VALÈNCIA. El origen de la palabra misterio se encuentra en el verbo griego empleado para el acto de cerrar los labios —y más tarde también los ojos— para no decir o no ver. Antes de llegar a tener el significado que hoy conocemos y del que tanto abusamos, aludía a los iniciados, y así en Grecia como en Roma designaba un tipo de religión, los cultos mistéricos, caracterizados por el secretismo de sus ritos y por una escalera de conocimientos que en última instancia permitirían una buena vida tras la muerte. En la antigua ciudad de Eleusis arraigó el culto a Perséfone, quien cada otoño regresaba al mundo de los vivos tras ser raptada por Hades y arrastrada con él al inframundo, donde reinaba secuestrada contra su voluntad.
Su retorno fertilizaba la tierra y hacía germinar las semillas, puesto que, siendo hija de Deméter como era, diosa de la agricultura, la vida y la felicidad, su ausencia provocaba la inmensa tristeza de su madre y con ella la ruina potencial de las cosechas. Los misterios eleusinos, con Perséfone y Deméter como objeto, recordaban durante nueve días la historia de ambas diosas: un evento religioso que en su discreción, atraía no obstante a fieles de muchas orillas del Mediterráneo.

- Misteriosas eleusinas, de María Elena Blay (Cuadranta Editorial) -
La primavera y el otoño también operan en otro tipo de ciclos vitales y en otros territorios, como el poético. Es el caso de la poeta María Elena Blay, quien tras Manierismo y la herida publica ahora Misteriosas eleusinas (Cuadranta Editorial), veintiún poemas desesperados y ninguno de amor, en una respuesta a Neruda, accidental o no pero en todo caso cargada de significado, dado que una de las cuestiones que afloran en este diálogo de la poeta consigo misma tiene que ver con la condena de todas las proserpinas que tienen que vivir coincidiendo en el espacio y el tiempo con todos los infames Zeus y Hades que pueblan los mitos en su violencia y a pie de calle la realidad, como ella tan acertada y dolorosamente describe en Elegía:
“Cuando me dieron la noticia lo primero que pensé fue / «espero que no sea una niña» / la primera vez fue el pensamiento de querer un hijo / no una hija / traer una niña es traer sufrimiento al mundo / pobre niña / solo una mujer entiende lo que implica / haber nacido con vagina y una responsabilidad social que no has pedido. / La segunda vez volví a pensar / «espero que no sea una niña». / Ambas veces, me tocó traer niñas al mundo / y a mi sufrimiento añadir el de ellas / tener que decirles que sangrar no está mal / que eso significa poder tener otras niñas como ellas / que tampoco querrán sangrar / y que quizá esa sangre no sirva para nada / porque no piensen siquiera en traer a nadie a este mundo. / Saber que no vas a estar cuando suban a ese autobús / con pervertidos delante / que no podrás estar observándolas siempre / como Deméter, que tampoco pudo, / que habrá muchos infantes de Carrión con ganas de actuar vil / impunemente / que les dirán locas / que las criticarán por lo que hagan / o dejen de hacer. / Tengo hijas proserpinas en potencia / y por las mías / no exentas ninguna / y mi elegía es por la inocencia de todas las niñas / del verdadero terror”.
Son muchos los poemas brillantes en este poemario antinerudiano –esto es solo una pequeña broma, el libro no parece dedicar nada más allá de la coincidencia numérica y la interpretación que los demás podamos llevar a cabo de ciertos rasgos– que porta consigo poesía blayana que nos habla de crear carámbanos con los momentos más escurridizos, de interruptores en el pecho, de llorar sobre leche derramada sin resiliencia, de mini-Tántalos, “Adanes de avanzada soberbia”, de dejar atrás a Saturno y la glorificación de la melancolía, y de la imagen fascinante del espejo en el espejo en el espejo en el espejo… que es la mise en abyme, del tulipán decapitado de Celan, de Manco Cápac y Mama Ocllo, de adolescentes que habitan la certeza y de la reconciliación de la carne, y todo ello siempre con la perspectiva de un poema demoledor a la vuelta de la esquina que podría ser otros pero que para quien esto escribe es esta proeza, este cruce trascendental de inspiración, oportunidad y emociones y sentimientos y delirios
“Busca una que no encuentre melodía en los espacios vacíos. / Busca una que no llore / que no se despeine al recibir una indiferencia / que no abrace una almohada en la frustración I y en la herida. / Busca una que no te llame reiteradas veces a la puerta / que no te acompañe a casa / en invierno / que no te lleve el té cuando llueva. / Una que se deje picar por insectos / sin químicos en la piel y escale montañas, / una así busca. / Busca una que sí tenga sangre / que haga las maletas / y las deshaga / y las vuelva a hacer / que organice las pedidas y las despedidas / que tenga los marcos en las fotos bien sujetos / y su pelo recogido o repeinado ante cualquier situación. /
Busca la que sepa contar los calendarios sin verlos / en base al tiempo que ya te dejó sin hablar / la que no calla ni espera / la que siempre iría sin arrugar / persona previsora / y de «por si acasos». / La que guarda el reloj en el bolsillo / la que nunca olvida / la que sabe quién es y cómo se llama / esa, no existe. / La que persigue una identidad a través de un campo de amapolas / que recorre un laberinto de agua y de espejos / que pisa y vuelve a pisar porque ha desandado ya / varias veces su camino / esa, no; esa déjala ir, / pues es como tú / y como todos nosotros. / Pero bajo cualquier concepto no busques”.