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grand place / OPINIÓN

Morir atado a una lata de coca cola

6/06/2017 - 

Lo han vuelto a hacer. Londres ha sufrido un nuevo ataque terrorista, el tercero en 10 semanas, y ésta vez lo han hecho en plena campaña electoral. Lo han hecho la noche en que ejército y policía se armaban hasta los dientes en Cardiff, ciudad del sur de Gales, donde Juventus y Real Madrid jugaban la final de la Champions —vaya, ya he caído, ya he hablado de fútbol…—. Pero no, no fue allí, donde se les esperaba. Fue en el puente más emblemático de su capital, en el puente de Londres, lleno de turistas que iban y venían, donde se ha repetido la tragedia.

Una furgoneta se abalanzó sobre los viandantes que circulaban por la zona peatonal y, tras atropellar a unos cuantos, siguió su camino hacia el mercado de Borough, donde sus tres ocupantes bajaron del vehículo apuñalando indiscriminadamente a quien se cruzaba en su camino. Llevaban atadas latas de refresco vacías alrededor de su tórax simulando explosivos. No podía ser más patético. Morir atado a una lata de coca cola. Porque eso es lo que les ocurrió ocho minutos después. Para entonces, habían matado a siete personas y herido de gravedad a otras 21. 

Khuram era un joven londinense, fan del Arsenal, que vestía la camiseta de su equipo cuando murió en el ataque terrorista del pasado sábado. Sus padres emigraron desde un pueblo del Punjab paquistaní al Reino Unido, donde esta comunidad extranjera es de las más numerosas. Pero también era un fan del grupo Islamista al-Muhajiroun. Se reunía en Regent Garden, un parque de Londres, a rezar los domingos por la mañana. Y a prepararse para la Yihad. Un bobby —típico policía londinense— les paró un día hace un año y les conminó a irse a casa. No les arrestó. Con el grupo estaba también ese día Khuram, con su luenga barba y la chilaba, vestido al estilo oriental. El sábado murió junto a los otros dos terroristas que le acompañaban en su particular Yihad.

¿En qué punto de sus 27 años, este joven paquistaní decidió que el país en el que sus padres pudieron tener una vida y criar a sus hijos era el enemigo? ¿En qué momento su mente hizo crack y cambió el chip del fan del Arsenal al de fan de ISIS? ¿Qué es lo que estamos haciendo mal? ¿Y por qué nos tenemos que culpabilizar en Occidente?

La respuesta está tal vez en los doce detenidos tras el ataque del puente de Londres. La policía está peinando los barrios ya conocidos de extremistas islamistas en la capital. Extremistas conocidos por el MI5, el servicio de inteligencia británico, y que nunca fueron arrestados, pese a tener noticia de ellos, de sus actividades y de su radicalización, y de que adoctrinaban a los niños de sus vecinos. 

Entre los arrestados hay cinco hombres y siete mujeres. Y ésta es la macabra cifra, tanto como la de los muertos por el ataque terrorista del sábado, la que alarma sobremanera. ¿Cómo una guerra que utiliza a la mujer como esclava sexual; cómo una cultura que le arrebata sus derechos de igual al hombre; cómo una religión que impone leyes discriminatorias sobre la mujer; cómo un pensamiento como éste puede tener entre sus adeptos a una mujer, a una sola?

Theresa May ha hablado en nombre de su Gobierno y de su país. En su mensaje, se ha impuesto el sentido común sobre la barbarie que pide el corazón: “Debemos convencer a los pueblos de que los valores occidentales son mejores”. Y aquí radica la grandeza de la primera democracia moderna en Europa, y de la Unión Europea en particular, el territorio más amplio en el mundo donde se respetan los derechos y las libertades de todos por igual. Y donde no debería caber ningún tipo de ideología que intente imponer o adoctrinar en otro sentido. Es por ello que May apela también a “reducir la tolerancia de la sociedad con el extremismo”. Esperemos que no sea tarde y que ello se aprenda en la escuela.

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