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presentada en la filmoteca

'L'Ofrena': una reflexión sobre el amor tóxico y la dependencia emocional

La nueva película de Ventura Durall presenta tres personajes con traumas muy profundos y los expone a situaciones extrapolables a nosotros mismos

18/09/2020 - 

VALÈNCIA. Toxicidad. Frustración. Posesividad. Desengaño. Dependencia. Conflicto. Cuando en una relación romántica falta la comunicación, todos esos pequeños inconvenientes acaban arreciando sobre ambas personas como finas cuchillas que van dejando su marca poco a poco e irreversiblemente. Una bola que crece y crece hasta explotar por un leve toque que, siendo solo eso, impide ver con claridad el verdadero problema. Cada uno, al servir a su propia circunstancia, tiene una serie de limitaciones que no pueden ser solventadas si no es desde la sinceridad, la empatía y la comunicación. Mens sana in corpore sano. Si uno carece de esas aptitudes, sus monstruos –todos los tenemos-, acaban consumiéndolo. Entonces, el abismo resulta muy difícil de franquear.  

Hay situaciones en la vida que determinan la manera en que uno desarrolla todo su imaginario. En esto, el abandono juega un papel importantísimo: todos sin excepción buscamos ser queridos, y el rechazo de quien más te importa puede llegar a ser fatal si uno no se analiza desde un primer momento. Esto es lo que busca reflejar la última película del director de cine Ventura Durall, L’Ofrena: una historia de amor mal llevado, plagado de egoísmo y voracidad, y ejercido por personas con ese profundo temor a ser abandonadas.  

La trama gira en torno a tres personas: Violeta (Anna Alarcón) recibe un día en su consulta de psiquiatría a Rita (Verónica Echegui), una joven cuyo padre se suicidó años atrás y cuyo marido, Jan (Álex Brendemühl), abandonó a la propia Violeta cuando eran jóvenes tras fugarse con ella para vivir un amor incomprendido por todos cuantos les rodeaban. A través de una narración que recorre dos líneas temporales –la de Violeta y Jan de jóvenes y la de su reencuentro ya adultos a través Rita-, Ventura Durall presenta una historia marcada por la intensidad, y hace una profunda crítica a la toxicidad en las relaciones, no sin dejar un pequeño halo de esperanza para el espectador, pues el nombre del filme es así por varios motivos: la ofrenda de dos mujeres que, fruto de una situación de dependencia provocada por el miedo al abandono, regalan su vida a un hombre injusto y egoísta; la ofrenda a la vida; y, por último, la ofrenda que hace el director al público, a quien interpela directamente para que extraiga sus propias conclusiones más allá de la trama. Porque si algo está claro en L’Ofrena, eso es la precisión con que cada personaje está construido, hasta el punto en que, con todos sus claroscuros, el espectador puede llegar a sentirse identificado con cualquiera de ellos en algún punto determinado.  

L'Ofrena

La incapacidad de comunicar como mayor lastre vital posible 

L’Ofrena pone sobre la mesa un tema recurrente en la sociedad que, salvando las distancias, puede ser perfectamente extrapolado a muchas de las relaciones románticas -y no tan románticas- que la gente tiene. Se trata de la incapacidad de comunicarse, de entenderse el uno al otro. Según explica el director, Ventura Durall, “la película habla de conflictos que tenemos todos los seres humanos”. Se refiere “a cómo nos cuesta pedir perdón y a lo difícil que nos es volver a relacionarnos con aquellos a quienes hemos hecho daño”. De hecho, hay una frase que el personaje de Jan pronuncia nada más empezar la película y que explica muy bien las palabras de Durall: “Dentro de cada uno de nosotros hay una ventana que da al infierno (…). Cuando nos damos cuenta del daño que hemos hecho a los otros, no hay tortura peor que ver que en realidad nos lo hemos hecho a nosotros”. Y así es L’Ofrena, una oda a la plena determinación de que hacer el mal al de al lado, aunque suene a tópico, acaba generando el mismo mal en el interior de uno mismo.  

“Todos los personajes están muy marcados por su pasado –apunta el director-. De alguna forma quieren reescribir su historia a través de estas ofrendas. Todos huyen de algún fantasma”. Y eso es precisamente lo que les lleva a ser infelices a todos ellos: la incapacidad de explicar–aunque sea para ellos mismos- que tienen un grave problema. Así, el vacío existencial juega un papel fundamental en el film. Todos los personajes lo sufren de alguna manera. Violeta por un pasado que arrastraría el resto de su vida, Jan por la frustración de una vida despojada de cualquier afecto y Rita por la incapacidad de estar sola y el miedo al abandono. Cada uno tiene sus grandes demonios, pero no dejan de contrastar con la constante idea de: “¿También tendrán algo bueno?”. 

Los personajes de L’Ofrena están construidos, por otro lado, de manera que calan en cualquiera que vea su evolución. Y lo hacen por un sencillo motivo, y es que todas las situaciones a las que se enfrentan ocurren en nuestro día a día, claro, a menor escala. Tanto las sensaciones de Jan, que no hace más que dejar a mujeres rotas tras él; como las de Violeta, que vive engañada y odia su vida; como las de Rita, que tiene una dependencia total hacia los hombres por culpa del abandono de su padre; todas ellas, en contraste con la determinación de que los tres actúan como humanos y no como demonios, generan en el espectador un gran sentimiento de identificación. “He querido que sea una película muy humanista en la que el espectador pueda reconocerse –explica Durall-. Trata sentimientos que son universales. De alguna forma, al verla, pensamos que somos nosotros mismos quienes tenemos que completarla a través de la propia experiencia. Es una ofrenda en dos direcciones. Creo que eso es lo rico y complejo de la película: te hará pensar sobre tu propia vida, sobre las relaciones que has roto o que te han roto, sobre cómo interpretar tu propio pasado”.  

L'Ofrena

Erotismo como arma de doble filo 

L’Ofrena utiliza el suspense erótico para retratar la profundidad psicológica de los personajes de forma más evidente. En la primera escena, Rita, antes de enterarse del suicidio de su padre se dedica a hacer webcams eróticas en un andrajoso apartamento. La escena es fría y áspera, y ya desde un primer momento muestra cómo va a ser el personaje interpretado por Verónica Echegui.  

A partir de ahí, el sexo es tratado de manera que apoye una situación u otra. A la hora de contar los flashbacks de aquel pasado ideal entre Jan y Violeta, se muestra de forma muy bella. En palabras de Durall, “la película ocurre en dos tiempos, y el sexo es una buena forma de distinguirlos. El sexo en el presente, sumido en el vacío existencial, evoca al luminoso e idealizado pasado. En el momento actual resulta claustrofóbico, sucio, tétrico”.  

L'Ofrena

Y en realidad, esa manera de vivir el sexo es evidente en los personajes femeninos. “Es una película que va, sobretodo, de mujeres, de Violeta y Rita”. Así, a lo largo del filme vemos su punto de vista de una forma “casi quirúrgica”. Sin embargo, “hay un supranarrador, Jan, que es el demiurgo de la historia, cuyas intenciones se van destapando a capas, poco a poco”.  

L’Ofrena es una producción de Nanouk Films, Fasten Films, SUICAfilms y Bord Cadre Films, con el apoyo del Institut Valencià de Cultura, ICEC, ICAA, À Punt Mèdia y TV3, rodada entre Barcelona y la provincia de València, en parajes como la sierra de Irta, Sagunto o Buñol, entre otros. 

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