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Manuel Rubio (Hiru Animation): “La cuna del stop motion está en València”

2/06/2019 - 

VALÈNCIA. “Brilla el metal, todo listo, preparados para despegar / fueron días de preocupaciones / y horas perdidas luchando contra la ansiedad / Y sentado a los mandos de mi cápsula interestelar / puro nervio, taquicardia y mala onda / el sudor empaña mi visor del cristal”. En pantalla, unos astronautas ponen a punto su nave espacial. Los personajes, animados a través de la técnica stop motion, no nos son ajenos: representan a cada uno de los componentes del grupo musical Izal, autores de la melodía y letra que se intercala con una historia tejida por personajes idénticos a los integrantes de la banda. El videoclip, que vertebra visualmente la canción La increíble historia del hombre que podía volar pero no sabía cómo, está firmado por Manuel Rubio (Hiru Animation), y se ha alzado recientemente con el galardón de Mejor Animación Iberoamericana de Encargo en la segunda edición de los Premios Quirino. No nos extraña, sinceramente.

Visitamos a Rubio una calurosa tarde de la pasada semana. Su estudio, ubicado en una cuarta planta sin ascensor, es una pequeña vivienda con diferentes habitaciones que dan la bienvenida a distintos mundos. Los sets de unas y otras, nos cuenta el animador, responden a diferentes proyectos. Un croma, varios pos-it en un tablero y un sinfín de cachivaches en miniatura conforman un acogedor espacio donde la creatividad rezuma por cada rincón. Muchos de los elementos del videoclip de Izal todavía encuentran descanso en diferentes estancias. Y los icónicos personajes, desde una estantería, nos sonríen durante toda la entrevista.

Manuel Rubio lleva diez años en el sector de la animación, aunque inicialmente iba para informático. Por unos y otros motivos (especialmente, por lo que le marcó la película Pesadilla antes de Navidad), el profesional de la animación acabó dejándose seducir por esta. Hace apenas un año, decidió montar Hiru Animation, un estudio de animación, matiza, “especializado en stop motion”. Su vocación ya venía de lejos: ha participado en cortometrajes como La flor más grande del mundo de Juan Pablo Etcheverry (cortometraje nominado al Goya en 2008) u O apostolo (2012), un prestigioso proyecto de animación que, desgraciadamente, tuvo poca repercusión comercial. Uno de sus últimos proyectos ha sido Bita i Cora, serie de animación infantil coproducida por À Punt.

Respecto a los proyectos propios del estudio, Rubio confiesa que están preparando un cortometraje. Para ello, eso sí, necesitan financiación, una búsqueda que están llevando a cabo al mismo tiempo que comienzan a desarrollar el guion. Otros países europeos, también en este aspecto concreto, le llevan ventaja a España. “En Francia es mucho más fácil todo: el cine está mejor visto y valorado, y también más subvencionado. Aquí siempre tenemos esa cosa de ‘cine español’, otra barrera más aparte de la del cine de animación”, confiesa resignado. ¿Los mismos deberes pendientes de siempre? “Sí”. Pero todo sea por llevar adelante un sueño de plastilina, molde, silicona y pintura que no entiende de negativas: “Nuestra idea como estudio, al final, es hacer cosas artísticas y plásticas interesantes: contar historias”.

Foto: KIKE TABERNER

-Llevas diez años en el sector de la animación. ¿Cómo los has vivido (crisis económica de por medio)?

-Yo he tenido mucha suerte porque he ido enlazando una cosa con otra: nunca me ha faltado una producción. Incluso con la crisis, tuve la suerte de poder estar fuera de España. Ahora estamos viviendo un momento muy bonito en la animación, y especialmente en València, donde creo que está la cuna del stop motion, no solo de toda España, sino de toda Europa (e incluso me atrevería a decir más).

Todos los que empezamos a estudiar aquí, tras trabajar en producciones internacionales, hemos vuelto. Gente con un nivel de experiencia que ha permitido que ahora seamos unos cinco o seis estudios de stop motion de nueva creación con proyectos interesantes y una buena proyección para el futuro.

-¿Qué hace que València sea el ingrediente clave?

-Ahora mismo, casi todos los estudiantes y profesionales se forman en animación a través del ordenador. No obstante, el stop motion es muy artesanal: tenemos la suerte y la desgracia de estar en un mundo más pequeño donde las producciones también se concentran en estudios más pequeños.

Aquí siempre ha habido una cultura respecto a este tema, motivada por Pablo Llorens (un genio de la plastilina de València). Gracias a él, se ha ido creando un entorno en el que nos hemos formado muchas personas (yo, entre ellas) que hemos creado aquí una industria.

-¿Qué relación tiene el stop motion con el cine actual?

-Ahora mismo, solo se utiliza stop motion cuando se quiere claramente esa técnica, pues los efectos especiales se realizan ya todos por ordenador. Antes era el stop motion lo que sustituía al ordenador: era con lo que se hacían esos efectos principalmente especiales. King Kong es un ejemplo de ello. Pero, para que use ahora, o tiene que ser un producto exclusivo de stop motion o un guiño retro, quizá. Prácticamente está fuera del mercado común del cine. Lo que pasa es que el stop motion tiene una magia fotográfica (ese tac, tac, tac) que crea una sensación que no la da el ordenador. Eso es muchas veces lo que se busca.

Hacer stop motion requiere una técnica plástica, técnica y artística muy depurada, tanto para mover a los muñecos como para hacer la actuación. Es bastante complejo y precisa de muchos años de aprendizaje para hacerlo realmente bien.

Foto: KIKE TABERNER

-¿El stop motion es arte?

-Sí: es un arte fotográfico en movimiento. La propia palabra lo dice.

