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el cudolet / OPINIÓN

Los refinados gustos de Gustavo Adolfo Bécquer por la horchata valenciana

31/08/2019 - 

He visitado una docena de veces por diferentes motivos el país de la bota. Me hubiera gustado más. Alguna de ellas fugaces, otras, no tanto. En Italia se pasta el gusto por los objetos. De norte a sur es difícil no deleitarse con los placeres culinarios, monumentos, museos, nobles edificios o de los preciosos atardeceres. Italia, rico, Italia decadente, las piedras amontonadas atesoran bellos tesoros del pasado. El Imperio desmoronado, el Estado también, la vida sigue, parte de la belleza intrínseca de un territorio que fue cuna de la civilización.  

Sin la existencia de la bota, Europa dejaría de ser Europa. Pese a las notables diferencias existentes entre los habitantes del norte y sur, el gusto por el postre frío es símbolo del rico patrimonio italiano. En Italia se consume en cualquier estación del año. Los helados son parte de una cultura, la italiana, que mantiene a primera vista en orden el desorden. En mi última visita a Italia recalé en la bella ciudad del Arezzo. Nada cómoda para los paseos por el desaliñado empedrado de sus vías. 

Situada en plena en Toscana, la ciudad del oro, territorio rico de una región de la que han brotado ilustres personajes del mundo de la cultura o del deporte. La vida es bella en la Toscana. El oscarizado cineasta Roberto Benigni o el jugador del Valencia CF Amadeo Carboni. En mi estancia en el Arezzo me hospedé en la casa familiar de una saga, los Laurenzi. Familia entrañable y varonil. Excelentes anfitriones. La morada situada en la localidad del Palazzo del Pero a menos de 2 km del Arezzo. La escudería Laurenzi ha labrado las tierras de sus antepasados. Allí probé por primera vez el Aperol con champagne, exquisito brebaje, servido como aperitivo en las charlas matutinas con los viejos del lugar. Presencié de cerca la vida de un lobo, probé la trufa para desayunar y me tiré una tarde entera despellejando el funghi para dar de cenar a una treintena de vecinos de la localidad. Al pasear por delante de la puerta de cualquier establecimiento o local de hostelería, léase restaurante o cafetería, de fondo, reposaba en sus cartas el culto al postre frío. Los italianos veneran el helado como Vivaldi representó los cuatro conciertos a violín y orquesta del merecido tributo a las Cuatro Estaciones.

Y se preguntarán qué tiene que ver todo esto con el padre del Romanticismo, el escritor Gustavo Adolfo Bécquer. Entono el mea culpa, la lectura para mí es como el postre helado para los italianos. La consumo en cualquier estación del año. Suelo abusar de ella, como Bécquer lo hacía con la horchata valenciana. El poeta sevillano en unos de sus escritos ensalzaba a los valencianos por la adaptación en la Madrid del siglo XIX a las situaciones y temperaturas. Imperiosa dificultad que supieron canalizar los emprendedores valencianos emigrantes a la Villa. Supieron adaptarse al tiempo y lugar como buenos fenicios, parte de nuestra naturaleza. En una de mis lecturas veraniegas recayó una selección de papeles personales, poética y narrativa editado por Alianza Editorial sobre las experiencias personales del escritor sevillano en su estancia en Madrid. 

Foto: CRDO Chufa de València

Bécquer visitaba con frecuencia un almacén de felpudos y esteras de esparto. En el multinegocio valenciano se ubicaba un despacho de horchata, agua cebada y limón. La poética rima del sevillano ensalzaba la calidad de los productos allí servidos, resaltando la preciosa decoración del establecimiento engalanada por las telas valencianas. Con su exquisita fina prosa no dejó pasar por alto la belleza impresa de las morenas mujeres valencianas que atendían a los forasteros, y servían de enfriamiento ante tal empacho originado por el abuso del consumo de horchata valenciana.

Exportada a todo el mundo, hasta en el estado de Israel se encuentra y se consume como bien me cuenta mi amigo Moshe. Salvo algún exabrupto anglosajón, en el cual, la horchata la asocian a un tipo de leche vegana, la horchata es atemporal, debe consumirse todo el año, con o sin azúcar, aunque en breve tiempo demos por finalizado la estación del verano. Si Bécquer lo hacia, nosotros también. 

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