Entrevista

Libros y cómic

Sergio C. Fanjul: “Oponerse a la productividad constante tiene algo de revolucionario”

El astrofísico y periodista Sergio C. Fanjul publica ‘Cronofobia’, un ensayo que parte de su miedo al paso del tiempo para investigar cómo entendemos el tiempo en las sociedades contemporáneas

  • Sergio C. Fanjul.
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VALÈNCIA. El tiempo es el protagonista silencioso y omnipresente de todos los fines de año. En estas fechas se repite el ritual, se reanuda el proceso: despedimos un año y damos la bienvenida a otro, en una festividad que nos hace valorar el saldo positivo o negativo de nuestros anteriores 365 días en la Tierra. Nochevieja nos hace pensar en el tiempo. Nos hace mirar atentamente un reloj, escuchar unas campanadas, pendientes de unos cuantos segundos de ritual, atiborrados de uvas. Celebrando, o pasando página de lo que hemos vivido recientemente, pongamos el último año. Y haciéndonos cargo del tiempo que viene, ese futuro incierto que es el 2026. 

Sergio C. Fanjul lleva pensando en el tiempo desde que tiene uso de razón: es un concepto que le obsesiona. Se licenció en Astrofísica, pero viendo que su curiosidad iba más allá de esta rama del conocimiento, se echó al mar de conocimientos de un centímetro de profunidad: se hizo periodista. Su curiosidad le ha llevado ha escribir en PlayGround, Vice, Forbes, Rolling Stone y, actualmente, en El País. También a escribir ensayos como La ciudad infinita: Crónicas de exploración urbana (Reservoir Books), El padre del fuego (Aguilar), La vida instantánea (Círculo de Tiza) o La España invisible (Arpa editorial).

Ahora –un adverbio indefinido pero en constante disputa–, ha publicado su último ensayo también en Arpa: Cronofobia. Un libro en el que reflexiona largo y tendido sobre eso mismo: el tiempo. Una voz que combina cierta erudición con una prosa diletante y bienhumorada. Fanjul confiesa que padece cronofobia –el miedo al paso del tiempo–, y su dolencia le lleva a investigar qué entendemos por ‘tiempo’ en un mundo acelerado, preso de la nostalgia y obsesionado con las experiencias, el FOMO y el productivismo. 

- ¿Cuánto tiempo llevas pensando en el tiempo? 

- Llevo pensando en eso desde que soy chaval. Cuando tengo 14 años, me doy cuenta de que todo empieza a cambiar, y descubro que tengo una sensibilidad especial al tiempo. Y desde entonces, he pasado todo este tiempo pensando en ello. Lo hago a diario, especulo sobre el tiempo que me queda por vivir, me agobio mucho con los horarios, o cuando tengo citas ineludibles de ir de un sitio a otro. Solo por el mero hecho de tener el tiempo decidido. El tiempo comprometido, por no contrarlo ni ser capaz de fluir con él.

El libro es el resultado de un año y medio de escritura, pero en realidad es el resultado de años de obsesión, porque yo ya había leído y pensado mucho en muchas de las cosas que hablo en el libro, como en el asunto de la aceleración, el estrés y el ajetreo contemporáneo. También me habían interesado siempre las concepciones del tiempo según las diferentes culturas, o esta idea de lo que es el tiempo circular y el tiempo lineal. Incluso he escrito reportajes y columnas sobre ese tiempo que aún no es y la cuestión del futuro abolido. Es decir, que el trabajo de fondo lo llevo haciendo de forma inconsciente muchos años.

- En el libro hablas de la ‘crononormatividad’, que es la forma en la que la sociedad impone vivir el tiempo. Parece que hoy en día pasa por un dogma productivo: la necesidad de hacer cosas todo el rato. ¿Dirías que perder el tiempo se antoja hoy una cuestión política? 

- Oponerse a la productividad constante tiene que ver con algo revolucionario. O no sé si revolucionario, pero sí de resistencia a cómo funcionan las cosas.  Cuando trabajas, produces, y cuando no trabajas, también produces consumiendo. El ocio se entiende solo como algo basado en el consumo: se nos propone como experiencias alucinantes con las que llenar nuestro tiempo libre. Viajes y sitios que visitar, restaurantes que no te puedes perder, películas y series cuyo visionado tienes que compartir en redes, estilo de vida, la ropa, ir de compras… es siempre un aprovechamiento del tiempo libre que tiene que ver con el consumo. Aunque también es producción desde el punto de vista del capitalismo, porque estás produciendo beneficios para otros.