-Hiru Animation se ha llevado el premio a Mejor Animación Iberoamericana de Encargo en la segunda edición de los Premios Quirino por el videoclip de Izal, La Increíble Historia del Hombre Que Podía Volar Pero No Sabía Cómo. ¿Cómo llegó el proyecto y a qué retos os habéis enfrentado? 

-El proyecto llegó totalmente por sorpresa. Yo ni los conocía. Me mandaron la canción y, desde el primer momento en que la puse para escucharla, me enamoró. Supe que había llegado el momento de hacer un proyecto así. Siempre había querido hacer un vídeo musical, porque soy muy melómano, pero no había surgido la oportunidad. Lo veía difícil, además, porque había que encontrar una canción; conseguir que el artista quisiera hacer algo así… El tema de la animación es caro y largo: no se puede grabar como un cortometraje o un videoclip de ficción (que, si lo organizas bien, lo puedes realizar en un fin de semana). Aquí hablamos de cuatro meses de trabajo con mucho equipo implicado.

Estuvimos hablando, les comenté las ideas que me habían surgido al escuchar la canción, y negociamos el nivel de calidad que queríamos para el videoclip. Al final, quise ir un pasito más allá y financiar parte de este para tenerlo de buque insignia del estudio, para que se sepa el nivel y la línea que queremos llevar. Hubo una especie de comunión entre todos. Y de ahí, con las líneas marcadas y el guion, hacia delante.

-Has participado en la serie Bita i Cora, una producción con un 90% de capital valenciano con la colaboración, entre otros actores, de À Punt. Esta apuesta evidencia que la animación tiene su lugar en la televisión. Sin embargo, sigue siendo generalmente a través de producciones dirigidas a niños y niñas. ¿La animación tiene que espolsarse todavía ese adjetivo de “público infantil”?

-Sí y es un reto también personal. Quizá voy a decir una palabra que no se corresponde del todo, pero, para mí, ha habido una “esclavitud” por parte de Disney/Pixar: nos han inculcado que la animación es solo para niños o “cine familiar”. En Europa, y especialmente en España, cuando los adultos hablan de animación es para referirse solo a esto: se piensan que es todo infantil y es difícil, por tanto, que vayan al cine o vean algo diferente en la tele.

Siempre me he esforzado en participar en proyectos adultos; también en infantiles, porque pueden ser muy interesantes: todos, al final, tienen que convivir. Lo que pasa es que en Europa necesitamos seguir luchando para que la animación se convierta en un producto para distintas generaciones, que se asuma que es para todo tipo de personas.

En Japón, por ejemplo, hacen todo tipo de animación y cada persona sabe qué puede ver o qué le va a gustar por el tipo de clasificación. No hay solo una clasificación para niños. Falta industria de la animación adulta en España y me atrevería a decir que también en Europa.

Foto: KIKE TABERNER

-También participaste en la película O Apostolo (2012), una de las más ambiciosas producciones de animación hechas en España. Tras el fracaso comercial, su director, Fernando Cortizo, apostilló: “En España no haré una película nunca más. He perdido tres años de mi vida para nada, y se ha malgastado del esfuerzo de mucha gente”. Independientemente de los problemas de distribución y el presunto saboteo que sufrió el film, ¿es la animación una disciplina maltratada en España?

-Creo que no fue la animación la maltratada: fue la industria del cine la que lo hizo. Era un proyecto alternativo que, creo, tuvo muchos impedimentos por las fuerzas comerciales que tiene el cine. Fernando intentó hacer un proyecto alternativo sin meterse en la industria y, en mi opinión, fue vapuleado para que la película no tuviera la trayectoria que a lo mejor debería haber tenido.

Es cierto que hay un buen circuito de festivales donde puedes ver cine de animación; además, se le suele premiar y valorar bastante bien. Pero el negocio se contempla para que solo existan las películas de Disney. Si no haces algo así no tienes salida en las salas comerciales porque las familias, o la gente en general, no está familiarizada con algo que no sean esos dibujos de Disney y ese aspecto infantil. Sacar adelante una película como esta a nivel comercial y económico es difícil.

-La factoría Disney está realizando multitud de remakes de viejas películas muy conocidas (La bella y la bestia, El libro de la selva, ahora Aladdín). ¿Explotar la nostalgia en lugar de contar nuevas historias no denota una falta de voluntad creativa?

-La animación es infinita y especialmente creativa. Solo hay que ir a festivales y ver cortometrajes y largometrajes para darse cuenta del potencial que realmente existe.

Por eso, y retomo otra vez lo de antes, parece que hemos estado condenados a seguir a Disney sin saber que existen otras cosas. Es una cuestión comercial: los cines se han convertido en grandes salas comerciales potenciadas por las distribuidoras. Si no haces una película del estilo que quieren resulta todo muy complicado. Pero, en realidad, hay grandes producciones muy interesantes. Hemos perdido muchos años de gran cine de animación por esta condena Disney/Pixar.

-En las últimas décadas hemos asistido a varios intentos de premiar con el Oscar a Mejor Película (sin adjetivos) a películas de animación como Up (en 2009) o Toy Story 3 (en 2010). ¿Llegará el día en que las producciones animadas puedan competir realmente por este galardón? 

-Sí. Siempre lo hemos hablado en la industria de la animación: el hecho de que se cierre solo a una categoría cuando una película de animación, realmente, abarca veinte a la vez (aunque, eso sí, dependiendo del tipo de película). No sé el tipo de criterio que se sigue para encerrar a la animación en solo un tipo de categoría. Posiblemente costará romper con ello, pero tendrá que llegar alguna producción que sirva para desbordar y conseguir que se “abra”. Sin embargo, será difícil porque partimos de unos premios ya centenarios y con una tradición muy asentada.

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