CASTELLÓ. Llega este viernes a Castellón Manuel Rivas como lo hace siempre, sin hacer ruido. Es uno de los mejores escritores contemporáneo y viene a la periferia para seguir reivindicando la literatura lejos del epicentro literario que es Madrid. Al gallego se le entrega el Premio Castelló Negre 2026 por su trayectoria y por esas obras suyas escritas en un noir que esconde abusos, corrupción, violencia y poder. Sin ser este género la parte más destacada de su trayectoria, sus libros ‘Detrás del cielo’ o ‘Todo es silencio’ recogen entre sus páginas una maestría que sobresale y marca una línea lejana respecto a las montañas de novela negra que inundan las mesas de novedades de las librerías. Sucede también con las obras que narran historias de la guerra civil. Un par de páginas de ‘El lápiz del carpintero’, por citar uno de sus títulos, tumba a cualquier best seller que de los que intentan reflejar esa época y no pasan de ser meros libros de cartón piedra.
La literatura de Rivas es así. Exigente con el lector, pero con un retorno de excelencia en forma de compromiso. Aunque no le guste hablar de etiquetas ni de encasillamientos, retoma el pulso del género negro en Castellón para reflexionar sobre la urgencia de la literatura en nuestro mundo actual.
-¿Te sientes cómodo con la etiqueta de escritor de novela negra tú que te sales por todas las costuras del género?
-Si hablamos de géneros literarios me sitúo más bien como contrabandista literario. No me siento ni cómodo ni me identifico con una casilla o monocultivo. Para mí, la literatura es campo a través. Tiene que ver con abrir pasos y moverse. Me gusta hablar de una literatura orillera, que va buscando siempre abrir bisagras y cerraduras. En ese sentido, tengo obras que se identifican formalmente con género negro, como ‘Todo es silencio’, que fue una de las primeras en las que se habló del narcotráfico y el contrabando en Galicia, o ‘Vivir sin permiso’. Por cierto, que la primera que escribí fue una que no está traducida al castellano que se titula irónicamente ‘Todo ben’ y que tiene una etiqueta claramente negra. Con esto quiero decir que en mis trabajos iniciales en prosa ya entré en esa atmósfera.
-¿Consideras entonces que el conjunto de tu obra está bajo esa etiqueta noir?
-Es que ‘Los libros arden mal’ o ‘El lápiz del carpintero’ para mí son género negro porque los dos abordan una época criminal. Gran parte de lo que podríamos llamar negro en las diferentes literaturas españolas también son aquellas en las que se trata la guerra civil porque hablar de ese periodo es desentrañar una mafia que ocupó el Estado. Las novelas que ahondan en situaciones de excepción o de oscuridad y que tratan de destripar el poder cuando es arbitrario y depredador tendríamos que considerarlas a su vez como género negro.
-¿Pones en el mismo saco las obras de memoria que las rigurosamente negras?
-Sí, porque se trata de un viaje a lo oculto. Eso es lo que tienen en común. Hablo del poder y del crimen. Son obras que intentan penetrar en la oscuridad y en los resortes ocultos del poder. Lo más interesante siempre es lo más oculto, y no hay muros separados. Las novelas, ya sean sobre la memoria o sobre lo que yo llamo las voces bajas, que es la vida de la gente marginal, tienen la misma forma. Son anillos de un mismo árbol más que compartimentos separados. Esos círculos nos cuentan la vida del árbol y también la de su entorno. Mis libros los veo así, como círculos concéntricos donde uno te va llevando a otro. Yo escribí un cuento, ‘La lengua de las mariposas’, y si no lo hubiera escrito no hubiera venido luego la novela de ‘El lápiz del carpintero’. Y sé que sin esa no hubiera escrito ‘Los libros arden mal’, que a su vez ha dado pie a esta última publicada, ‘Detrás del cielo’. Como te digo, son etapas distintas en ese andar literario y vagabundo que nada tiene que ver con las autopistas.
-¿Se afrontan en su origen desde la misma casilla?
-Claro. Hay una pulsión que me mueve y no es otra que la lógica de la curiosidad. Mirar donde no se puede mirar, y tratar de otear aquello que no está bien visto. Todo eso tiene que ver mucho con el género negro y también con la literatura. Fíjate que si nos ponemos a hacer historia del género negro yo te propongo remontarnos hasta ‘Rinconete y Cortadillo’.

-Pero ¿no hay en ‘El lápiz del carpintero’ un dolor en el lector que no se da en ‘Detrás del cielo’?
