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LITERATURA COMPARTIDA

Los clubs de lectura reclaman su sitio: radiografía del fenómeno cultural que inunda València

5/11/2018 - 

VALÈNCIA. Adentrarse en los océanos de un libro constituye usualmente una actividad de extrema intimidad, de soledad buscada. Un paréntesis existencial que nos regalamos a nosotros mismos. Mientras permanecemos en esa burbuja de la palabra escrita, las miserias cotidianas se diluyen y el único horizonte posible es el siguiente capítulo. Sin embargo, en ocasiones eso no es suficiente: ansiamos compartir con otros el viaje experimentado en un puñado de páginas. Desde hace algunos años, ese anhelo ha cristalizado en València con la proliferación de clubs de lectura que brotan en cada rincón de la ciudad gracias a librerías, instituciones públicas o incluso particulares que se lían la manta a la cabeza. Un modelo de ocio muy habitual en el entorno anglosajón, pero no tan extendido hasta ahora en tierras mediterráneas, que acoge a bibliófilos de cualquier pelaje, edad y condición. Frente al agorero runrún que habla de una sociedad repleta de seres aislados e individualistas, estos proyectos apuestan a fuego por el deseo humano de pertenecer a una colectividad, de intercambiar ideas y construir una charla poliédrica. Al fin y al cabo, se trata de una forma más de juntarse y celebrar la vida, en este caso, alrededor de unos cuantos tomos impresos. Estos encuentros se alzan como una oda de amor a la literatura, por supuesto, pero también al sentimiento comunitario y las posibilidades de la vivencia grupal. Una conversación puede cambiar el mundo.

La librería Ramón Llull es uno de esos enclaves que promueven con entusiasmo la expansión de los clubs de lectura. Su primera incursión en este territorio fue hace siete años con un ciclo de autores japoneses. A él se le sumaron otros eventos similares como El porqué de las cosas (sociales), un espacio “de lectura y pensamiento que coordina David Barberá y en que se discuten libros vinculados a la sociología o la economía”, apunta Almudena Amador, una de las responsables de la Llull. Otro de sus clubs es Martes con cuento, centrado en narraciones breves, especialmente aquellas innovadoras y de vanguardia. “Teníamos muchas ganas de fomentar la lectura de un género del que disfrutamos muchísimo y donde hay grandísimos creadores conocidos y por descubrir”, señala la librera. En este caso, las citas están coordinadas por Kike Parra Veïnat y se celebran los primeros martes de cada mes (sí, lo habéis adivinado, de ahí su nombre). En la eclosión de estos proyectos, Amador destaca el papel de las redes sociales, que han hecho que se difundan mucho más. “Resulta una manera magnífica de analizar, vivir la literatura y dialogar. Te rompe los prejuicios y te abre la mente. Te sacan de tu zona de confort lectora, es casi una adicción”, señala Fani Fernández, una asidua a esos martes. “Me interesaba mucho el relato breve, conecto mucho con ellos, y hay días en los que vuelves a casa con una visión de la obra muy distinta que la que tenías al llegar. Además, aprendemos a leer de una manera nueva”, coincide Elena Casero, otra participante. Mundo extraño, de Jose Ovejero; Knockemstiff, de Donald Ray Pollock o Nuestra historia, de Pedro Ugarte, se encuentran entre los volúmenes tratados hasta ahora.

“Fue una de las primeras actividades que puse en marcha para convertir la librería en un espacio cultural”, explica Nacho Larraz, propietario de El Cresol. La tertulia protagonizada por la tinta y el papel se presenta como una herramienta mediante la que “hacer piña, hacer barrio y unir a los vecinos Patraix para conversar”. Y es que, los libros también pueden ser un catalizador del tejido social más cercano. Su club lleva en marcha cuatro años y por él transitan obras de narrativa poesía, biografías, novela gráfica o ensayo: “Los integrantes vienen muy predispuestos a ir variando géneros y temáticas, a probar cosas nuevas”, señala el también presidente del Gremi de Llibrers.

