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entrevista con el bailarín valenciano 

Nacho Duato: «Me retiraré en València para morirme debajo de un naranjo»

| 24/02/2022 | 18 min, 28 seg

VALÈNCIA.- Nacho Duato se fue de València a los dieciséis años siguiendo su intuición y su pasión: bailar se le daba bien y quería llegar lejos. Tenía que intentarlo. Al despedirse de su ciudad natal —y, por extensión, también de España—, soltó lastre. Y es que, Duato ha relatado en diversas ocasiones cómo su condición de niño «con maneras» y bailarín atormentaba a su padre, y le convirtió a lo largo de su infancia en un blanco para los abusones del colegio. 

Como bien sabemos, su carrera despegó como un cohete. Se formó en la Rambert School de Londres y amplió estudios, primero en la Mudra School de Bruselas, bajo las órdenes de Maurice Béjart, y después en la American Dance Center de Nueva York junto a Alvin Ailey, otro coreógrafo legendario.  

Su talento sobresalió pronto, incluso entre la élite de la danza. Debutó como bailarín profesional en 1980 en el Cullberg Ballet de Estocolmo y montó su primera coreografía en el Nederlands Dans Theatre a una edad insólita, veintitrés años. El coreógrafo holandés Jiri Kylián apostó por su talento desde el primer momento. Eran los comienzos de una trayectoria que ha ido enlazando éxitos y reconocimientos a lo largo de más de cuatro décadas. Duato es, en suma, uno de los bailarines y coreógrafos españoles con mayor proyección internacional de la historia. 

Actualmente vive a caballo entre San Petersburgo y Madrid pues en 2011 empezó a dirigir el prestigioso ballet del Teatro Mijáilovski y, tras un hiato de cuatro años en los que asumió la dirección del Ballet Estatal de Berlín, en 2019 regresó a Rusia, cuna del ballet clásico. 

La danza es una de las profesiones más sacrificadas que existen; no solo llevan el cuerpo al límite sino que exigen un estilo de vida nómada y grandes dosis de soledad. Al menos ese fue el caso de Nacho Duato, entregado desde una edad muy temprana a la doble tarea de dar el callo como primer bailarín y crear coreografías. Mientras otros compañeros peregrinaban por discotecas, él se quedaba en casa. Así se fue cimentando una personalidad solitaria y desapegada de las personas y los lugares.  

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A lo largo de los años, el recuerdo de València se achicó inevitablemente ante la grandiosidad de los retos que la vida le iba poniendo por delante. Solo recientemente sintió el deseo de reencontrarse con su ciudad natal. Nacho Duato recibe a Plaza en la casa que adquirió hace dos años en el barrio del Carmen. Su amplio y elegante piso de Madrid, que conocemos a través de las revistas, está situado cerca de la plaza del Sol, en un edificio señorial de 1907. Su nuevo refugio en València se encuentra en el ático de un palacete rehabilitado que perteneció en su día al hijo del marqués de Dos Aguas. 

Es un espacio acogedor, distribuido en dos alturas y abierto al exterior por una amplia terraza presidida por un gran mural de estilo abstracto. La afición de Duato a la pintura no es un bluf, pensamos al reparar en la cantidad de lienzos que encontramos por la casa. Él mismo nos confirma que lo suyo con los pinceles va en serio y dentro de poco anunciará una gira internacional de exposiciones individuales.

El piso está amueblado con los enseres que el artista tenía en su antiguo piso de Berlín. Es una decoración elegante, sobria y funcional. El coreógrafo recorre con nosotros las estancias principales para que el fotógrafo decida encuadres y puntos de luz. Se queja de un pertinaz dolor de ciática que lleva meses dándole la tabarra. «Ahora al menos puedo andar; la semana pasada andaba como la reina de Inglaterra», nos reímos y con esa risa se rompe el hielo. 

Duato no es uno de esos artistas que pierde el tiempo intentando caer bien a todo el mundo. Dice lo que tiene que decir —consciente de que su vehemencia no suele granjearle simpatías— y deja que los demás piensen lo que tengan que pensar. Mantiene una actitud seria y algo distante, pero en todo momento se muestra amable y dispuesto a facilitarnos el trabajo. Duato no esquiva balas; no se desdice de lo dicho. Es asertivo, crítico y mordaz, le pese a quien le pese.

