Un diario desvela la mirada de cuatro artistas de Boston a la España del siglo XIX

Libros y cómic

'VIAJERAS BOSTONIANAS'
  • Anna Parker Dixwell.
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VALÈNCIA. Hubo un tiempo en el que los relatos de artistas y viajeros crearon la imagen romántica de una España considerada exótica por buena parte de Estados Unidos y Europa. Aupadas por ello, entre 1880 y 1881, unas artistas bostonianas recorrieron buena parte de la geografía estatal, visitaron museos y monumentos, acudieron a teatros y cafés y se relacionaron con la intelectualidad de la época. Lo hicieron, además, viajando solas y tratando de mirar el país desde una posición distinta a la de los habituales relatos extranjeros.

La suerte de los archivos y el cruel canon artístico ha hecho que su mirada sobre ese viajes les haya sobrevivido más que su propia obra. Porque, por una parte, aunque ejercieron su profesión, la historia del arte nunca les abrió sus frotneras, y por otra, el testimonio de una de ellas, Anna Parker Dixwell, ha sido descubierto en un pequeño cuaderno de tapas escarlata que durante décadas pasó de un archivo a otro hasta acabar en manos del historiador del arte Bruce Weber, en el norte del estado de Nueva York. 

Allí lo encontraron las historiadoras Cristina Morales Segura y la valenciana Cristina Doménech Romero, editoras y traductoras de Viajeras bostonianas. Diarios de un viaje por España, publicado ahora por Siruela. El volumen recupera el diario personal de Dixwell y reconstruye, a partir de sus páginas y de una investigación posterior, los dos viajes que realizaron estas artistas por la España de finales del XIX.

El interés investigador de Doménech Romero por los artistas que viajaron a España la llevó hasta una referencia a unos diarios escritos por una mujer. Tirando del hilo, las dos investigadoras llegaron hasta el archivo de Weber, instalado en una casa de un pequeño pueblo de las montañas del norte de Nueva York. "Empezamos a ver todos los papeles que tenía y ahí encontramos el diario. Cuando llegamos y empezamos a leerlo todo y a transcribirlo, realmente vimos el valor que tenía el libro: documental, artístico, literario”, recuerda.

El documento es, en realidad, el testimonio de dos viajes. El primero, entre septiembre y noviembre de 1880, desde Portbou por Barcelona, Tarragona, València, Alicante y Murcia hasta Andalucía, con paradas en Córdoba, Granada, Málaga y Ronda, además de una escapada a Gibraltar y Tánger. El segundo viaje, en la primavera de 1881, reunió de nuevo a un grupo bastante similar haciendo un recorrido también prácticamente calcado pero más consciente.

El interés del diario no reside únicamente en los lugares que visitaron, sino en cómo los miraron. Dixwell escribía originalmente a su madre, aunque las cartas nunca llegaron a enviarse, lo que explica parte de la intimidad del texto, pero también su particular construcción literaria. "Además de artista, de pintora, era una excelente escritora", apunta Doménech Romero. 

  • Primera páginas de los diarios encontrados. -

En sus diarios se encuentran observación, anécdota y descripción, pero sobre todo, no es un cuaderno de viaje convencional. Las cuatro mujeres llegan a España con buena parte del imaginario que acompañaba entonces a los artistas estadounidenses que cruzaban el Atlántico: la España de Carmen, los toreros, los gitanos y el pasado orientalizado. Pero el diario se distancia progresivamente de esos clichés: "Lo que realmente hace único, muy único, es que ellas, por lo que cuentan, eluden mucho ese cliché de venir a España en busca de eso. Tienen una actitud más empática hacia los españoles y una mirada mucho menos despectiva”, señala la editora.

