Entrevista

Libros y cómic

Pedro Bravo: "Las ciudades no son empresas y no tienen que venderse como productos: son lugares en los que vivir"

El sello Debate publica el nuevo ensayo de Pedro Bravo, una reflexión sobre el desencanto con las ciudades actuales, sus dinámicas clónicas de explotación, y la necesidad de construir urbes más amables ante un futuro que pinta negro

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VALÈNCIA. Si ahora mismo rodeásemos la Plaza del Ayuntamiento de Valencia veríamos en sus negocios y restaurantes más transitados algo significativo: uno puede tomar la hamburguesa que quiera, al precio que quiera, en el momento que quiera. Ventajas de gran ciudad. Al lado de un Taco Bell tenemos un Burger King, situado a cien metros de un Foster’s Hollywood y de un Five Guys. Y a poco que callejeemos tenemos The Fitzgerald Burguer, Hard Rock Café, VIPS y Hundred. 

¿Y si ahora nos plantásemos en la Plaza de Callao, de Madrid? Tendríamos un Burger King, un Five Guys, un Foster’s y hasta tres VIPS a cinco minutos a pie. Y no nos costaría encontrar el Hundred de la plaza Pedro Zerolo, u otras franquicias como Steakburguer o Carl’s JR. Tampoco tendríamos problema si amaneciéramos en la Plaça de Catalunya de Barcelona: otro Foster’s y dos Burger King más nos calmarían la ansiedad. Hay donde elegir, siempre que sea para comer carne grasienta en cadenas de restaurantes y franquicias. Un eficaz espejismo de libertad de elección en la ciudad global del siglo XXI. 

¿Qué hay detrás de esa sensación de que todas las grandes ciudades se parecen cada vez más? El ensayista Pedro Bravo escribe que “hay un grupo reducido de fondos e inversores diseñando una estrategia de control de costes en la que la repetición es una ventaja competitiva”, y añade, “también hay una concentración de oferta que elimina o se lo pone muy difícil a los pequeños empresarios y promueve condiciones laborales que son, asimismo, similares y no necesariamente mejores”. 

Se diría que los anteriores ensayos de Pedro Bravo (Chamberí, 1972) le han llevado irremediablemente a escribir este último. Ha pensado sobre temas de movilidad urbana y sostenible en libros como Biciosos: ¿Por qué vamos en bici? (Debate, 2014), y sobre procesos globales de turistificación y gentrificación que impactan en ciudades de todo el mundo en Exceso de equipaje. Por qué el turismo es un gran invento hasta que deja de serlo (Debate, 2018). También sobre el ritmo de vida, el ruido constante —también mental—, y la necesidad de frenarlo todo en ¡Silencio! Manifiesto contra el ruido, la inquietud y la prisa (Debate, 2024). Ahora acaba de llegar a las librerías Antes todo esto era ciudad, un ambicioso y profuso ensayo subtitulado “Por qué la vida urbana se ha vuelto extraña y qué podemos hacer para transformarla”. Hablamos con él sobre ese proceso de extrañamiento. 

- ¿Por qué plantear un ensayo sobre las ciudades de hoy como una historia de desamor?

- Todo parte de una intuición. Algo que me ocurría con mi ciudad, que es Madrid, pero también con otras que me acogen habitualmente como Barcelona, Valencia o Sevilla. Intuía que lo que a mí me pasaba le podía pasar a más gente. Era un sentirme extraño en el lugar por el que antes había tenido un sentido de pertenencia. Y ese extrañamiento me recordaba mucho a esa sensación de desamor, que quien la haya vivido la reconocerá, de cómo un entorno cercanísimo, una relación de pareja, puede volverse algo que no reconoces, algo muy distinto a lo que te hacía sentir como en casa.

Y eso lo aplico a las ciudades. En la primera parte del libro hago una indagación de cuáles son las causas racionales u objetivas por las que se produce ese extrañamiento. Por qué las ciudades están dejando de cumplir las funciones que hacían que nos sintiéramos de allí. Y la segunda parte, por no ser demasiado pesimista, abogo por dar herramientas y ejemplos de cómo podemos volvernos a enamorar de la idea de ciudad. De la misma forma que sufrimos un desamor, podemos recuperar el amor y tratar de hacer las cosas de otra manera.

- Hay un momento en el que explicas la necesidad que tienen las ciudades de posicionarse en el mercado de la atención y de vender experiencias vinculadas a su visita. ¿Entran las ciudades en un proceso competitivo si se conciben como empresas?

- Sí, las ciudades vistas en este caso como las ven los administradores de las ciudades. Muchos políticos se han involucrado en una carrera competitiva por sobresalir en un presunto mercado de lo urbano. Por captar la atención y, por tanto, atraer visitantes e inversores. Y esto no lo digo yo, lo dicen ellos en sus programas estratégicos, en sus declaraciones. Para mí eso que llaman visitantes e inversores podríamos llamarlo clientes y accionistas, por darle una capa semántica más adecuada al absurdo en el que estamos metidos.

Las ciudades no son empresas y no tienen que venderse como productos. Las ciudades son lugares en los que vivir, hacer economía, pero también hacer cosas juntos: socialización, ocio, cultura, creatividad o simplemente no hacer nada y tener tiempo libre. Es un espacio de encuentro: ese es el origen de las ciudades. Lo de convertirlas en una empresa para vender productos es una cosa relativamente reciente, que se ha ido haciendo de una forma acrítica, es decir, por imitación.

