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'Men': el provocador relato de Alex Garland sobre la toxicidad masculina

22/07/2022 - 

VALÈNCIA. Desde su debut con Ex Machina (2014), Alex Garland se ha convertido en uno de los grandes renovadores de la ciencia ficción contemporánea. No importa que algunas de sus propuestas sean fallidas: siempre encontraremos paisajes, imágenes de una enorme sugerencia y explosión creativa, planteamientos que arriesgan y nos obligan a mirar más allá de lo vemos, erigiéndose en metáforas oscuras de las ansiedades del ser humano de nuestro tiempo. 

Después de ese gran tratado sobre el vacío y la pérdida que fue la serie Devs, ahora apuesta por un relato de naturaleza, en apariencia, mucho más minimalista y esencial, casi a modo de cuento, para hablar del trauma y la toxicidad masculina. La protagonista es Harper (Jessie Buckley), una joven que carga con el peso de la culpa después de que su marido se haya suicidado. Para pasar el duelo, buscará el aislamiento en la campiña inglesa, en una casa apartada del mundanal ruido donde poder recuperarse. Todo parece perfecto, pero lo cierto es que desde su llegada comenzarán a observarse algunos signos de incomodidad a través de algunos comentarios que le hará el dueño de la propiedad, Geoffrey (Rory Kinnear) mientras le enseña las adorables estancias. Comentarios machistas camuflados de torpeza. Así empieza todo. Después vendrá la intimidación, el miedo, el maltrato psicológico y el físico. El director solapa el pasado de la protagonista y su convulsa relación con su marido, James (Paapa Essiedu) a través de unas escenas en las que se pone de manifiesto de qué manera su comportamiento pasivo agresivo deja paso a las amenazas y finalmente a la violencia. 

En realidad, todo lo que le ocurra a Harper en esa escapada que se convertirá en pesadilla, corresponde a las fases (comprimidas) de una relación que termina en violencia machista. También podría interpretarse como las diferentes formas de acoso a las que está expuesta la mujer a lo largo de su vida. Así, el odio se irá colando por las esquinas en todas sus formas, como una amenaza latente. 

En Men, todos los hombres son el mismo (todos están interpretados por el mismo actor en diferentes papeles, un párroco creepy, un exhibicionista demente, un policía acosador y el impredecible Geoffrey), como si provinieran de un mismo germen, lo que dota a la película de reminiscencias bíblicas (la manzana de Eva), filosóficas y literarias, con referencias a los mitos y los héroes griegos, de Ulises a Agamenón, que fue capaz de matar a su propia hija para conseguir el favor de los dioses. También encontramos símbolos paganos, el Sheela na Gig, tallas figurativas en roca que muestran a mujeres con vulvas desproporcionadas utilizadas para representar la lujuria femenina, su corrupción y pecado. 

Garland siempre ha sido un experto a la hora de cocinar sus relatos a fuego lento y en crear atmósferas hipnóticas y absorbentes. Aquí nos va sumergiendo poco a poco en el género fantástico a través del punto de vista de la protagonista hasta adentrarnos en el terreno alucinatorio que nos lleva al miedo atávico y ancestral, el del hombre como monstruo que ejerce su naturaleza inhumana y grotesca frente al género femenino como un engendro aberrante. Quizás por esa razón, el clímax de Men nos enfrenta a sucesivas escenas de body horror de un enorme impacto visual. El director juega con estas imágenes explícitas y también con momentos de gran sugerencia, como el que trastoca la estabilidad de Harper en el interior de un túnel. La planificación de esta escena es brillante, la forma en la que la protagonista se acerca al agujero, que se ve desde dentro y desde fuera a través de un juego de planos, y los ecos que comienza a crear en su interior, que se convertirán en la textura sonora del filme. El túnel será uno de los símbolos relacionados con la iconografía del nacimiento que se colarán de manera subliminal hasta el estallido de ‘nueva carne’ final. 

Men es sin duda la película más provocadora de Alex Garland, la más visceral y rotunda. Su mezcla entre folk horror y surrealismo bizarro resulta explosiva, así como su capacidad para introducirnos en un estado mental desde las primeras imágenes al son de la reveladora canción de Lesley Duncan, ‘Love Song’. Es un viaje perverso a las raíces oscuras del patriarcado, que explora la ambigüedad de la psique, que se interna por caminos sinuosos, que se atreve a romper con las expectativas y apostar por deformación de los estereotipos para transfigurarlos de una forma que jamás hubiéramos esperado ver. 

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