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Cuando la muerte se convierte en placer

Matar ostras con la boca

Cuando yo era pequeña, el mundo era mucho más animado, los objetos tenían vida propia y la prosopopeya campaba a sus anchas

Por | 10/05/2019 | 3 min, 46 seg

Las muñecas podían ofenderse si no les hacías el caso suficiente, la comida te hablaba desde el plato, las zanahorias baby gritaban, no me comas, no me comas, soy menor, las croquetas se jugaban el turno a los dados para pasar por la trituradora de dientes. Por no hablar de los conejos despellejados sobre el mostrador que contaban historias de un frío tan negro que helaba las sonrisas.

A medida que uno crece, las cosas se van muriendo, los objetos se cansan y se aquietan, la comida se vuelve inanimada y enmudece.

Y llegas a hacer cosas que nunca imaginaste hacer, como comer ostras. Ostras vivas sin ni siquiera oírlas chillar en tu boca al masticarlas, sin oírlas protestar, ni tan sólo exhalar el último suspiro. Que tu propia boca se convierta en un altar de sacrificio, el lugar donde se produce la muerte no deja de ser extraño si lo piensas.

A menudo me pregunto qué actos estaremos llevando a cabo hoy día con absoluta normalidad y que nos parecerán aberrantes dentro de un par de siglos, o tan solo 50 años. Como hoy nos lo parece que una mujer tuviera que pedir permiso a su marido para abrir una cuenta bancaria, o que los leones devoraran en directo a los reos mientras el público jaleaba, o que se quemara vivo al que sostenía que es la tierra la que gira alrededor el sol. En un futuro no muy lejano, ¿qué nos hará llevarnos las manos a la cabeza, horrorizados?

Woody Allen dijo: “Nunca comeré ostras. Quiero mi comida muerta, no enferma, ni herida. Muerta”.

A mí me encantan las ostras, me apasionan las ostras, me vuelven loca. Si no lo pienso mucho, claro, si eludo la prosopopeya, la infancia, y el acto de morir y matar en un solo bocado.

Que estamos compuestos de moda cultural en un ochenta por ciento es un hecho, aunque sepamos que lo importante es justamente el restante veinte por cien.

Lo complicado es distinguir el minuendo del sustraendo, y lo que hoy situamos en el top de la aberración, el canibalismo, en otras épocas o culturas fue considerado normal.

En el placer de masticar una ostra hay algo cruel y a la vez sublime

Los nativos de los tiempos de Hernán Cortés por ejemplo solían llevar sal a las batallas para aderezar a los enemigos muertos, y así conservar mejor su carne para luego repartirla entre sus familiares.

También entre la aristocracia azteca se practicaba habitualmente el canibalismo en actos religiosos.

Los guaraníes por su parte creían que zampándose a sus congéneres accederían a lo que ellos llamaban la tierra sin mal, un nivel de existencia superior exento de dolor y de muerte. Eso sí, no se comían a cualquiera, sólo a los mejores.

Pero no solo en nuestra especie, también entre los peces, las aves, los mamíferos se lleva eso de devorarse entre ellos. Hay arañas hembra que, tras la relación sexual, ingieren al macho como resopón.

Sin ánimo de dar ideas, estoy segura de que muchos encuentran salvaje que nos comamos las ostras vivas, ostras francesas, asiáticas, españolas, portuguesas, minerales, afrutadas, cóncavas, planas, deliciosas todas.

Que andemos fascinados por ese truco de magia espectacular, el paso de la vida a la muerte, tachán, que se produce en nuestra boca.

Seguramente por esta raquítica cultura de muerte de nuestra sociedad, que vive de espaldas a ella, que hace que nuestros niños observen hipnotizados la muerte de una hormiga aplastada por un dedo, un misterio tan grande y universal al alcance de su mano.

Tengo una alumna del taller que se enfrenta a la posibilidad de la nada y ha escrito un relato irónico y vitalista, un relato maravilloso titulado No hay mañana. Y cada semana nos obliga a mirar a la muerte a los ojos. Y cada semana la miramos a ella y la queremos un poco más.

Tal vez por eso, el domingo en el aperitivo, pensé que en el placer de masticar una ostra hay algo cruel y a la vez sublime, alguna verdad. Y también el mar, que son todas las verdades juntas.


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