Empezamos preguntándole por su relación con València: ¿por qué comprar una casa ahora, y no hace una década, por ejemplo? «Yo me fui de casa a los dieciséis años y solo volvía en los veranos para visitar a mi familia, venía cuatro días, pero aquello se acabó —explica—. Mis padres se murieron hace un tiempo y me apetecía tener aquí un lugar, ver a mis hermanas… ¡es que mira qué clima! En Rusia estamos ahora mismo a trece grados bajo cero. La verdad es que me encanta València. Cuando te haces mayor, vuelves a tus raíces. Es inevitable».

Esta casa está más pensada como punto de fuga que como residencia estable, al menos por el momento. «Vengo a València solo cuando puedo y cuando quiero desconectar. De hecho, hacía dos meses que no venía. Me gusta esta ciudad; es tranquila, bajas al mercado, te das una vuelta por el río... Y la gente es muy simpática. Imagino que cuando deje de trabajar me retiraré aquí, para morirme debajo de un naranjo». 

Hijo Predilecto de València

Para muchos valencianos, los logros internacionales de Nacho Duato son un poco suyos también. «Mira, yo no tengo amigos —dispara—; el otro día lo dije en televisión, y una persona me llamó para quejarse: "¿Cómo eres así, acaso no soy yo amigo tuyo?". A lo que yo  le contesté: "¡Si hace cuarenta y cinco años que no te veo!". Creo que lo que pasa es que hay mucha gente que me ha seguido viendo en los medios, pero desde mi perspectiva, no están». Por ello recalca que no tiene amigos, aunque reconoce que cuando viene a València es como si todos lo fueran: «Cuando voy al mercado Central —prefiero cocinar algo rápido en casa porque no soy de ir a restaurantes—, me paran todas las señoras. Y las tenderas de los puestos me dicen: "¡Oye, ven aquí hoy, que ayer le compraste a otra y por aquí no pasaste!". Y lo mismo me ocurre en las cafeterías. A veces ya ni bajo a la calle, porque si voy a una terraza, se enfada el de la de enfrente».

Entonces, ¿la declaración de Hijo Predilecto de València le hizo ilusión? «Ese reconocimiento sí me gustó, porque me lo dio este alcalde de izquierdas que tenemos y que me cae muy bien. Aunque, si quieres que te diga la verdad, no lo acabo de entender porque no he vivido en València en mi vida. Desde que me echaron de España no paran de darme premios y nombrarme doctor honoris causa. Los premios los agradezco, pero me dan igual porque no sirven para nada. Lo que realmente me gustaría es que se respetara mi profesión y que no la barnizasen como a una silla podrida, que es lo que está pasando. Creo que me dan tantos premios porque a mucha gente le da corte saber que conmigo metieron la pata».

Con este comentario, Nacho se refiere a su abrupta salida de la Compañía Nacional de Danza (CND) en 2010. La renuncia del coreógrafo se relacionó con la decisión del Ministerio de Cultura, dirigido en ese momento por Ángeles González-Sinde, de que este cuerpo de danza abordase de nuevo el repertorio clásico y neoclásico. También se interpretó como un intento de rebajar la impronta personal que Duato había conferido al CND. El coreógrafo consiguió que la compañía incrementase notablemente su prestigio internacional gracias a un repertorio contemporáneo constituido sobre todo por sus propias coreografías. Duato se tomó el asunto como una afrenta contra su persona y decidió continuar con su carrera en el extranjero. 

Después de una ausencia de once años, Duato regresa este mes de febrero a la Compañía Nacional de Danza. Lo hará con una nueva coreografía, Morgue, que utiliza el movimiento para tratar el suicidio. No es la primera vez que escoge temáticas duras; en sus espectáculos ha abordado asuntos como la esclavitud en Haití, el Holocausto o las drogas (su hermana murió de sida tras infectarse mediante el intercambio de jeringuillas de heroína). 

