Música y ópera

CRÓNICA DE CONCIERTO

Suede toma al público como "segundo cantante" en el Roig Arena

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VALÈNCIA. Cuando un grupo de música lleva más de tres décadas de música a su espalda y unos cuantos éxitos, ¿qué hace que haya grupos que se mantengan como zombis, haciendo giras decepcionantes, y otros sigan sonando en el presente? El concierto de anoche de Suede en el Auditorio Roig Arena puede servir para pensar sobre ello.

Concretando la pregunta, ¿cómo se diferencia la nostalgia del legado? Primero, entiendo que siempre hay un poco de las dos cosas; pero sobre todo, viendo la vida que siguen teniendo sus canciones, y la implicación del grupo por mantenerlas así. 

Suede no hizo un esfuerzo ayer por hacer ver al público que había sacado un nuevo disco, pero desplegó con excelencia hasta cuatro canciones de su disco debut, Coming Up, que de ninguna manera sonaron desempolvadas. Todo lo contrario, los ritmos que en su día sonaban futuros se confirmaron: su razón de ser ha perdurado hasta el presente. Y Anderson, con la ayuda del público, las mantiene latiendo.

El grupo británico volvió a cumplir con las expectativas y abarrotó la sala con todas las entradas vendidas. A las 21 clavadas, Brett Anderson y los suyos salieron al escenario con una primera parte en la que extendieron a las canciones de sus primeros discos la propuesta de sus últimos años por acentuar la oscuridad de su repertorio.

Todo era negro, a excepción de la camisa blanca del frontman, que enseguida demostró oficio sin parar de recorrer el escenario como si fuera una aspiradora automática. Anderson es carismático sin parecer extraño ni lejano; es uno más de la fiesta y eso se contagia rápido.

Por eso el leitmotiv de la velada fue hacer cantar al público, al que incluso el cantante les puso la responsabilidad de ser “the second singer” (“el segundo cantante”). Si el público de Suede es mayoritariamente el que les conoció en los 90, las generaciones posteriores se lo pierden; pero en ese marco generacional, la conversación entre el cantante que solo habla y canta en inglés y el supuesto coro no es tan fluido como debería.

Para corregir eso, Anderson se volcó en los woo-hoo y en estribillos sencillos que bañan canciones como Stay Together o I Can’t Get Enough —ya llegarán los himnos.

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La implicación que pide Anderson para el concierto hizo que el grupo orillara las canciones que supuestamente presentaban, las de su flamante disco, Antidepressants, en el que apuesta más por versar que por generar canciones con coros. Una propuesta muy buena, que demuestra que el grupo sigue muy vivo, pero del que apenas mostró dos canciones, June Rain y el cierre Dancing With The Europeans.

La segunda parte fue saltando entre discos y tonos, combinando canciones solo con piano y voz (Heroin) o guitarra y voz (The Wild Ones) con el arreón final, que encadenó So Young, Metal Mickey y Beautiful Ones.

So Young, uno de sus himnos, resiste el tiempo y las reproducciones. Por muy escuchada que esté, en voz de Brett Anderson, música de su banda y colaboración del público, no parece haber perdido fuerza. Todo lo contrario, fue uno de los momentos más emocionantes de la velada.

El resto de la banda, por su parte, hizo solventemente y dejó hacer a su frontman. No hubo apenas movimiento, ni guiños, ni implicación mayor. Y ese fue el recuerdo constante de que llevan 30 años a sus espaldas: solvencia, pero cierto automatismo.

Conforme avanzó el concierto, la propuesta estética de Antidepressants se acabó diluyendo para hacer más luminosa la velada. Las luces de los móviles grabando en horizontal también hizo la sala más destellante. Suede no es un one-hit-wonder y tiene mucho que cantar y contar. Es lo que hacen sentir de manera latente cuando revisan su repertorio, pero tal vez les falte acabar de demostrarlo dándole agencia a las nuevas canciones que se sostienen por sí mismas.

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