-En ‘Detrás del cielo’ hay personajes que ejercen de una condición despótica. Ese poder en ‘El lápiz del carpintero’ o en esas novelas sobre la memoria es más estructural y se apropia de la historia porque quiere dominarla. Hay una frase del jurista e intelectual nazi Carl Schmitt que dice: "Caín mata a Abel. Así comienza la historia de la humanidad". Cuando dí con estas palabras me dejaron desasosegado y descolocado, y vi que lo que orientaba la historia del mundo es ese cainismo, la victoria de Caín sobre Abel. Ahora encuentras muchas coincidencias en lo que llaman fachoesfera. Ese es el relato de la excitación destructiva y criminal, pero está la pulsión contraria, que es el relato de la excitación creativa, la pulsión del deseo que permite seguir escribiendo, y que bien pudiera ser el relato de Eva el fruto del árbol prohibido. Esa desobediencia, ese pecado original, es la libertad. La literatura puede penetrar en esa zona más oscura y darle vida y expresión a lo indomable. Hace unos años hablábamos de que otro mundo era posible y de repente, casi en un plis plas, llegan los negacionismos y parece que hablamos de que otro fin del mundo es posible.
-¿De dónde surge el primer impulso de tu escritura?
-De la relación fundamental para escribir, que no es otra que la relación entre el afecto y la ironía. Y ese vínculo surge desde lo más inesperado.
-Nunca has salido de Galicia para escribir. ¿La literatura es también una herramienta de defender la periferia?
-La literatura es diversidad y es matiz. Va contra lo uniforme, es incompatible con ello. La literatura nace frente a los maniqueísmos o lo monocolor y lo impuesto. Es el matiz. El hombre es bueno y malo, pero a mí lo que me importa es ese matiz porque eso es la literatura. Nace porque cada cuento, cada poema y cada novela la detectamos cuando aparece como una planta nueva y diferente. Y eso tiene que ver con las lenguas y con las culturas. Yo tengo un punto cero, desde donde empiezo a escribir. Y para mí es ese lugar entre el río del olvido, que es el Limia, y el fin del mundo, que es Fisterra. Creo que no está nada mal, como punto cero.
-¿Ese aspecto reivindicativo de la literatura se mantiene también hoy en día?
-Es que necesitamos la literatura porque es una forma de limpiar el miedo. Ahora vivimos en un permanente de mayday, o sea, en una alerta permanente. Hay mucho interés en el miedo, y a la hora de escribir no puedes tener miedo. Olga Novo, poeta amiga mía, tiene un verso que dice que la belleza no es un lugar a donde van a parar los cobardes. Poco que añadir.
-Has citado antes ‘La lengua de las mariposas’. ¿Cuántas veces te han dicho que es el relato perfecto, Manuel?
-Muchas (ríe). La palabra perfecto me da algo de miedo. Te voy a explicar el origen de ‘La lengua de las mariposas’. Se trata de un cuento que escribí en un día, en una sola jornada de trabajo. En aquella época mis dos hijos eran pequeños y ese día los llevé a la escuela. De camino de vuelta a casa sentí algo. Como una especie de polinización, porque daba la sensación de que una había una abeja revoloteando. Tenía una idea que era narrar que durante los inicios de la República, en un colegio, estaban esperando que les envíen un microscopio. Eso era lo que tenía en la cabeza. De hecho, con mis dos hijos esos días habíamos estado comentando cómo con esa herramienta maravillosa se podía ver algo que pensábamos que era invisible. Esa era la historia inicial, y fíjate tú lo que luego acabé encontrando. Porque en mi andar vagabundo me puse a escribir y ya desde un principio noté una inquietud, un desequilibrio. Era un temblor en los dedos y en las palabras, pero era fluido, como si alguien me estuviera empujando a narrar esa historia. Sabía que estaba lo del microscopio pero había algo más que me llevaba a otra realidad oculta que se cierne sobre ese momento en el que estás, y que acabó siendo ‘La lengua de las mariposas’. Llegué a la escritura de las últimas frases sin saber el final, pero ese final en realidad ya estaba cuando me puse a escribir, de ahí al temblor. Algo me advertía de que lo que iba a ocurrir era algo tremendo. Y era la memoria la que hablaba por mí, porque era la memoria la que me había elegido y la que me había dicho que no tuviera miedo y que continuara con el relato. La memoria no es maquinal sino que es un ser vivo que tiene su propia estrategia. Y por eso justamente hay cosas que la inteligencia artificial nunca podrá hacer.