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Miguel Bernardeau: «La comodidad es muy mala»

Ha sido el pijo de la serie Élite y es el hijo en la vida real de Ana Duato, pero no sólo. El actor valenciano encadena estrenos en Netflix, HBO y cines, con personajes muy diferentes, demostrando versatilidad e inconformismo

18/11/2021 - 

VALÈNCIA.- La fama a corta edad es una ola impetuosa que provoca no pocas zozobras, amplificadas al máximo fragor a través de las redes sociales. Pero Miguel Bernardeau (València, 1996) sabe de equilibrios mentales y físicos desde su cuna mediterránea. Tanto por la proyección de la figura de su madre, Ana Duato, de la que viene siendo testigo desde el estreno de Cuéntame en 2001 —esto es, cuando solo contaba cuatro años—, como por su práctica precoz del surf, que le ha moldeado una mente desprejuiciada, humilde y curiosa. Esa condición anfibia, con los pies anclados tanto a la tierra como al agua, le ha servido para mantenerse firme frente a las embestidas en lo personal y lo profesional provocadas por el éxito mundial de la serie Élite y su mediático noviazgo con la cantante Aitana.

Tras cuatro temporadas en la producción de Netflix, el actor acaba de graduarse en el instituto ficticio de Las encinas en pos de nuevos proyectos que lo alejan del personaje de pijo redomado y redimido. A finales de octubre estrenó en HBO la serie de Abril Zamora Todo lo otro, sobre adolescencias tardías, sexo fortuito y trabajos basura, y el 5 de noviembre, el debut en el largometraje del alicantino Javier Marco Josefina. En esta película pequeña e intimista, Bernardeau da vida al hijo preso del personaje de Emma Suárez. Toda una paradoja para alguien que rehúye los encasillamientos en su oficio y frecuenta la naturaleza sin adulterar en la vida. De las rejas en sentido figurado nos habló en el pasado Festival de San Sebastián.

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— Los viajes en el autobús de línea son una parte fundamental en la trama de Josefina. ¿Todavía eres capaz de viajar en transporte público?

— Sigo yendo en autobús y en metro, porque me encanta y es muy rápido desde donde vivo, pero estoy experimentando la condena del actor, que es no poder observar sin ser observado. El hecho de no poder salir a la calle y mirar el mundo como lo hacías es una maldición para mi profesión, porque ya no te resulta tan fácil inspirarte en la realidad. Te quita lo mejor de este trabajo, que es coger las esencias, fijarte en las pequeñas cosas que, probablemente, te han llevado donde estás. Fíjate, qué contradicción, aquello que te ayudó a hacer un buen trabajo como actor, lo pierdes al hacerte conocido. 

* Lea el artículo íntegramente en el número 85 (noviembre 2021) de la revista Plaza

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