No participar de eso en el sentido de no hacer nada, o incluso hacer actividades que no estén vinculadas a la producción o el consumo, es político, claro que sí. Pasear, leer, jugar a algo con tus amigos, estar con tus seres queridos… son ese tipo de actividades las que propone el filósofo Hartmut Rosa, que es estudioso de la aceleración. Él lo llama ‘resonancia’: la resonancia es lo que nos hace estar un poco más en conexión con el mundo y con los que nos rodean. 

  • Sergio C. Fanjul. -

- ¿Estar presentes? En el sentido de pensar más en el ahora.

- Eso hace que no vivamos tan acelerados, que no deja de ser una idea un poco de Perogrullo. Aunque también es cierto que se repite a lo largo de las tradiciones culturales desde Séneca, hasta Byung-Chul Han, pasando por el budismo zen. Todas las tradiciones que se han puesto a pensar sobre la aceleración del tiempo, el ruido, el ajetreo y el vértigo, siempre reman en la misma dirección, que es estar presente en tu vida cotidiana. Estar preocupado en las cosas sencillas de la vida, disfrutando de ellas. 

- En actividades que nos hagan ser más conscientes de lo que hacemos, como el hecho de cocinar que mencionas en el libro. Aunque hasta eso ahora está presente en la cultura de forma acelerada: en The Bear trabajan bajo la presión extrema del mantra ‘Cada segundo cuenta’. 

- Claro, porque es una serie que espectaculariza la cocina profesional, que es una cosa muy complicada. Yo era muy fan del programa de Chicote, ‘Pesadilla en la cocina’, pero en los dos casos se hace espectáculo de una actividad productiva: los restaurantes tienen que producir y tienen que servir muchas mesas. Eso entra dentro de una idea completamente diferente de lo que podemos entender por una cocina consciente y casera, enfocada también a relajarse, a pasar el rato, a ponerle cariño y a experimentar. Eso es más algo que haces por gusto, como un hobby. Cuando lo conviertes en un trabajo, ahí se jode todo. 

“Estamos sometidos al asedio constante de las notificaciones, de las cosas que nos tiran del brazo para que les prestemos atención”

- ¿Crees que existe, entonces, alguna forma de vaciar de productivismo y utilidad nuestro tiempo libre? 

- Enfocarnos en las pequeñas cosas del presente puede ayudar. Lo que pasa es que todo conspira contra eso: estamos sometidos al asedio constante de las notificaciones, de los estímulos, de las cosas que nos tiran del brazo para que les prestemos atención. Fijar nuestra atención ya es muy costoso, y eso hace que tengamos una idea difusa del presente, y del paso del tiempo en general.

Además, se nos empuja a formar parte de eventos colectivos cada vez más mercantilizados. Pienso en los conciertos de Rosalía, de Taylor Swift, de Bad Bunny. Uno siente que “pero cómo me voy a perder a Bad Bunny si viene a Madrid”, pero igual no pasa nada porque luego esos eventos se masifican y la experiencia suele ser francamente poco gratificante: estás lejos, te agobian para entrar y salir, y ni ves ni escuchas bien al artista. ¿Cómo escapar de todo eso? No tengo ninguna fórmula, pero el otro día escribí una columna sobre el hecho de estar sin móvil. Dejar el móvil en casa el fin de semana y salir a pasear con mi chica y mi hija. De repente, si desconectas las cosas se viven de otra forma, como que estás mucho más tranquilo. Igual como recomendación puede servir de algo.  

- En Cronofobia explicas por qué el tiempo pasa más rápido cuando nos divertimos o gozamos, que cuando estamos haciendo algo tedioso [juzgamos períodos de tiempo según cuánta y qué información procesa nuestro cerebro]. ¿Qué hay del tiempo digital? ¿Podría ser Internet un agujero negro de tiempo, cuando hacemos scroll en Tik Tok durante dos horas sin darnos cuenta? 

- Es una idea muy buena, esa del tiempo digital. Creo que es un tiempo que se nos escapa y por el que han peleado los ingenieros de todas las empresas de Silicon Valley. Es eso de cómo esclavizar nuestra atención a base de la administración de microdosis de dopamina, mediante el estímulo de las redes y sus algoritmos. Solo para descubrir que ninguno de los CEO de estas compañías le permite a sus hijos utilizar las redes sociales, sino que les educan sin esa tecnología. Como los buenos camellos que no se meten de su propia droga. Esto, que casi suena a teoría de la conspiración, también tiene su parte de verdad. 

Lo cierto es que ese tiempo digital es como un agujero negro, una madriguera de conejo en la que caemos día sí, día también. Y que acaba pasandole factura a nuestro cerebro. A mí, de hecho, me cuesta más concentrarme, por ejemplo, a la hora de leer. Me distraigo muy fácilmente, es desesperante. Mi atención ya funciona intermitentemente al ritmo del scroll infinito de cuando te pones a ver reels. 