Las administraciones han visto que otras ciudades estaban en esas carreras por la atracción, y han deseado ser atractivas. Entonces han aplicado políticas para conseguirlo, que al final facilitan las operaciones de intereses privados, internacionales y centralizados, que han utilizado la ciudad como un tablero de juego de sus partidas económicas. Esto es evidentísimo en el asunto inmobiliario. El mercado de la vivienda es un mercado, pero no es un mercado para cumplir la función social de la vivienda que protege nuestra Constitución, sino para cumplir los intereses de grandes capitales que encuentran ahí rentabilidades que no extraen de otros aspectos de la economía.

- Podría parecer contradictorio que las ciudades vendan ‘experiencias’ en un mundo cada vez más mediado por lo virtual: las redes sociales han cambiado también nuestra forma de hacer turismo. ¿Qué responsabilidad tienen las grandes tecnológicas en este progresivo cambio, o declive, de la ciudad como espacio de encuentro? 

- Aquí convergen varios procesos distintos. El desarrollo de la ciudad-marca es paralelo al desarrollo de la marca personal, en el que todos estamos metidos. De forma paralela a que la ciudad buscase ser una marca, nosotros estamos buscando tener la nuestra propia. Y nuestras experiencias en lo urbano se han adaptado a esa tendencia. 

Ahora, si conoces un sitio recóndito y lo subes a Instagram, otorgas el descubrimiento a los demás compartiéndolo, de tal forma que todas esas dinámicas convergen. Y efectivamente convergen haciendo que todo sea más parecido. Es decir, ese afán de que cada uno de nosotros es distinto y cada ciudad quiere ser distinta, lo que acaba provocando es que cada vez tenemos más la sensación de que todo es más parecido, y todos los influencers también se parecen. Es todo más homogéneo. Y ahí, si me permites, mi preocupación no es tanto un problema de identidad, concepto en constante transformación, como un concepto de diversidad que yo llevo también a lo económico. 

La diversidad económica es clave. Las ciudades siempre han sido un lugar al que venía la gente para desarrollar un proyecto de vida. Nunca han sido perfectas, siempre ha habido modelos de poder y de precariedad. Pero, por lo menos, en el trayecto de mitad del siglo XX y hasta hace poco, se ha visto una evolución en la que la gente podía desarrollar proyectos de vida. También porque había una institucionalización de los cuidados a través de los servicios públicos, que también están en tela de juicio ahora. Entonces, esa posibilidad de que tú puedas desarrollar un proyecto de vida en la ciudad, cada vez se ve más lejos. 

Lo que estamos viendo es que eso que en inglés llaman la gig economy se está extendiendo de las clases trabajadoras a las clases medias. La economía de la chapuza, de la ñapa, la temporalidad y la precariedad laboral, impide desarrollar un proyecto vital propio cada vez a más gente. Y a mí eso me parece, no solo preocupante, sino alarmante. 

- Argumentas que el modelo de ciudad está produciendo ciudades cada vez más solitarias y envejecidas demográficamente. Dices que la distopía es un término que  cada vez es más difícil diferenciar de la realidad que debería deformar. En esa imposibilidad de desarrollar proyectos de vida, ¿cómo afecta la negación de futuro a las ciudades?

- Por un lado, hablan de ciudades dinámicas y vibrantes, es decir, jóvenes, y por otro la media edad de la población es cada vez mayor. Es más difícil tener hijos, y si tienes tendrás menos hijos de los que se tenían antes. Y todo resulta más difícil para los jóvenes. Las ciudades que se venden como jóvenes son ‘antijóvenes’. Y ser ‘antijoven’, por decirlo de esa forma tan simple, es ser ‘antifuturo’.

La realidad es que el presente se vive bajo una tremenda presión en las ciudades, por tener que sobrevivir. Es decir, para pagar tu piso y tus facturas, igual ya no puedes pagar una cena o un concierto, ni ir una tarde en un transporte público depauperado a ver a tus amigos a la otra punta de la ciudad, para que juntos arregléis el mundo. Todo eso te quita tiempo para imaginar el futuro. El tiempo es fundamental y la ausencia de tiempo es clave en las ciudades porque la presión económica nos impide tener tiempo para, entre otras cosas, pensar en el futuro en colectivo. Y organizarnos. 

- ¿Las dinámicas urbanas no dejan ni tiempo ni espacio para tejer complicidades con los demás, que nos permitan mejorar nuestras ciudades y nuestra situación vital?

- Eso es. Y todo ello no es más que un freno a la idea de futuros, porque además tendemos a verlo en singular, cuando los futuros pueden ser muchos porque están por hacer. La escasez de tiempo y espacio para debatir es un problema emocional e intelectual grave, pero también es un problema vital y económico. Y cuando hablo de economía no me refiero a la economía de las grandes capitales sino al desarrollo de nuestra vida. 

Encontrar elementos de resistencia para cambiar esas dinámicas es clave, porque si no entramos en una especie de inercia. Del mismo modo que hay una inercia de los administradores de lo público por destacar en una carrera competitiva, nosotros estamos en una inercia de sobrevivir en el día a día. No nos da tiempo, ni a unos ni a otros, a pensar realmente para qué estamos aquí.

Y la pregunta es, ¿para qué estamos aquí? No digo en la tierra, que también, sino en las ciudades. ¿Es para no hacer otra cosa que trabajar para pagar un piso que no te pertenece? ¿Para poder ir a un concierto de Rosalía? ¿O es para aprovechar el tiempo en el amplio sentido de la palabra, disfrutar lo más posible y tener una vida lo más plena posible? Yo creo que a esa pregunta deberían responder tanto las políticas públicas como nuestras acciones individuales. 

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