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Manuel Jabois: “El amor de familia viene de serie, nadie se lo gana a pulso”

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VALÈNCIA. Chami, un futbolista retirado, vuelve a casa por Navidad. En el taxi le reconocen por sus antiguas batallitas, pero su madre le trata igual que siempre, independientemente de los goles que haya marcado. Por dentro sigue sintiéndose un fracasado haga lo que haga, aunque antes fuera una eminencia. En este viaje se da de bruces con un amor complicado de explicar, el de familia. Su madre, Amalia Constenla, cumple sesenta y cinco años rodeada de sus hijos, y también de los cordones de policía que arrinconan su casa, debido a la búsqueda incansable de dos chavales que han desaparecido y no llegarán a celebrar la Nochebuena. Rodeado de un aura misteriosa pero mágica, Manuel Jabois se atreve con todas estas historias en su última novela: La víspera (Alfaguara), un libro en el que muestra la complejidad de las relaciones familiares y en el que retrata el amor más animal.

Observando bien de cerca la primera institución de todas: la familia, Jabois encuentra en La víspera un espacio en el que hablar del amor, el desamor, el sexo y el poder de una desaparición para unir a un pueblo entero. Lo hace frente al tic-tac de un reloj que ahoga de cara a una cena familiar y con una familia que se niega a incendiarse, porque, como dice en su novela: “Hay familias que llevan años empapadas en gasolina bailando sobre un lecho de plásticos y papeles viejos sin que nadie, por pudor o por piedad, se anime a tirarles una cerilla encendida”. Subido en un taxi y buscando un hueco entre entrevistas, el periodista y autor responde a las preguntas de Culturplaza sobre este nuevo trabajo tan crudo como enigmático. 

 

-En tu anterior novela, Mirafiori, hablamos de un amor de pareja muy desgastado, y en La víspera te centras en el amor en el núcleo familiar, ¿a qué se debe este cambio?

 

-Me centro en un amor relacionado con la familia que quizás es el más peligroso de todos, porque viene de serie. Nadie se lo gana a pulso ni se esfuerza por seducir a nadie. Yo a mi hijo no le quiero seducir, pero sí que quiero ganarme su amor. Estos amores que vienen de serie son fascinantes y peligrosos; narrativamente son muy interesantes porque en la familia hay que tener la sangre fría para saber cuándo marcharse.

 

-¿Qué nos queda por contar del amor?

 

-Me interesa hablar del amor en sus diferentes formas. No sé bien qué nos queda por contar del amor, pero siempre pienso en escribir una historia de una persona que se vuelva a enamorar de su pareja como si fuera la primera vez que la ve. Creo que es hasta biológicamente imposible, pero me gustaría probarlo.

 

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-La novela está entroncada por la desaparición de dos chavales y su búsqueda en la víspera de Navidad, y está narrada en un solo día, casi podría parecer una noticia, ¿no crees?

 

-Al final, el periodismo es mi profesión, y me parecía un reto poder contar algo a modo de crónica. Quería mostrar cómo en un solo día se pueden desvelar secretos que llevan cubiertos durante más de treinta años. También quería apoyarme en una desaparición para hablar de la pérdida dentro de la novela.

 

-La prensa también tiene un lugar clave en la vida de Chami, futbolista que vive un episodio de cancelación en prensa, y que le deja atormentado.

 

-Creo que Chami encarna un ejemplo de masculinidad que no es ni tóxica, ni antigua, ni moderna, sino desconectada. Creo que esa es la palabra. Chami muestra el desconcierto de algunos hombres a la hora de enfrentar ciertos problemas que no saben cómo encarar. 

 

-¿Cómo querías retratar a este personaje?

 

-Imagino a un personaje atado a sus conductas, y que al haber sido un deportista de élite está bajo muchos focos, en lo que se refiere a su físico y su estado emocional. Se expone constantemente y le angustia pensar que esa información le llegue a su madre, una mujer por la que está completamente obsesionado. 

 

Su profesión también es importante, porque es un caos que no tenga un lugar en el mundo habiéndolo tenido ya. El campo de fútbol es un lugar en el que caben veintidós personas entre millones y millones que quieren estar ahí dentro, y él ocupó esos lugares. Lo que pasa es que a sus treinta y pico años ya no está para esos lugares, igual que nadie lo está.

 

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-¿Qué pasa cuando se extingue la fama?

 

-Pues que se ve obligado a buscar su sitio, y eso trae una dinámica marcada por la nostalgia. Tiene que encontrar la manera de sentir las mismas emociones que cuando tenía veinticinco años y marcaba goles en un club de primera división. Para configurar este personaje, me he inspirado en el narrador de El gran Gatsby, Nick Carraway, que dice que, como deportista, dedicaba toda su vida a recuperar las ovaciones que le dedicaban cuando era un atleta de éxito . Yo creo que hay mucha gente que se queda pillada en ese punto de su vida y que no sabe avanzar. 

 

-El sexo también tiene un lugar clave en la novela, llegando a comprenderse casi como un protagonista.

 

-Sí, el sexto tiene una importancia fundamental. Chami, deja de buscar el sexo como un centro de placer y empieza a emplearlo como una herramienta con la que recuperar el vigor de antaño. Se sorprende a sí mismo yendo a la batalla sin un arma en condiciones [ríe]. En cualquier caso, el sexo está muy, muy, pero que muy infrarrepresentado en la ficción, cuando en nuestra vida es espectacular. De hecho, mucha gente actúa condicionada por el sexo o por el deseo del sexo. 

 

-Otro de los elementos vertebradores de la novela es la desaparición de dos niños a vísperas de Navidad. ¿Cómo empleas la desaparición dentro de la novela?

 

-Quería llenar un pueblo de periodistas, porque somos una profesión verdaderamente inquietante. También quería una novela cargada de humor, porque me gusta la idea de que se pierdan en mitad de una carrera. Al igual que ocurre en Miss Marte, la desaparición de un niño se convierte en un momento de incertidumbre clave para las familias.

 

-Y para cerrar, en el libro la madre de Chami habla de la víspera como “la víspara”, generando un momento tierno junto a su hijo. ¿Por qué te interesa jugar con estas dos palabras y elevar una de ellas al título de la novela?

 

-Esta idea se inspira en mi hijo, que durante años estuvo diciendo palabras mal sin que le corrigiéramos porque nos encantaba ver cómo decía que se quería hacer un “tutuaje”. Al final tienes que corregirle para que no se rían de él y llegue a los veinte diciendo “tutuaje”, pero hay un momento de ternura en esos inicios del lenguaje que luego se pierde por completo. Quería que eso estuviera en la novela. 

 

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