LA NAVE DE LOS LOCOS / OPINIÓN

Los pijos son fenomenales

Los pijos como mi amigo Jacobo viven en un selfi eterno. Son la risa despreocupada del país, la alegría de vivir sin hipotecas ni angustias laborales en la que todo acaba siendo "fenomenal". Además crean riqueza. ¿A qué viene meterse tanto con ellos? 

24/04/2017 - 

A Jacobo lo conocí en un club de ajedrez de Patraix cuando éramos universitarios. Como teníamos un nivel muy básico, jugamos juntos muchas partidas. Él era de Kaspárov y yo de Kárpov. De esa afición compartida al ajedrez nació una bonita amistad que ha durado hasta hoy. Nos vemos poco; pueden transcurrir muchos meses sin que sepamos el uno del otro, pero cuando nos reencontramos es como si hubiéramos quedado el día anterior. Con Jacobo nunca hay que romper el hielo; siempre ha sido un chico encantador, con mucho duende para encandilar a las mujeres y a los hombres.

La última vez que nos vimos fue en marzo. Acababa de salir del trabajo y me dio una gran alegría reconocer su voz. No sabía de él desde el año pasado. Jacobo siempre tiene tiempo libre. Trabaja —es un decir— en la empresa de su padre, un constructor veterano que sobrevivió a la crisis inmobiliaria. 

—Te invito a comer a un sitio superguay que han inaugurado en Conde Altea —dijo con su voz nasal y después colgó.

Allí quedamos en vernos. El local era de una elegancia fría y ecléctica; las camareras parecían muy simpáticas, ninguna medía menos de 1.80, pero la comida, pese a estar rica, nos las sirvieron en escasísimas cantidades en platos muy grandes, como suele ocurrir en estos restaurantes modernos. 

Olvidé decir que Jacobo me lleva a estos sitios porque es pijo. Se llama Jacobo Ponce de León y Díez de Rivera. Os preguntaréis cómo un hijo de la clase trabajadora como yo, que tiene el nombre de un árbol como primer apellido, ha podido intimar con un vástago de la burguesía de L’Eixample. Ni yo mismo lo sé. Hubo un tiempo en que, para no desentonar en su círculo, intentaba parecerme a él y a los de su clase. Vano intento. Me faltaban posibles para lograrlo. Pongo un ejemplo: él viste de Gant, Tommy Hilfiger y últimamente más de El Ganso. Yo, con expectativas más modestas, me conformo con un jersey rosa de Pedro del Hierro. 

Salí con hambre del restaurante de Conde Altea pero no se lo dije. Como lo conozco, estaba seguro de que me llevaría a algún sitio chic a tomar una copa. 

—¿Te parece que vayamos a Marina Beach Club? ¿Lo conoces? It’s wonderful! 

Jacobo es bilingüe y, para demostrarlo, intercala palabras inglesas con otras en español. A mí me sirve para aprender un idioma bárbaro que siempre se me ha resistido. Le conté que conocía Marina Beach de oídas pero que nunca había estado. 

Let´s go, Javier! —dijo mientras me cogía de un brazo en dirección al aparcamiento.

Llegamos en un pispás al puerto con su Volkswagen Polo de color blanco. Era ya media tarde. El local estaba lleno de gente guapa a la que nunca veréis por los barrios de la ciudad. Mi amigo me tenía una sorpresa reservada: nos esperaban sus amigas Piluca y Tatiana. 

You know que Piluca me gusta mucho —se sinceró después de tomar la segunda copa de cava, servida por apuestos camareros que lucían barba cuidada, elegantes con sus tirantes negros y camisas azules a juego con pajaritas amarillas—. Era como estar en Palm Beach pero sin la presencia incómoda del presidente de Estados Unidos. Todo eran risas, superficialidad, mirarse unos a otros, fotitos por aquí fotitos por allá, creernos divinos de la muerte. Los pijos viven en un selfi eterno. Son la sonrisa despreocupada del país, la alegría de vivir sin hipotecas ni angustias laborales en la que todo acaba siendo “fenomenal”. ¿A qué viene meterse tanto con ellos?

Tatiana y yo nos apartamos discretamente para que Jacobo y Piluca intimaran mirando, mejilla con mejilla, el Mediterráneo. A Jacobo no se la ha conocido ninguna novia estable (raro, raro), así que le deseo que esta vez sea la definitiva. 

Salimos algo piripis de Marina Beach Club

Después de echar muchas risas y hacernos miles de fotos, los cuatro salimos algo piripis de Marina Beach Club. Como era viernes, y todo viernes encierra una promesa fugaz de felicidad, Jacobo tuvo la ocurrencia de proponernos ir a Málaga, donde se proyectaba su festival de cine. 

—¡Me encanta! ¡Es una idea megagenial! —exclamó Piluca, de quien yo desconocía su pasión cinéfila. 

—Pero ¿dónde dejo a Sissy? —preguntó, contrariada, Tatiana. 

—Mujer, deja a la perrita con tu grandmother —contestó Jacobo cortándola en seco. 

 

Escuchando canciones de Hombres G y Mecano llegamos a Murcia, donde hicimos noche en un hotel muy cuco, cerca del teatro Romea. Al mediodía estábamos en Málaga. Comimos en los alrededores de la catedral y por la tarde, después de salir de compras por la calle Larios, elegimos ver la película Selfie del director Víctor García León. ¿De qué va Selfie?, os preguntaréis. Va de pijos, en concreto de un pijo muy simpático y zalamero que es idéntico a mi amigo Jacobo. Sus mismos gestos, su misma ropa, sus pulseritas, sus carcajadas estúpidas, idéntica obsesión por estar en todos los saraos, sean un mitin del PP o de Podemos. Jacobo es un pijo desideologizado. Por eso vota a Ciudadanos, como yo. "Albert es very cool", me confiesa. 

La película ‘Selfie’ va de un pijo simpático como Jacobo. Sus mismos gestos, su misma ropa, sus carcajadas estúpidas, idéntica obsesión por estar en todos los saraos, sean un mitin del PP o de Podemos

Nos lo pasamos fenomenal en Málaga. Hasta nos dio tiempo a ver a mi amigo José Luis, que anda mal de amores, en Fuengirola. Por la noche acabamos bailando música dance en una discoteca sesentera de Torremolinos. Me pareció reconocer a Torrente. Dormimos en habitaciones separadas, como buenos catequistas. Ellas por un lado y nosotros por otro. A la mañana siguiente no había quien se levantara. Estábamos resacosos. El viaje se nos hizo largo, en parte porque pillamos retenciones en la provincia de Almería. Menos mal que nos quedaba Mecano y Hombres G para amenizar el trayecto. Al llegar a Valencia, Jacobo me dejó en la Alameda para que cogiera el metro, pero antes nos hicimos un selfi sobre el capó de su coche. Teníamos cara de no haber dormido y de haber bebido tal vez demasiado. Si me veis en Instagram, no me lo tengáis en cuenta. No suelo hacer estas cosas.