejándose con soltura en los árboles y habitándolos se nos muestran desde pequeños, como es el caso de Tarzán o Mogwli: allá arriba son libres, han expandido su mundo. El nivel a ras de suelo de bosques y selvas es tan solo una pequeña parte de todo aquello que sostienen. De los pisos superiores del ecosistema nos llegan sonidos: un ulular, un trino o un revoloteo que agita las hojas. Por regla general, cuando tratamos de ver qué sucede, nos encontramos con una barrera vegetal que protege a los seres que desarrollan sus vidas a su cobijo. Y un poco más arriba, en la azotea —el dosel— se da el mayor misterio: allí se encuentra el octavo continente, una de las últimas fronteras; escalar hasta asomar la cabeza en la cima debe ser algo similar a ese instante en que una nave sobrepasa las el techo de nubes que han aniquilado la vida en La Tierra en la distópica Matrix antes de, acabado el impulso, retornar a la catástrofe por efecto de la gravedad. 

 

  • La arbonauta, de Meg Lowman (Galaxia Gutenberg) -

 

Del conocimiento de ese octavo continente debemos mucho a la bióloga y ecologista Meg Lowman, quien ha pasado su vida estudiando las copas entrelazadas de los árboles, descubriendo y explicando lo que en ellas pasa a lo largo de medio planeta —como en Australia, EEUU, Etiopía, Escocia o Malasia—, y de la divulgación de esas inspiradoras y exhaustivas memorias suyas que son La arbonauta. Una vida explorando el octavo continente tenemos que dar las gracias a Galaxia Gutenberg y a la traductora Teresa Bailach Arrate (esta es la primera obra de Lowman traducida al español). Con sus casi quinientas páginas, el libro es un auténtico viaje, una expedición literaria a lo desconocido que cumple de forma indirecta ese sueño del que hablábamos al principio: vivir en las alturas de los bosques, convivir con los prodigios que este nivel del ecosistema acoge, desplazarnos a través de pasarelas colgadas cientos de metros como criaturas de la fantasía, seres supraterrestres. 

 

A propósito de los ficus antes mencionados  cuenta Lowman: “Una diminuta avispa hembra de la familia de los agaónidos entra por el ostiolo —un agujero en la punta del sicono— y pasa a través de un túnel flanqueado por unas escamas descendentes que permiten el paso en dirección única. Allí dentro, la avispa encuentra dos tipos de flores femeninas: flores brevistilas (de estilo corto) con tallo y flores longistilas (de estilo largo) sin tallo. Mientras poliniza las flores, la avispa pone los huevos y luego muere. Después de varias semanas, su progenie eclosiona y los machos, que no tienen alas, se aparean con las aladas hembras y a continuación mastican la pared y abren un túnel de salida para que las hembras vuelen hacia otro higo para repetir el proceso. Al principio, algunos botanistas pensaban que las ochocientas especies de higuera requerían de una avispa polinizadora concreta, pero los análisis moleculares más recientes han revelado que 119 especies de higuera comparten múltiples especies de avispa polinizadora. Cuando una avispa muere dentro del higo después de su polinización, una enzima (llamada ficina) descompone el cadáver; de modo que cuando uno come un higo, está consumiendo biomasa de avispa”. 

 

Qué diferentes pueden ser las vidas de las personas: Lowman es la encarnación de la aventura científica. Alguien cuya mirada está plagada de texturas nudosas, artrópodos multicolor, ejércitos de laboriosas hormigas, pelajes camuflados en la espesura. La autora no solo ha inventado métodos pioneros para acceder al hasta entonces casi inexplorado dosel, adaptando técnicas de espeleología y herramientas de rescate, sino que también nos lega una comprensión inestimable de ese laberinto verde que actúa de manera decisiva como pulmón planetario. Leer a Lowman es sumergirse en una inmensidad que desafía nuestra corta escala temporal, obligándonos a mirar hacia arriba, hacia esa vastedad palpitante que nos vigila con una envidiable calma ancestral. 

 

La arbonauta nos recuerda, con la urgencia innegable de quien ha visto desaparecer vastas porciones de selva virgen bajo la implacable sierra mecánica, que conservar activamente este fabuloso estrato inexplorado no es solo un capricho estético o científico, sino una indudable cuestión de pura supervivencia global en diferentes planos: el ecológico, por supuesto, pero también el estético. Cada hoja, cada epífita, cada frágil insecto que devora la madera, forma indisolublemente parte de un asombroso engranaje perfecto que sostiene pacíficamente nuestra propia existencia, que requiere de agua u oxígeno, sí, y además y en gran medida de asombrosos relatos como este. 

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