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la pantalla global

Luc Besson vuelve a visitar el espacio exterior

Llega 'Valerian y la ciudad de los mil planetas', adaptación de un clásico del cómic francés de ciencia-ficción

18/08/2017 - 

VALÈNCIA. La cosecha fantástica de la temporada promete ser una de las más excitantes de los últimos años. El 6 de octubre, por ejemplo, llegará a las pantallas españolas la secuela de Blade Runner, que si se hace caso al sentido común, así, de entrada, debería dar mucho miedo (¿era necesario? ¿de verdad?), pero que se espera con expectación por venir de quien viene, el discutible pero encumbrado Denis Villeneuve. No es, ni mucho menos, el único título que los aficionados al cine de género esperan con impaciencia. The Shape of Water (que llegará en enero de 2018), la próxima película de Guillermo del Toro, es una prometedora relectura contemporánea del clásico de la Universal La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, Jack Arnold, 1954). Y el 12 de octubre se estrenará Mother!, el nuevo relato de terror de Darren Aronofsky, con Jennifer Lawrence y Javier Bardem como protagonistas. Pero antes le toca el turno a la última fruslería galáctica de Luc Besson, Valerian y la ciudad de los mil planetas (Valerian and the City of a Thousand Planets, 2017).


Se trata de la película más cara de la historia del cine francés (más de 177 millones de dólares, que se dice pronto), aunque ese dato no impresiona demasiado, teniendo en cuenta que Besson siempre se ha caracterizado por la ambición de sus proyectos. De hecho, se ha convertido en un tópico calificarle como el más americano de los directores europeos, tanto por su afición al blockbuster como por la frecuencia con que rueda pensando en el mercado internacional, esto es, echando mano de recursos que habitualmente se asocian con la meca del cine occidental, como las estrellas de gran tirón popular o los aparatosos despliegues de efectos especiales de última generación. En ese sentido, su visión comercial se hace incluso más patente en su faceta de productor, que ronda los noventa títulos: Exitosas franquicias de acción como Taxi, Transporter y Venganza (la mayoría, con guiones de su puño y letra) generan beneficios que le permiten emprender otros proyectos con garantías. Y pese a la vocación global de su cine, Besson le recuerda siempre que puede su origen al público y, de paso, publicita su país. Malavita (The Family, 2013), una entretenida comedia mafiosa con Robert De Niro y Michelle Pfeiffer, estaba ambientada en un pueblecito de Normandía. Y la huracanada trama intercontinental de Lucy (2014) se resolvía en París. Con Valerian se traslada al espacio exterior, pero lo hace de la mano de un clásico del cómic galo, obra de Jean-Claude Mézières y Pierre Christin.


Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana…

Nacidos en las páginas de la legendaria revista Pilote en 1967, los agentes espacio-temporales Valérian y Laureline recorren la galaxia desfaciendo entuertos en una serie de aventuras de marcado tono humorístico, en las que se cruzan con infinidad de extravagantes especies extraterrestres y siempre salpicadas de interesantes reflexiones (pacifismo, anticapitalismo). En el blog La cárcel de papel, el especialista en cómic Álvaro Pons no dudaba en afirmar en una entrada de 2005 que se trata de “la obra cumbre de la ciencia-ficción europea en cualquier medio, desde el cine a la literatura, una obra de una importancia crucial que, recogiendo la tradición de la literatura y el cine de ciencia-ficción más clásicos se ha convertido, a su vez, en un clásico que ha irradiado su influencia a toda obra de ciencia-ficción posterior”. La prueba más evidente, y también la más dolorosa para Mézières, es La guerra de las galaxias (Star Wars, George Lucas, 1977), donde los ecos de su trabajo resuenan de manera indiscutible, como numerosos analistas se han encargado de señalar en diferentes ocasiones. Sin embargo, el director estadounidense nunca reconoció la influencia.

Besson, en cambio, relata que leía las historietas de Mézières desde los diez años. De hecho, la primera vez que trabajó con el dibujante fue en El quinto elemento (Le cinquième élément, 1997). Entonces ya le comunicó que su deseo era llevar algún día Valerian a la pantalla, pero en aquel momento le encargó una serie de ilustraciones que servirían de modelo para algunos decorados del film, colaboración que el propio Mézières detalla en su web. Durante el proceso de trabajo, se editó un nuevo álbum con aventuras de Valerian, El círculo del poder, y el cineasta también incorporó algunas de las ideas que contenía a la película. Pero seguía obsesionado con adaptar Valerian, aunque era consciente de que “no tenía la experiencia ni contaba con la tecnología necesaria”, según ha explicado a Rachel Donadio en el New York Times. En 2009, las cosas cambiaron. Se estrenó Avatar y Besson se dio cuenta de que había llegado la hora. “Le agradezco a James Cameron que brindara a toda la comunidad cinematográfica la posibilidad de hacer lo que quisiéramos”. Y, además, en tres dimensiones.


