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Luz Gabás: "Hay que mirar al pasado con respeto reflexivo y curiosidad, no con revisionismo"

13/01/2023 - 

ALICANTE. La escritora Luz Gabás (Monzón, Huesca, 1968) se alzó con el Premio Planeta en 2022 con la novela Lejos de Luisiana, su quinto libro tras haber escrito en 2012 el exitoso Palmeras en la nieve, que incluso fue llevado a la gran pantalla. Precisamente aquello coincidió con su incursión política como alcaldesa de Benasque. Una experiencia puntual que no se plantea repetir ahora que ha encontrado su camino, con gran proyección, en el mundo de la literatura. Prefiere hablar de historia y, para ello, mira al pasado con curiosidad y respeto. Nunca desde el revisionismo, pero sí con romanticismo y siempre con la intención de aprender algo nuevo. Para muestra, su último y galardonado trabajo, el cual acudirá a presentar este viernes, 13 de enero, a las Veladas literarias del Maestral. 

— ¿Por qué decide situar la novela en ese periodo histórico y en ese lugar?

— Las historias nos encuentran a los escritores. Estamos siempre leyendo y pensando dónde ubicar las historias que escribimos sobre la vida, el esfuerzo, el amor... Yo siempre pienso en viajes emocionales. Entonces, fue una mezcla de casualidad y de esa información que queda almacenada en la cabeza y sale de repente. En este caso, yo estudié filología inglesa, había estudiado en Estados Unidos, conocía algo sobre Luisiana, había hecho algún trabajo sobre el Misisipi y me encargaron un relato sobre el papel de España en la independencia de los Estados Unidos. Al final, todo eso cayó por su propio peso. Tenía el lugar. Realmente no sabía mucho, pero me di cuenta de que la gente a mi alrededor no sabía nada sobre este periodo histórico, así que me enamoré y pensé: “este es el lugar”.

— Poco se había hablado de ello. ¿Ha sido, por tanto, más complicado el proceso de investigación y documentación para escribir el libro?

— Ha sido muy complicado porque empezaba prácticamente de cero. Sí se ha estudiado el papel de España en la independencia del país y en los últimos años ha adquirido mucha importancia la figura de Bernardo de Gálvez. Sin embargo, a mí me interesaba el antes y el después. Es decir, cómo tomaron posesión del territorio los españoles cuando Francia se los cedió: cómo llegamos, qué sintieron los criollos franceses, por qué se levantaron en armas, cómo se apaciguó el territorio, etcétera. Me gustan los territorios en conflicto porque es donde hay trama y drama. Quise saber más porque no acababa de entenderlo bien.

Creo que se ha hablado poco porque son solo cuarenta años los que España poseyó el corazón de Norteamérica. Es poco tiempo en la línea temporal de España para que se quede grabado en el imaginario colectivo. Pero, además, porque España nunca dijo abiertamente que apoyaba la independencia de los Estados Unidos ya que tenía otras colonias en América del Sur en las que no podía difundirse esa idea. No podía apoyar la independencia de unos mientras tenía a otros bajo su poder legislativo. Se hicieron las cosas de forma callada, mientras se peleaba con sus enemigos de siempre: Inglaterra.

En tercer lugar, los que vivieron ese momento, pues, ya se enzarzaron en las guerras contra Francia, con el telón de fondo de la Revolución Francesa y de Napoleón. Eso hizo que se olvidara la época norteamericana. Se perdieron aquellos territorios y silenciarlo fue una forma de tapar el fracaso. A nadie le gusta recordar el fracaso. Por otro lado, en el caso de los Estados Unidos, yo creo que les quedaba como más ‘chic’ recordar el pasado francés de Luisiana, que es lo que más ha prevalecido. Al fin y al cabo, los españoles también adoptaron allí las leyes francesas, la forma de vida y toda la cultura que encontraron. Se mantuvieron hasta militares franceses en sus puestos.

— Vamos, que los españoles hicieron lo que solían hacer: una conquista menos rupturista y más abierta al mestizaje...  

— Sí. De hecho, ingleses, franceses y españoles actuaron de forma muy diferente con la población indígena. Los españoles llegan a América en busca de una fortuna inmediata. En el Norte no encontraron las riquezas que encontraron en el Sur y, por tanto, se quejaron del gasto militar que suponía estar allí. Intentaron siempre vivir bien y tener mano de obra. En ningún momento hubo una política intencionada de aniquilación por parte de los españoles. No hubo un genocidio. Eso no es cierto. Por otro lado, los franceses hicieron algo parecido, pero aquello fue como un refugio para los ingleses. Ellos entraron allí por razones políticas y religiosas. Se dedicaron a establecer una sociedad similar a la de su procedencia y se fueron apoderando de sus tierras.

— Esa falta de orgullo y poca difusión de las hazañas del pasado, ¿favorece el revisionismo histórico que está proliferando en los últimos años?

