Danceteria, el club de los 80 que está en boca de todos gracias a Madonna

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VALÈNCIA. Parece haber consenso: el regreso de Madonna está a la altura de lo prometido. Ya podemos dormir tranquilos. Y que conste que esto lo digo sin ironía apenas. Que una señora como Madonna consiga ser artísticamente relevante (las giras dan relevancia comercial, pero hacer discos que dejen hoy algún poso cultural ya es otra cuestión) es bueno para todos. Para ella y para los que tenemos más o menos su edad. Da igual cuánto te guste su música, da igual tu orientación sexual. No hace falta ser drag queen para estar un poquito enamorado de Madonna. Reconozco que Confessions II no me dice tanto como lo hizo el Confessions I, y de eso tenemos la culpa los dos. La parte que le corresponde a ella es que el primero estaba repletito de canciones infalibles, mientras que su secuela, es como esas películas de 180 minutos que bien podrían caber en 110. La parte de culpa mía: que esto lo dice un señor que ya ni se acuerda cómo era una pista de baile y que, salvo que no haya más remedio, prefiere que le cuenten lo que le tengan que contar con las palabras, las páginas o los minutos justos. Ojalá tuviera más tiempo por delante, en mi día a día y en general.

El corto que precedió al disco ya era artillería pesada, de ahí las expectativas. Madonna reivindicando uno de sus espacios naturales, la pista de baile, que es exactamente de donde viene ella. La propia artista lo dice nada más comenzar el disco, “la gente cree que la música de baile es superficial y se equivocan... La pista de baile es un espacio donde se celebra un ritual donde los movimientos del cuerpo sustituyen al lenguaje hablado”. El baile es liberación, o sea,  también es sexo. La parte de la película dedicada al tema Danceteria no deja lugar a dudas. El escenario, un cuarto de baño gigantesco y unisex donde cualquier cosa es posible (entre otras cosas porque todo está como los chorros del oro de limpio), donde una artista que está a punto de cumplir los 67 se reivindica a sí misma tanto como objeto de deseo como sujeto deseante. Madonna les toca el culo a los chicos de los urinarios y se encierra con uno en la cabina de un inodoro para hacer de todo menos caca. Esa es la Madonna de siempre, la Madonna revolucionaria, la de Like A Virgin, Like A Paryer y Justify My Love, y por supuesto de Hang Up. A su alrededor un batallón de bailarines se contonea mientras una serie de amigos colaboradores se apunta a la fiesta. Benedict Cumberbatch bailando descamisado, Kate Moss que aquí es como la hermana pequeña de la protagonista, la sublime Gwendoline Christie, o  Debi Mazar, que sabe mejor que nadie de qué trata Danceteria porque ella vivió los días dorados de aquel club.

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Danceteria fue uno de los últimos locales mágicos del Nueva York de principios de los ochenta. La magia se esfumó a medida que el sida hacía estragos y que todo aquello que un día fue nuevo y extraño fue siendo asimilado por los gustos mayoritarios. Aunque a ella se le puede aplicar más el adjetivo de nueva que el de extraña, ahí están las raíces de Madonna, y eso es lo que celebra a todo trapo en Danceteria. Esas raíces se remontan al underground canónico de las calles bohemias de Nueva York. Emmy & The Emmys, el grupo en el que empezó como cantante, fue una de las últimas bandas que actuó, antes de que cerrara sus puertas en 1981, en el Max’s Kansas City, el local nocturno que definió las noches neoyorquinas de los sesenta, cuando aún no existían ni danceterias ni nada parecido. El Max’s fue el sitio donde Lou Reed se despidió de Velvet Underground (por cierto, Danceteria hace un pequeño homenaje a Walk On The Wild Side) y donde Patti Smith dio sus primeros recitales acompañada de una banda. Hace unos años entrevisté al responsable de la programación de la sala, Peter Crowley y me contó entre risas, que Madonna también llegó a actuar en solitario en el Max’s pero que él jamás le vio mucho futuro a lo que hacía. Así son las cosas.

Nueva York empezó a darle mucha importancia a los clubes a partir de 1980, y ese fue el contexto en el que Madonna dio sus primeros pasos hacia la fama. Aunque las redes sociales ya lo han explicado unas mil veces en los últimos días, Danceteria era un local donde todo estaba mezclado, los disc jockeys y los artistas plásticos, las diseñadoras de moda y las actrices emergentes, los cineastas underground y los creadores de video arte, los músicos y los poetas, lo experimental y lo comercial.  En la letra de su canción, Madonna menciona a la artista, diseñadora y fotógrafa Maripol, pareja del también fotógrafo Edo Bertoglio. Él hizo, entre otras cosas, la portada de Parallel Lines de Blondie, además de una película protagonizada por Basquiat, Downtown 81, que no pudo estrenarse hasta principios de los dos mil. Maripol, también fotografió a decenas de aquellos personajes multidisciplinares que por las noches acababan encontrándose en los mismos clubs. Y diseñó algunos de los atuendos que Madonna lució en sus primeros tiempos, incluida la lencería de Like A Virgin

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En la letra de Danceteria, Madonna también menciona  al trío de artistas plásticos de moda en aquel entonces: Basquiat, Keith Haring y Kenny Scharf, el único superviviente de aquel trío de estrellas. Por aquel entonces, los tres estaban representados por el galerista del momento, Tony Shafrazi, que también es mencionado en la letra. Otro nombre que deja caer es el de Fab 5 Freddy, uno de los pioneros del rap y el grafiti. La primera en mencionarlo en la letra de una canción fue Debbie Harry cuando estaba en Blondie. Fue en Rapture , la primera canción de rock mezclada con el naciente estilo del rap. En el vídeo aparecía Basquiat ejerciendo como dj. Por cierto, Debbie Harry y Madonna nunca tuvieron buena conexión. Sin la primera, la segunda no lo habría tenido tan fácil. Harry –que acaba de cumplir 80 años- fue la primera cantante pop que reivindicó su atractivo sexual y su derecho a ser sexualmente atractiva como icono. También fue de las primeras personas que creyó en Basquiat y le compró un cuadro. 

Aunque el huracán Madonna parece haberlo eclipsado, hace poco salió otra canción titulada Danceteria. Es también el título del próximo y póstumo disco de Soft Cell. En ella, Marc Almond habla del club que conoció durante los viajes que el dúo realizó a Nueva York a principios de los ochenta, cuando estaba en plena cúspide de su éxito. Almond siempre ha hablado de aquella experiencia como un punto de inflexión vital. El descubrimiento del éxtasis, los encuentros con famosos como Warhol y Divine. El sencillo se publicó hace unas semanas y el álbum llega a finales de septiembre. Nos queda Danceteria para rato.

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