“Gestionamos peor el paso del tiempo debido al ‘porsiemprismo’: esa sensación de que el pasado no desaparece. De que todo está presente siempre en Internet” 

- Otro concepto que abordas en el libro es la irreversibilidad del paso del tiempo, y la idea de la nostalgia, que tiene su vertiente política en el auge reaccionario. En la cultura la nostalgia se mercantiliza, ¿Crees que también sufre un proceso de aceleración, puesto que ahora se tiene nostalgia de cosas que acontecieron hace muy poco?

- Ese fenómeno se ha observado mucho. Yo nací en los 80 y empecé a ser joven en los 90. Entonces la nostalgia alcanzaba unas décadas, con imaginarios como el de Grease. Pero en los 2000 la nostalgia cultural se acelera, se reproduce y se mercantiliza hasta el punto de echar de menos y reivindicar cosas de hace una década. 

También se nos confunde el tiempo vivido y gestionamos peor la nostalgia por otro concepto que abordo en el libro, que es la omnipresencia cultural de determinados iconos a lo largo del tiempo. Los grupos lo dejan, pero vuelven, las películas tienen secuelas, precuelas, spin-offs y series derivadas, de tal forma que parecen siempre estar presentes en la cultura pop. Es lo que Grafton Tanner llamaba el ‘porsiemprismo’: antes podías sentir nostalgia de Star Wars porque tenías solo tres películas, pero ahora tienes varios productos relacionados con ese universo todos los años. Si todo está presente, ¿de qué sentimos nostalgia? El pasado no desaparece. Todo está ahí todo el rato. Y más en Internet, donde no existe prácticamente derecho al olvido. Por eso sacan tuits comprometidos, de hace mil años, de cualquier artista o político que adquiera relevancia. 

-Eso nos lleva a otro asunto del tiempo: la incapacidad actual para imaginar un futuro mejor. Culturalmente, ¿Ahora tenemos problemas para digerir ciertas distopías porque se parecen mucho a nuestra vida diaria? 

- Fíjate, el tiempo de la nostalgia se ha cortado y el tiempo de la distopía futura también. Es como si todo se comprimiese. Ahora las ideas de Black Mirror o de Years and Years ocurren en el futuro de inmediato, o incluso en el presente. La distopía es hegemónica, yo creo, por el futuro abolido que te decía. Incluso hay algo raro en la nostalgia política que diría que también ha permeado de la cultura pop a la realidad. Durante la era dorada de las series de gran calidad, tuvimos un montón de protagonistas abiertamente villanos con los que empatizamos. Hablo de Tony Soprano, Walter White o Dexter. No puedo evitar plantearme qué raro es que la gente ahora mire a gente malvada, la admire y justifique sus actos. 

Puede que eso haya tenido consecuencias políticas, pues pasados los años ahora tenemos a Donald Trump, a Milei, a Bukele… Hay algo en su desfachatez, en su forma de ser y de hacer política que parece sacada de los villanos de las series de entonces. Mauro Entrialgo lo llama ‘el malismo’, que está de moda también en el terreno de los liderazgos actuales.

- En el libro hablas de Proust, de El tiempo perdido, y de otras formas de procesar la nostalgia. ¿Crees que existe una nostalgia ‘positiva’?

- Diría que la prosa de Proust nos lleva hacia una nostalgia sana. De esas diferentes formas de comprender la nostalgia han escrito Clara Ramas o Svetlana Boym. Hay una nostalgia restaurativa, que es aquella que quiere restaurar un tiempo pasado, como puede ser la ultraderecha. Quieren un mundo acorde a normas del pasado, traer el Antiguo Régimen de vuelta al presente. Pero también existe la nostalgia reflexiva, que tienen muchos artistas, y que es la que trabaja Proust. Esta nostalgia no está decidida a restaurar un mundo pasado, sino a rememorarlo para sentir esa melancolía agridulce de un tiempo vivido. No mejor, pero vivido. 

Se ha hecho un batiburrillo muy gordo entre la nostalgia política y cultural, y la nostalgia íntima y personal: se ha juzgado que todo está mal en bloque. Pero no es lo mismo añorar un mundo en el que las personas racializadas no tenían derechos, a añorar los años de cuando eras un chaval sin preocupaciones. Pero por eso la nostalgia reflexiva cabe en nuestra forma de ver el mundo: porque no tiene que ver con querer volver ahí, sino con haber vivido y experimentado cosas. Esa nostalgia es, al fin y al cabo, amor por la vida. 

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