Libros y cómic

No es la suma sino la rima: Álex Jover y Paula Escrig se unen en el proyecto de autoedición Comillos de Leche

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VALÈNCIA. La poeta Paula Escrig y le artiste visual Álex Jover comparten algo más que un espacio de afinidades creativas; han decidido poner en común un imaginario. De ese punto de encuentro de conversaciones, archivos personales y procesos paralelos de escritura y dibujo nace Colmillos de Leche, un proyecto de autoedición que ya ha dado forma a dos fanzines: Si me lo pides y Yo adoro.

El proyecto funciona más como un espacio de resonancia entre lenguajes —donde texto e imagen se buscan, se desplazan y acaban rimando— que como una mera suma de expresiones artísticas. La propia dinámica de trabajo rehúye cualquier jerarquía entre palabra e imagen. “Hicimos una primera reunión oficial de Colmillos de Leche, pusimos todo sobre la mesa y orgánicamente Paula dijo Mira, esto es lo último que he estado escribiendo yo. Y yo: Pues esto es lo último que he estado dibujando yo. Y las cosas se fueron conectando”, explica Jover. “Se van retroalimentando nuestras formas propias de hacer”, añade Escrig.

El primer fanzine, Si me lo pides, nació de una primera exploración conjunta de los materiales que cada cual tenía acumulados. Imágenes de archivo, dibujos, textos dispersos. Durante varios días revisaron ese material y empezaron a buscar puntos de contacto. “Acabamos eligiendo las imágenes y los conceptos que más tenían que ver con las relaciones amorosas, con los duelos, con las separaciones o los reencuentros”, recuerda la poeta. Una línea temática que no había sido planificada de antemano.

El resultado es un fanzine fragmentario, construido a partir de asociaciones que emergen entre textos e imágenes. El agua, por ejemplo, aparece como un elemento que atraviesa el conjunto, porque "recoge un poco esa sensación de fluir". Jover también lo reconoce en el plano visual: “Relacionaba mucho lo íntimo con los pliegues de lo textil y las ondulaciones del agua”.

El segundo volumen, Yo adoro, parte de un planteamiento más estructurado. "Es un cuento", avanza Escrig. Por una parte, esta creación reconoce un primer impulso personal de querer escribir y dibujar. “Creo que ha sido de lo que más he disfrutado últimamente: dibujar sin pensar demasiado”: y por eso, los materiales son deliberadamente simples —cera, lápiz de color, grafito. 

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Las imágenes se inspiran en paisajes y en formaciones glaciares, porque el segundo impulso fue el de desplazar el foco narrativo hacia lo no humano, "poniendo en el centro otras voces, como los glaciares o la naturaleza".

La propuesta de Colmillos de Leche, otra vez, es rimar estos impulsos. “Fue difícil tratar de alejarme del lenguaje más humano o más corporal”, admite Escrig. La autora imagina el fanzine como “un mundo posible en el que hay dos individuos que no son humanos y que no están sujetos a la norma”.

El impulso de lo colectivo

Más allá de los dos fanzines publicados, Colmillos de Leche funciona como un laboratorio abierto de autoedición. El formato no está fijado: hoy puede ser una publicación, mañana un póster, un desplegable o incluso una pieza textil.

La autoedición ofrece, además, un espacio de libertad frente a las convenciones de otros circuitos culturales. “El límite te lo pones tú”, resalta Jover. Para Escrig, ese marco permite trasladar la poesía a territorios menos constreñidos (por ejemplo, por las maquetas editoriales): “Es muy liberador poder llevar el lenguaje poético a un formato que no esté tan limitado”.

Pero el motor real del proyecto es la vida compartida. “Siempre que me atasco en esos bucles de frustración o de autoboicot, encontrar ese sostén y ese impulso de juntes potencia muchísimo las ideas”, afirma Jover. Escrig coincide: muchas de esas intuiciones habrían quedado en cuadernos o carpetas; y “de repente, tienes este espacio que podemos compartir con más personas y que no está cerrado”. Dos procesos creativos individuales dejan de avanzar en paralelo y empiezan a acompañarse; una rima inesperada entre formas de mirar.

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