Para Larraz, el éxito de esta propuesta está en su carácter cálido y de proximidad: “En una sociedad con tanta vida digital, la gente quiere buscar a su pequeña tribu y poder sentarse a hablar tranquilamente, cara a cara”. Una de las recientes incorporaciones a este grupo es Amparo Tolosa, que acudió por primera vez a una sesión el pasado mes de septiembre. “Llevaba tiempo queriendo apuntarme a algo así porque creo que es una forma de ampliar miras y conocer libros que en otra situación no me habría planteado leer”, indica, “además, resulta genial tener un lugar en el que poder hablar de literatura y conocer otras opiniones”. En su caso, esa primera incursión se centró en Por encima de la lluvia, de Víctor del Árbol, “la presencia del escritor hizo que el debate fuera aún más interesante”.

El imperio de las bibliotecas

Metidos en harina, resulta indispensable nombrar a la Red de Bibliotecas Municipales de València, la emperatriz suprema en los lares de la vida encuadernada. Por el momento, tienen en marcha 23 clubs (con entre 15 y 20 miembros cada uno) cuya asistencia está tan cotizada que hasta cuentan con lista de espera. ¿Oís los murmullos de impaciencia? Es la cola de lectores ansiosos por sumar sus experiencias a las de otros. Además de la obvia animación a caer rendido ante el torbellino de los párrafos, esa iniciativa (que incluye cuatro clubs infantiles) busca también “que la gente vea nuestros centros como espacios vivos y dinámicos”, apunta Marga Valls, Jefa de Sección de Colección de la Red y responsable de la biblioteca de La Petxina. 

Los volúmenes empleados suelen provenir de los propios fondos de la Red, un auténtico vergel de la palabra escrita (por algo decía Borges que imaginaba el paraíso como una especie de biblioteca). “Pero si consideramos que alguna obra puede dar juego y no la tenemos en nuestro catálogo, compramos esos ejemplares”, señala Valls. Tierra de Campos, Los fabulosos Frank, Un mundo deslumbrante y El corazón de las tinieblas son una muestra de los títulos abordados en los últimos meses.  Algunos clubs realizan también actividades complementarias, entre las que destacan los encuentros con autores como Carmen Posadas o Vicente Muñoz Puelles. Analizar la creación de Blasco Ibáñez dio pie a una excursión por l’Albufera, mientras que Hiromi Kawakami propició una cata de comida japonesa. Porque a veces no se lee solamente con los ojos sino también con el estómago y la piel. Por su parte, la biblioteca de La Petxina, una de las pioneras en lo que a estas citas se refiere -puso en marcha su maquinaria en 2005- organiza cada año una ruta literaria: fueron a Sevilla tras leer Rinconete y Cortadillo, han recorrido Salamanca gracias a Miguel de Unamuno y Pérez Galdós inspiró una escapada a Madrid. Un mismo libro permite así realizar dos viajes: el primero con la mente y el segundo con los pies. 

La singularidad del club de Bombas Gens -dinamizado por Paco Inclán, editor de la revista Bostezo- es que los libros que en él se debaten están vinculados con alguna de las exposiciones que el centro tiene en exhibición en ese momento. Literatura y artes plásticas reivindican de esta manera su rol como vehículos paralelos para expresar unas mismas inquietudes. Además, al “socializar la lectura” e interrelacionar unas obras y otras “se amplían y enriquecen las interpretaciones de cada una”. Así, el año pasado abordaron En el camino, de Jack Kerouac, asociada a Hamish Fulton. Caminando en la península Ibérica; Al sur de Granada, de Gerald Brenan, junto a Hacia la luz. Joel Meyerowitz; o Cuentos, de Chéjov, a partir de la exposición La blancura de la ballena de Paul Graham. La primera sesión de esta temporada será Al faro, de Virginia Woolf, que se relacionará con El pulso del cuerpo. Usos y representaciones del espacio. En cada sesión, además, se aporta material complementario para reforzar el diálogo entre ambas piezas. Este club cuenta con la colaboración de la biblioteca de Marxalenes, que proporciona los tomos para su análisis. “También es una forma de recordar que los lectores no estamos solos en el universo”, añade Inclán.

