Las cuatro vidas valencianas de Miguel de Molina

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VALÈNCIA. “Mi adorada València”, así recordaba la ciudad una de las grandes voces de la música española en todo el siglo XX, Miguel de Molina. La exposición itinerante Quiero ser diferente, que se pudo vez en el Centre Cultural La Nau en 2025, adelantó un hallazgo: se iba a desvelar el material que el coplista guardó durante sus años de exilio en la casa donde se instalaría su madre. Cuadernos, vestuario, y álbumes de recuerdos conforman este archivo, que forma parte de una catalagación mucho más basta, que lleva a cabo una fundación con su nombre y presidida por Alejandro Salade, sobrinonieto del artista.

El resultado del hallazgo se ha materializado en el libro Quiero ser diferente, en el que diferentes investigadores (como José Martínez Rubio o Stéphanie Dimange) van deshojando este archivo y poniéndolo en el contexto de la España franquista y de la vida y obra de Miguel de Molina. El volumen pone el acento, precisamente, en su relación con València y otras localidades de la Comunitat Valenciana. Ahí forjó, más que humano y menos que un gato, cuatro vidas diferentes.

Éxito

València fue el gran salto hacia el éxtio de Miguel de Molina. “En el cine Avenida es ídolo indiscutible cuya despedida adquiere honores grandes y merecidos. En Ruzafa siente la caricia del aplauso que le inciensa”. Son palabras del crítico Pepe Eslava en 1936, recogidas por el propio Miguel de Molina en un álbum de recortes de prensa y analizados por la investigadora Laurie-Anne Laget.

Si bien Miguel de Molina era conocido en toda España, donde realmente abarrotó los teatros siempre que iba era en la Comunitat Valenciana. “Verdadero sostenedor del genuino baile y cante español” y “Verdadera revelación de la temporada” fue la carte de presentación de la Sala Bataclan en 1935. Desde Castellón hasta Alicante, pasando por Buriana o València, se fueron multiplicando las actuaciones de Miguel de Molina.

Las críticas llegaron a hablar de un “éxito delirante” y la compañía disparó sus honorarios en apenas unos meses porque era el hombre del momento. Agotaba localidades, hacía funciones extra… Había una verdadera fiebre.

No sin excepciones claro, Laget también recoge algunas de las críticas escritas por hombres y diarios de diferentes ideologías señalando el desafío a los roles tradicionales que proponía el artista del sistema cishetero. Su forma de cantar, bailar, vestir o conectar con el público, tan ligera, tan tranquila, irritaba las masculinidades estancas de la época.

  • El icónico retrato de Miguel de Molina, realizado por Annemarie Heinrich. -

Confinamiento

Durante la Guerra Civil, Miguel de Molina no tuvo que encerrarse en una trinchera, pero hizo de su música una puerta abierta por la que escapar de las miserias de la barbarie. No llenó sus letras de proclamas, pero estuvo donde se le pidió para defender la República a través de la cultura y el ocio.

Su compromiso, y otra vez, su orientación sexual, tuvieron consecuencias. El régimen franquista se cebó con su carrera artística. Todo empezó en noviembre, en el Teatro Pavón de Madrid, cuando tres desconocidos le secuestraron, le torturaron y le apalizaron. Apenas unos días después volvía a actual.

La otra gran medida represiva, para el artista la más cruel, fue dictar sendos confinamientos que le impedían trabajar. Primero sería en Cáceres, pero más tarde fue en Buñol. Él mismo recuerda, en unos diario inéditos desvelados por el libro, que “todo el pueblo era ferozmente antifranquista y, ni que decir tiene, que tuvieron que rivalizar por hacerme amable mi amarga estadía, que todos quisieron dulcificar con esa entrega de la gente humilde ante la ignonimia”.  El agradecimiento hacia Buñol sería una constante el resto de su vida. 

Pero, además, las investigadoras han encontrado un nuevo confinamiento decretado también por el gobierno franquista, que tuvo lugar en Xàtiva, y que sería la última fase antes de su exilio a Argentina. Miguel de Molina desesperó por no poder trabajar y desarrollar una carrera boyante hasta el Golpe de Estado.

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Vuelta

En Argentina vuelve a demostrar su talento y acaba teniendo una nueva carrera de éxito en teatros, cine y música. No se olvida de València, a la que le dedica un gran montaje teatral, Sinfonía Valencia, en 1954, y en la que canta nits d’albaes, El fallero o La entrà de la Murta con vestuario tradicional.

En 1955, se cuece a fuego lento su posible regreso a España, aún bajo la dictadura de Franco, para un regreso puntual pero triunfal. El artista no se había podido ni siquiera despedir de su madre, que falleció en 1947 y que vivía, precisamente, en València, en un piso del que procederían gran parte de los materiales que han servido para nutrir el libro.

Miguel de Molina tiene miedo a volver: “¿tú crees que me perdonarían mis eternos detractores un retorno triunfal?”, le pregunta en una carta a Manuel Hidalgo, su representante en España. Finalmente este lo convence y monta una gira que le llevará durante meses por todo el estado. Y claro, especialmente Valencia. Hizo parada también en Buñol, actuando en un teatro para él minúsculo y que sirvió como homenaje bilateral.

Se reencontró con la censura, los visados para poder actuar, y las sospechas; pero sobre todo, fueron unos meses para volver a ver a las personas que se quedaron en la España franquista, y que el muro del exilio había separado durante más de una década. Miguel de Molina estaba en los compases finales de su carrera y se dio el que ya sabía como último baño de masas en su país natal.

Memoria

El artista murió en 1993, apenas unos meses después de que el Gobierno de España le otorgara un reconocimiento por primera vez (la cruz de oficial de la Orden de Isabel la Católica). La Fundación Miguel de Molina lleva años itinerando su archivo para contar todas sus vida, pero fue en València donde se dio un paso de gigante con el estudio de la parte del archivo que concierne sus vidas valencianas.

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