— El revisionismo es un signo de nuestra época. Es una manera de politizar la historia, pero la política no debe meterse en la cultura y la historia. Hay que aproximarse como han hecho los historiadores. Ellos tendrán su punto de vista y su ideología, pero ya estamos los lectores para discernir. Al pasado hay que mirar con curiosidad y respeto reflexivo. El revisionismo político y la cancelación me parecen actitudes muy peligrosas porque lo que pretenden es implantar un discurso único en la historia. Los estudios históricos siempre van a arrojar luces y sombras en todos los países, en un contexto y con la mentalidad con la que sucedieron. Espero que no se pierda esa perspectiva y espíritu crítico. Yo no soy ni de ensalzar y alabar ni de denigrar; yo soy curiosa. Es muy sencillo: con nuestra mirada de ahora, en términos de juzgar, no se salva ni el pasado de hace diez años. Hay que rebajar el ruido y volver a la reflexión.

— ¿Lejos de Luisiana pretendía paliar ese déficit o era una cuestión de nostalgia y romanticismo por revivir de alguna forma su vínculo o su experiencia en EE. UU.?

— Fue una mezcla de todo. Cuando leo y escribo, me gusta aprender. Me gusta enseñar ya que, si yo aprendo, alguien más aprenderá cuando me lea. Ese es uno de los valores de la novela histórica. El escritor de novela histórica hace como de profesor. Aprende algo, lo disuelve y lo hace atractivo en una trama de novela. El lector, por su parte, aprende y se conmueve. Es mi forma de leer y escribir.

Por otro lado, cuando empiezo a escribir un libro en el que me voy a enfocar durante cuatro o cinco años, necesito que sea sobre un tema que me atraiga mucho. Así surge un proceso de aprendizaje e incluso de diálogo con los lectores. De hecho, en Lejos de Luisiana, aparte de que yo quiero saber lo que le pasa a Suzette e Ishcate, pues también estoy aprendiendo algo de lo que no tenía ni idea. He encontrado referencias con las que podría escribir hasta siete novelas. Por lo tanto, no es que vaya buscando a ver qué es lo menos conocido en la historia. No, es un cúmulo de circunstancias.

— De hecho, la trama se vertebra a través de una historia de amor entre Suzette e Ishcate. Un contexto histórico contado a través del romanticismo, algo muy habitual en tus libros.

— Sí, pero en este caso no solo desde el romanticismo visto como una historia de amor, sino desde una actitud. De hecho, Suzette, la protagonista, está creada como una mujer, como un personaje prerromántico. Estamos en el final de la Ilustración, cuando el Romanticismo asoma por allí. Yo quería un personaje que se cuestionase sobre la libertad, la identidad, el periodo convulso que le ha tocado vivir, el caos, el conflicto, las evoluciones, la naturaleza, etcétera. Todo eso es romanticismo, no solo por la historia de amor. Hay un viaje físico y emocional de dos personajes que pertenecen a dos mundos diferentes y que tienen que luchar por un amor imposible en unas circunstancias difíciles. Uno cuando lee una novela quiere que haya personajes potentes a los que les suceda algo, no solo una historia de amor.

— En diez años como escritora ha conseguido uno de los premios más codiciados de la literatura española. El éxito de crítica y público le llegó ya con el primer libro, pero este reconocimiento debe ser un aval ¿Se le ha hecho corto o largo ese proceso?

— Después de Palmeras en la nieve me preguntaban: "¿y ahora qué?". Yo decía: "¿cómo que ahora qué? ¡Si acabo de empezar!". Parece que, una vez que has conseguido el éxito, ya no tienes que escribir nada más, pero era mi primera novela. Que una novela tenga más éxito que otras a veces no depende de ti sino del boca-oreja, del momento, de los lectores, las recomendaciones, la publicidad, etcétera. Yo voy a mi marcha: escribo la historia que yo quiero, una historia a la que le voy a dedicar años de mi vida. Escribes, publicas, promocionas un tiempo y te vuelves a encerrar. Cuando escribí la primera novela, tenía muchas historias que contar y ahora tengo todavía más. Historias no me faltan. Ha habido unos años de mucho ritmo y mucho trabajo y eso va a seguir igual, pero es cierto que recibir el Premio Planeta te da tranquilidad. Es un empujón hacia adelante, pero con el mismo ritmo. No hay diferencias. 

— ¿Qué éxito le ha dado más satisfacciones, el de la literatura o el de la política?

— La respuesta aquí es fácil. Sin duda, la literatura, que ha ido conmigo toda la vida. La política ha sido algo puntual de gestión municipal. Nunca me sentí política, solo fui gestora durante cuatro años. Eso sí, fue muy simpático ser alcaldesa de tu pueblo y es algo que me quedará para toda la vida. Fui muy feliz y fue toda una experiencia de la que aprendí, porque de todo se aprende. 

— Es momento de configurar equipos de cara a las elecciones municipales de mayo. ¿Se plantea volver a la política si se lo proponen?

— Sería un error. A mi edad, cuando he encontrado mi camino, no entendería el porqué. 

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