«¿Obras de teatro? ¿Pero quién lee teatro? Yo es que no conecto…» No hay que ser un erudito de la esfera editorial para darse cuenta de que tipo de literatura en forma de libreto es mucho menos popular que la narrativa o el ensayo. Si esto fuera un combate de lucha libre, la novela ganaría por KO indiscutiblemente. Para revertir dicha situación, el Institut Valencià de Cultura lanzó la temporada pasada cinco clubs de lectura, con una veintena de participantes en cada uno, centrados en piezas de dramaturgia y destinados a distintos públicos, “desde adolescentes hasta personas de la Tercera Edad”, señala Roberto García, Director Adjunto de Artes Escénicas de la entidad. Dos criterios rigen a la hora de elegir títulos: que las obras vayan a ser programadas en el Principal o el Rialto y que estén editadas, es decir, que se puedan adquirir en formato encuadernado. “Durante cerca de dos meses se realiza un proceso de estudio, debate y reflexión que se corona con la asistencia al propio espectáculo y un coloquio con su equipo artístico tras la función. Además, intentamos que los textos elegidos sean de autores valencianos para que puedan asistir a las sesiones”, añade. Así, han trabajado con piezas de Gemma Miralles y Chema Cardeña (y de Calderón de la Barca, pero claro, él no pudo sumarse a los encuentros). Este otoño, el ciclo arrancó con I tornarem a sopar als carrers, de Xavi Puchades y Begoña Tena. Adentrarse en terrenos tan poco explorados como la dramaturgia supone para muchos abrir las puertas de un universo con insospechadas potencialidades: “la gente se da cuenta de que el tipo de escritura es completamente diferente, sigue otras leyes y su lectura puede resultar ágil y gozosa”, expone García. La iniciativa está organizada junto a la AVEET (Associació Valenciana d'Escriptores i Escriptors Teatrals) cuyos miembros guían los encuentros. 

El matiz 2.0 lo pone la Fundació pel Llibre i la Lectura (FULL) que cuenta con un club de lectura virtual construido a través de foros, material documental y tertulias audiovisuales con escritores y expertos. El proyecto parte con dos objetivos: servir de alternativa a quienes no puedan acudir presencialmente a eventos similares, pero también “fomentar la literatura en valenciano y ofrecer recursos audiovisuales y referencias para que otros clubs la desarrollen por su cuenta”, explica Manel Romero, secretario de la entidad. La pornografia de les petites coses, de Joanjo Garcia, y Les quatre vides de l’oncle Antoine, de Xavier Aliaga han sido algunos de los títulos trabajados hasta ahora.

Del bucolismo decimonónico a la novela negra

¿Hay algún fan de Jane Austen en la sala? En ese caso, probablemente le interesa la iniciativa de Miguel Ángel Jordán, vicepresidente de la Jane Austen Society y coordinador de un club de nuevo cuño dedicado en exclusiva a la escritora británica. La idea surgió tras un reciente viaje a Nueva York en el que pudo asistir a varios encuentros sobre la autora: “quería poner en marcha algún evento relacionado con ella y vi que esta posibilidad era divertida y fácil de llevar a cabo”. Al comenzar el curso 2018/2019, anunció la iniciativa en la Facultad de Filología de la Universitat de València y a mediados de octubre celebró la primera sesión. Como no podía ser de otra manera, el ciclo arranca con la celebérrima Orgullo y prejuicio. Y es que, es una verdad universalmente reconocida que Lizzy Bennet y Mr. Darcy constituyen reclamos irresistibles para cualquier austenita de bien. Las enaguas, las casacas y el té son opcionales.

Santiago Álvarez es uno de los responsables del festival VLC Negra y precisamente a raíz de esta cita anual surgió la idea de crear un club de lectura en la librería Gaia centrado en el género noir, un ámbito del que es fiel adepto y cuya legión de fans se encuentra en plena expansión debido, en su opinión, a que “nos conecta con problemáticas sociales que nos rodean, pero al mismo tiempo invita a bucear en la oscuridad que habita en nosotros y que no queremos aceptar. Además, permite acercarnos a los impulsos criminales”. Respecto a los colectivos literarios, lo fundamental es que prime la horizontalidad: “No se trata de que yo les explique cómo es la novela, sino de hacer que los participantes se sientan cómodos para contar qué les ha gustado o no de cada libro, que todos se encuentren como si estuvieran en el comedor de casa hablando con sus amigos”, indica el coordinador del ciclo. “Los clubs de lectura están viviendo un boom, eso está clarísimo, y creo que se debe a que se ha corrido la voz de todas las posibilidades que ofrecen. La gente viene con muchísimas ganas y se van con las expectativas superadas porque descubren aspectos de la obra en los que no habían reparado”, añade. Empaparse de literatura y hablar sobre ella hasta sentirse colmado de palabras. Quizás, estos encuentros no sean sino una aproximación en clave contemporánea a ese ancestral anhelo de juntarse alrededor del fuego para tricotar leyendas. 

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