En la estela de otras producciones del francés, la fantasía de Valerian se combina con el género de aventuras y la comedia. “Ya hay demasiadas películas de ciencia-ficción oscuras, donde llueve constantemente y los extraterrestres son los villanos. El futuro es una página en blanco, ¿por qué proyectar tanto pesimismo en él?”, se pregunta Besson, que apuesta por una película para todos los públicos cuyo objetivo es, obviamente, recuperar su costosa inversión. Por eso abundan las caras conocidas (de Cara Delevingne a Clive Owen o Ethan Hawke, pasando por músicos como Herbie Hancock o Rihanna) y la banda sonora incluye el Jamming de Bob Marley o el Space Oddity de David Bowie. Ningún detalle parece que haya sido dejado al azar. Y, sin embargo, el estreno internacional de la película ha sido un sonoro fracaso. El primer fin de semana, apenas recaudó 17 millones de dólares en Estados Unidos, pese a proyectarse en más de 3.500 pantallas, y una vez ha ido llegando a otros países, las cifras no han mejorado. Dunkerque, el nuevo Spider-Man o los simios de Matt Reeves le han tomado la delantera con claridad, y las consecuencias no se han hecho esperar: EuropaCorp, la productora de Besson, ha bajado más de un 8% su cotización en bolsa.


La cosa tiene su miga, porque para poder completar la financiación de la película, Fundamental Films, una empresa china, adquirió una participación importante en EuropaCorp. Un apoyo fundamental en un film que solo incluye 45 planos sin efectos especiales, frente a los 2.744 que sí los tienen. Habrá que ver cómo afronta Besson el desaguisado financiero. El cineasta se ha convertido en un importante hombre de negocios en Francia, donde puso en marcha la Cité du Cinéma, un complejo que alberga nueve estudios privados y una escuela pública de cine. Un proyecto que juega en la misma liga que los Pinewood Studios de Gran Bretaña o Cinecittà en Roma (no, la Ciudad de la Luz ni está, ni se le espera). Como productora, EuropaCorp alquila su espacio en la Cité y es un inversor más en el estudio, junto con un consorcio de bancos franceses. Desde su inauguración en 2012, se han filmado allí alrededor de treinta películas, tres de ellas dirigidas por Besson y nueve producidas por Europa Corp. Ahora toca hacer números, aunque tampoco es la primera vez que Besson se da un batacazo en taquilla. De hecho, ya ha puesto en marcha las preceptivas secuelas. En una entrevista publicada por Nerdist, asegura haber terminado la segunda parte y estar escribiendo la tercera. “No sé lo que haremos, porque no depende de mí, sino de si le gusta a la audiencia”, ha dicho. Y ya sabemos cuál ha sido el veredicto del público.

Un tipo inclasificable

No es fácil ponerle el cascabel a Besson. Cineasta excesivo y ampuloso (esa afición a los ralentís), con un discutible sentido del espectáculo y cierta tendencia a la estética publicitaria, llamó la atención internacional con su primer largometraje, Kamikaze 1999 (Le dernier combat, 1983), una película de anticipación en blanco y negro que destacaba por la ausencia de diálogos. Tampoco hablaba mucho la Anne Parillaud de Nikita, dura de matar (La femme Nikita, 1990) o el Jean Reno de El profesional (León) (Léon, 1994). Y Jacques, el protagonista de El gran azul (Le grand bleu, 1988), se comunicaba silenciosamente con los delfines. A Besson le gusta que sus personajes se definan por sus actos, más que por sus palabras. Se diría, por tanto, que es un director de acción. Pero, al mismo tiempo, es capaz de plantear cuestiones de gran interés acerca de la atomización de la familia (en su filmografía abundan los personajes que sufren la ausencia de la madre) o las consecuencias de la relación del ser humano con la tecnología. Aspira sin disimulo al éxito de taquilla, pero también ha dirigido algunos títulos de culto cinéfilo.


Lo fue, en su día, Subway (1985), un film que era inequívoco producto de su tiempo, con Isabelle Adjani luciendo un cardado imposible y Christophe Lambert recorriendo los pasillos y recovecos ocultos del metro parisino rodeado de multitud de personajes pintorescos. La secuencia inicial, con la cámara siguiendo el trayecto de los personajes a ras de suelo y al ritmo de la música sintetizada de Eric Serra, era en los ochenta el colmo de la modernidad. Como suele suceder, el paso del tiempo ha perjudicado enormemente a la película, pero muchos de los rasgos de estilo de Besson ya estaban en este film embrionario que le abriría las puertas de la industria y con los años le permitiría acometer proyectos más ambiciosos, como Juana de Arco (Joan of Arc, 1999), pero también darse caprichos como ponerse al mando de la trilogía animada iniciada con Arthur y los minimoys (Arthur et les Minimoys, 2006), basada en sus propios libros infantiles, que han vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo. Entre unas y otras, ha realizado también cintas de carácter más personal que, por lógica, han pasado más desapercibidas, como la comedia romántica Angel-A (2005), donde volvió a usar el blanco y negro, o The Lady (2011), basada en la vida de la activista birmana y Premio Nobel Aung San Suu Kyi. Ambas se quedaron sin estreno comercial en España.


Pase lo que pase con Valerian, Luc Besson mira hacia delante. Su filosofía artística se resume en una de sus frases más celebres: “El cine nunca le ha salvado la vida a nadie, no es una medicina capaz de hacer eso. Es solo una aspirina”. Con tal idea por bandera, ha construido una carrera de una solidez comercial incuestionable. Y aunque de momento no ha anunciado su próximo proyecto como director, trabajo no le falta. En producción tiene seis títulos: Twice, la nueva película de Jean-François Richet (Blood Father), las secuelas de Lucy y Colombiana (Olivier Megaton, 2011), Renegades (Steven Quale), Manhunt, un thriller basado en una novela de Kazuhiro Kiuchi, y Kursk, lo próximo de Thomas Vinterberg. Menos en el caso de las dos últimas, también participa en el guion del resto. No parece que vaya a aburrirse en el futuro.

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