VALÈNCIA. Si naciste hace más de cuarenta años, es probable que te sientas como un náufrago intentando mantenerte a flote en un mundo que no está evolucionando como esperabas. En su nuevo disco, la grabación de un directo realizado junto al grupo neoyorquino de jazz Sex Mob (quien no los conozca y sienta curiosidad puede empezar por su versión de Macarena), Laurie Anderson ofrece algunas pistas para seguir flotando y no dejarse arrastrar por la corriente del pesimismo. Lo hace cantando y contando historias sin música porque la oralidad es tan importante en su trabajo como los ordenadores o las imágenes. En Story To No One habla de cómo podría llegar un momento en que no quede nadie a quien contarle nuestra historia como especie. Nadie quiere oír sobre estos temas, dice, ella tampoco. Cuando se entristece por causa de estos asuntos, piensa en qué actitud tomarían algunos de sus héroes. Philip Glass, ¿qué diría? Interpreta música, diría. ¿Y John Cage? Escucha, diría Cage. ¿Y Gandhi, qué haría? Gandhi resistiría. Por último, Anderson se pregunta cuál sería la respuesta de James Brown. Levantarse, levantarse y ponerse en marcha, eso es lo que haría el padrino del soul.
El nuevo disco de Laurie Anderson se titula Let X=X y recoge viejas canciones que en absoluto lo son porque cuando se compusieron y registraron anticipaban algo que durante todo este tiempo ha ido definiendo nuestro presente. Además, suenan distintas a las originales gracias al acompañamiento de Sex Mob. Es probable que ahora, tanto quienes las escucharon en su día como quienes no lo hicieron, estén estupefactos contemplando lo que estamos haciéndole a nuestro propio mundo. Let X=X es un buen manual para intentar procesar parte de esa información. Las letras y los comentarios, todos en lengua inglesa, están disponibles en las plataformas de streaming y webs. Traducirlas con cierta fidelidad no es complicado gracias a la tecnología. Pero tenemos tantas cosas que hacer que lo complicado, si no es primordial, va quedando relegado y relegado y relegado. Este artículo está creado a partir de esas historias –las del disco, la de la propia artista- pensando que tal vez ayude al lector a dirigirse hacia ellas.
Desde sus inicios profesionales, allá a mediados de los setenta, Anderson (nacida en Glen Ellyn, Illinois, en 1947) fue una narradora que se valió de la tecnología para amplificar sus relatos. Más que canciones, escribe conversaciones, pronunciadas la mayor parte del tiempo con voz inexpresiva, acompañándose de instrumentos que, en ocasiones, ha inventado ella misma. El epicentro de las reflexiones de sus primeros discos estaba localizado en Estados Unidos y en los desequilibrios sociales y emocionales que provocaban la distorsión del lenguaje y la información, la entonces creciente presencia de la tecnología en nuestro día a día. O Superman, el tema que la hizo popular en 1981, cuestionaba ya algunos de esos hechos. La nación como una madre mortífera para las criaturas de otras naciones. La tecnología como fuerza controladora de nuestras vidas. No existían portátiles, ni móviles, ni internet, ni redes sociales cuando la canción fue grabada. Anderson es la antropóloga que en su nuevo disco se pregunta ante el público: “De acuerdo, quiero hacer que América sea grande de nuevo. Pero, ¿grande para quién? ¿Para ti y tus amigos?”. Entonces reflexiona sobre quién se encarga de evaluar las pruebas que internet nos pide que completemos para saber si somos humanos o robots. Son los robots quienes lo juzgan: “Es el lenguaje del futuro intermitente, y es digital”.
Let X=X incluye otras canciones viejas como From The Air (desde el aire), que abría su primer álbum, Big Science (1982). Escucharla entonces resultaba ya perturbador: la voz de un comandante de vuelo se dirige al pasaje para pedirles calma mientras anuncia que el avión se va a estrellar. En el mismo disco y en la letra de O Superman, otros aviones eran descritos como “aviones americanos, hechos en América”. Aviones como los que fueron secuestrados el 11-S y obligados a estrellarse contra las Torres Gemelas. La canción Let X=X, (deja que x = X) que también data de 1982, hablaba del futuro visto desde una computadora dependientes de la tecnología desde que esta apareció. Nos entregamos a ella a cambio de simplificar nuestra existencia, delegando en ella nuestras ideas y emociones. “Ya sabéis cómo es el pasado –anuncia Anderson al principio del disco-, le acompañan siempre un montón de remordimientos. Pero como dijo el gran Willie Nelson, “si no tuviésemos remordimientos no tendríamos tanta música. Willie Nelson también dijo que el noventa por ciento de las personas de este mundo acaba con la persona equivocada. Y es precisamente eso lo que hace que el tocadiscos siga girando”.
Grabada en 2010 y presente también en este disco en directo, Only An Expert (solamente un experto), satirizaba acerca de cómo habíamos puesto en manos de supuestos expertos la solución a una serie de problemas, algunos de ellos generados por esos mismos expertos. No hay nada mejor para hallar una solución que inventar un problema, eso lo saben muy bien, por citar un ejemplo, la extrema derecha y las empresas de seguridad. La canción fue concebida cuando las soluciones se acabaron con la llegada de la crisis económica de 2008, cuando los expertos negaron su existencia hasta que no hubo más remedio que admitirla. Los expertos que en 2010 negaban la llegada del calentamiento global siguen negándolo, aunque el Mediterráneo esté a la misma temperatura que un caldo de cocido. Porque sin un experto dice que algo no es un problema, entonces no lo es. Pero si un experto se empeña en que algo sí es un problema, entonces sí lo es. Hoy, con las redes sociales pobladas por expertos que saben de todo –de geopolítica, de salud mental, de feminismo, de Historia de la música pop-, Only An Expert parece recién escrita.
Otra de las historias de Let X=X que iluminan es la de Swimming (nadar), que sirve de colofón al instrumental The Lake (el lago). En su infancia, la artista vivía con su familia cerca de un lago. Y una noche de invierno, con el lago helado, salió con sus dos hermanos pequeños en trineo. Quiso enseñarles la luna llena y se posaron sobre el agua hecha hielo. El hielo se quebró y el trineo se hundió en la oscuridad del agua. Ella se zambulló de inmediato y buceó hasta rescatar a los niños. Luego volvió a casa con ellos en brazos, gritando. Pensó que cuando su madre escuchara lo ocurrido le echaría una bronca tremenda. Pero su madre dijo: “No sabía que eras tan buena nadadora”. “Esa fue –dice Anderson al final del relato- la primera vez que me di cuenta de cómo unas pocas palabras pueden cambiar toda tu vida”. Palabras que cambien nuestras vidas. Están en los libros, en los guiones de las películas y las series, en las conversaciones que mantenemos. En los discos de Laurie Anderson. Ella cita también al maestro de meditación budista Mingyur Rinpoche, que animaba a practicar cómo sentir tristeza sin estar realmente triste. Es decir, a ejercitar la empatía y tener conciencia de lo que nos rodea. Hay muchas cosas tristes en este mundo -dice Anderson que escribió el maestro- y si pretendes ignorarlas es que eres un idiota. Pero es muy importante ni entristecerse uno mismo. Y recordar siempre que el motivo por el que estamos aquí es para pasarlo lo mejor posible”.

- -
- Foto: STUDIO HARCOURT