La diferencia se hace aún más evidente al compararlas con buena parte de los relatos de viajeros estadounidenses de la época, cree Doménech. Procedentes de una costa este que acababa de experimentar una fuerte industrialización, muchos de esos viajeros contemplaban España como un país atrasado y se interesaban fundamentalmente por su pasado. "Nunca retratan la realidad ni retratan lo contemporáneo, siempre buscan el pasado", apunta Doménech Romero. Dixwell y sus compañeras, en cambio, narran también "la vida diaria de los cafés, de las exposiciones", en una mezcla de romanticismo y contemporaneidad que, a juicio de la editora, constituye uno de los principales valores del documento.

Comprender España

La València de 1880 sirve como ejemplo de esa evolución. En su primer viaje, las artistas llegan con escasa información y siguen en buena medida los itinerarios de otros viajeros. Dixwell sabe que existe una Academia de Bellas Artes, en el actual Centre del Carme, pero su conocimiento de las colecciones valencianas es todavía impreciso. Cuando regresan en 1881, la situación cambia: se ha documentado y presta atención a la escuela valenciana, a Ribera, a Vicente López y a Juan de Juanes, además de describir las obras del museo de una manera que, según la investigación posterior de las editoras, coincide con su disposición real. 

Ese afán por comprender alcanza también aquello que les resulta culturalmente más ajeno. Las viajeras, que no eran católicas, entran en iglesias y catedrales tanto por su interés artístico como por curiosidad. Aprenden español, van al teatro y se relacionan con figuras de la intelectualidad madrileña. Esquivan la tentación de contemplar las costumbres locales como una rareza, intentan participar en ellas —“Si las mujeres en España llevan mantillas, pues ellas se ponen mantillas", ejemplifica la editora. Otro ejemplo: en Sevilla, ante unas reliquias religiosas que les resultan incomprensibles, observan cómo se arrodillan los asistentes y ellas hacen lo mismo.

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También importa quiénes eran ellas. No solo mujeres que viajaban solas por un país del que apenas conocían la lengua, sino artistas con una considerable formación y recursos, pertenecientes a círculos sociales acomodados y cosmopolitas. Su propia condición atraviesa su forma de mirar: Doménech Romero considera que "seguramente el hecho de tener esa sexualidad tan ambigua" en el caso de algunas de ellas también pudo contribuir a una mayor empatía hacia lo diferente, aunque reconoce que la documentación disponible no permite establecerlo con certeza.

El diario permite además reconstruir una España mucho más conectada internacionalmente de lo que podría sugerir la imagen tópica de la época. Las viajeras se encuentran constantemente con otros estadounidenses y extranjeros y establecen relaciones con miembros de una intelectualidad española liberal y cosmopolita, entre ellos figuras vinculadas a los círculos culturales que frecuentaban también otros hispanistas extranjeros.  "Esto de lo del turismo de hoy en día no es nada nuevo”, bromea la investigadora.

Más allá de la anécdota

El cuaderno no contiene solo palabras; también conserva fotografías, dibujos, recortes, billetes, plantas y otros recuerdos recogidos durante el trayecto. "Es un organismo casi vivo, que te va enseñando todo lo que vivió esta gente”, amplía la editora.

Convertir ese conjunto de apuntes y anécdotas en un libro ha exigido, precisamente, reconstruir todo aquello que el diario no explica. Las editoras se repartieron la investigación: Morales Segura se centró especialmente en la dimensión literaria y Doménech Romero en la artística. Después hubo que seguir cada nombre, cada lugar y cada referencia.

El resultado, más allá de la anécdota, devuelve a Dixwell y a sus compañeras una voz que durante mucho tiempo quedó fuera del relato canónico de los artistas extranjeros en España. Anna Parker Dixwell murió en 1885, apenas unos años después de aquellos viajes, y buena parte de su historia personal sigue envuelta en incógnitas. El diario, sin embargo, permite seguir sus pasos y, sobre todo, recuperar una forma de mirar que se aparta tanto del exotismo como de la simple fascinación turística. Cuatro artistas de Boston llegaron a una España que creían conocer a través de los libros y terminaron construyendo, entre museos, trenes, hoteles, iglesias, cafés y encuentros, un relato mucho más atento a la España que tenían delante que a la que esperaban encontrar.

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