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Los cuentos blanco niebla de ‘Quietud’, de Andrea Mejía

7/02/2022 - 

VALÈNCIA. Es la última página del relato y de pronto dos personajes a los que hemos seguido se adentran en el bosque al tiempo que piden a unas hijas que esperen y se diviertan en la orilla de la represa. Se abren diferentes posibilidades: puede que anden buscando algo de espacio para intimar porque se desean aunque se suponga que no deben hacerlo. Puede, tal vez, que tramen algo, alguna clase de negocio ilícito: quizás tienen que recoger algo o darle algo a alguien, o bien, yendo un poco más lejos, esconden o mantienen presa a una persona en una caseta a la que acuden regularmente —aunque no a menudo— para aprovisionarla de lo básico para una supervivencia elemental. 

Todo esto podría ser porque al poco el cuento se acaba y quizás las palabras que quedan contengan una última revelación, una despedida tensa de la historia, un clímax, una sospecha que satisfaga nuestra curiosidad ante una propuesta que recuerda lo suficiente a aquel abandono del que fueron víctimas Hansel y Gretel como para que nos pongamos en alerta. ¿Será eso lo que finalmente sucederá? ¿Habrán llevado a las niñas al bosque para dejarlas perdidas en la soledad amenazante de esta última página? La otra posibilidad, la que tiene que ver con la sustancia de las nieblas, es también inquietante: el bosque es una masa forestal finita, pero cuando los dos personajes se adentran en ella tras pedir a las niñas que aguarden, se transforma en otra cosa, en un horizonte voraz, en un laberinto superpuesto en diferentes capas de realidad. Los dos personajes marchan al reino del bosque infinito en el que los seres humanos se han perdido para siempre a lo largo de toda su breve historia: el cariño a los bosques es muy reciente. Hasta hace bien poco eran espacios a temer: hogar de animales que te arrastraban hasta una muerte terrible, guarida de bandidos y hogar de la oscuridad y las leyendas.

Esta historia que hemos planteado a modo de elige tu propia aventura, en realidad, tiene un camino trazado que desemboca en esa vibración de lo posible que eriza el vello: lleva por título Flores rojas y es uno de los acertadísimos cuentos de la escritora colombiana Andrea Mejía que recoge Quietud, nuevo libro en el catálogo de La Navaja Suiza. Uno nunca sabe con certeza de qué salud goza el género del relato breve: piensa que excelente, porque el relato breve es la sublimación de la literatura y de un modo u otro, con crisis o sin crisis de las naturalezas que sean, ya bien de los formatos, de los propios géneros o de la misma literatura, se publican antologías de relatos excelentes como estos de Mejía, y la legión lectora corre hacia ellos y se zambulle en sus páginas con gusto y bracea hasta lo hondo y se queda allí flotando y disfrutando de las vistas y de las texturas y de las ideas. Los diez cuentos de Quietud comienzan con un perro encadenado a una azotea junto a unas colmenas de abejas africanas —una premisa absolutamente de relato para que entremos en el marco que Mejía ha construido para sus cuentos, porque entre ellos existen puentes, incluso con forma de diente o de panal o de tala, algunos más evidentes y otros menos, aunque después hablaremos de ello—, siguen con un niño frágil al que solo le gustan las bolas de arroz que preparan las manos húmedas de su madre, después con una luz blanca y una extraña oración —aquí Mejía explicita o pone nombre a la materia clara que recorre sus páginas como una niebla suya—, y después, con un azadón enterrado, con una peña y unas sombras porteadoras, con una pianista menguado y un ganso, con un bulto bajo las sábanas que podría ser una hermana, con un pozo y una danza y una prenda de los muertos, con las flores rojas de las que ya hablamos hace unas líneas, para terminar con un vestido rojo en una finca a medio hacer donde viven los pobres y se hierven las ortigas.

¿Cuáles son esos puentes que tiende Mejía, cuál es esa niebla suya que se desliza discreta entre las páginas? Esos puentes, ajenos al azar, son además puertas, y tienen forma de pluma, de hombres con sierras, de extraños trances. La niebla es el tejido con el que se confeccionan las fronteras entre los mundos: con su blancura espectral nos adormece o nos hipnotiza —nos da nebladura— para que nos desdibujemos tanto como sus umbrales. En las páginas de Mejía parece que se nos hayan dejado piedrecitas blancas que nos llevan o nos adentran, o definen una serie de senderos que ni siquiera tendrían por qué tener una dirección al uso, tal y como los seres humanos, empeñados en que exista un arriba y abajo que carece de sentido en el universo, concebimos. 

La blancura del arroz, la luz blanca de la lámpara de pie de la sala, las blancas astillas, la azalea blanca, la hierba blanca como una barba vieja —qué imagen poderosa—, las medias blancas, los dedos blancos, el cielo blanco y cristalino, la estatua blanca de la Virgen, las encías blancas. Son solo algunas de estas piedritas que la autora ha sembrado a lo largo de sus caminos entre cuentos, y que ahora invitan a una segunda lectura, y quizás hasta una tercera en algunos casos, porque cuando se lee la última palabra de Quietud y se es consciente del rastro blanco evanescente, uno cae en que se habrá perdido algunas de las marcas con las que podría haber hilado, hallado, comprendido mejor, dicho ah, especulado, o directamente creado nuevas y estimulantes posibilidades nacidas de los territorios escritos por Mejía, que son en parte Colombia, y en parte puro continente del relato.

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