«DESDE QUE ME ECHARON DE ESPAÑA NO PARAN DE DARME PREMIOS PORQUE A MUCHA GENTE LE DA CORTE SABER QUE CONMIGO METIERON LA PATA»

A lo largo de su carrera, Duato ha firmado más de cien coreografías. La primera fue Jardí tancat (1983). «Mis primeros trabajos eran una ventana abierta al mundo y a la naturaleza pues había en ellos mucha añoranza del Mediterráneo. Yo no me siento español pero sí muy mediterráneo. Me siento menos en casa en el País Vasco que en Grecia, Nápoles o Tel Aviv. Eso sí, pago todos mis impuestos aquí, y no como otros, que se sienten muy españoles y se llevan su dinero a Panamá». 

A esa primera etapa le prosiguió una segunda, cuando tenía unos treinta años, en la que sus coreografías «se convirtieron en una puerta hacia mi interior y empezaron a ser más maduras, introspectivas y oscuras».

En defensa de la profesión

Duato nos da una primicia. La Generalitat Valenciana le ha propuesto ceder su nombre al Conservatori Professional de Dansa: «Yo no quería, pero les he dicho que sí porque esto abre la oportunidad de reunirme con el president Ximo Puig y decirle que doy mi nombre a cambio de que arreglen las instalaciones porque son un desastre. Mira, en España hay veintiséis conservatorios, de los cuales, solo cuatro son de Enseñanza Superior y ninguno de ellos tiene su sede en un edificio construido exprofeso para bailar. Por ejemplo, el de Madrid es una cárcel de la época franquista; el de València está en unas naves que le sobraban a la Universitat Politècnica, el de Zaragoza era un hospital psiquiátrico... Lo siento, pero no puede ser». 

El bailarín, coreógrafo y director artístico se está estudiando a fondo la Constitución porque tiene una misión: dignificar la profesión. Para ello ha iniciado una campaña pública y más de quince mil personas han respaldado ya su iniciativa a través de la web change.org. Al respecto, explica: «Estoy preparándome a fondo mis próximas reuniones con políticos y no pienso parar hasta que me hagan caso»; y recalca: «Lucho por las generaciones más jóvenes, no por mí, porque se necesitan conservatorios con instalaciones adecuadas y donde se pueda estudiar Bachillerato al mismo tiempo; España es el único país del mundo donde esto no es posible». Igualmente, recalca la falta de ayudas, pues «la mayoría de los estudiantes de danza son de clase media-baja. Yo, que vengo de una familia medio pija, soy una excepción». 

«También quiero reivindicar que en los teatros y conservatorios haya cabida para todos los estilos. El flamenco es importantísimo y la escuela bolera es una joya, y aquí no la conoce nadie».

«Con el dinero que reuní tejiendo mallas y calentadores me matriculé en el Rambert School de Londres»

En su afán por conseguir apoyo económico para mejorar la situación de la danza, Duato también se ha acercado al sector privado: «Le pedí dinero a Hortensia Herrero para el ballet y me dijo que no; nos caímos fatal. Lo malo con la danza es que no la puedes colgar ni especular con ella, porque no es tangible como una pintura o una escultura. Por eso no se le da tanta importancia, sobre todo en esta sociedad tan materialista y alejada del corazón», reflexiona. 

Un chico de familia bien

Nacho Duato nació en una familia muy bien posicionada desde el punto de vista económico, social, intelectual y político. Pero su infancia no fue demasiado fácil. En una entrevista concedida a RTVE el año pasado, ofreció un relato muy duro de lo que significaba ser diferente en el ambiente conservador y de profundas creencias religiosas de su familia. Su padre, que fue teniente de alcalde en el Ayuntamiento de València durante la dictadura y gobernador civil en Alicante con el gobierno de Suárez, le exhortaba a «hablar como un hombre» y en el colegio le llamaban mariquita. Eso hizo que no llegara a sentir nunca el apoyo abierto y completo de sus padres. Ni siquiera cuando, años después, su hijo comenzó a despuntar al máximo nivel de su disciplina. «Mi padre creo que fue a verme bailar tres o cuatro veces en toda su vida», lamenta con más resignación que angustia. Sin embargo, sonríe al enseñar una carpeta: «Cuando mi madre murió descubrí que ella había estado recopilando recortes de periódico; seguía mi trayectoria más de lo que yo pensaba». 

De Juan José Barcia Goyanes conserva una enorme admiración y afecto porque era una de las pocas personas que no le juzgaba. Su abuelo, Juan José Barcia Goyanes, fue un neurocirujano sumamente prestigioso, hablaba veinte idiomas y escribió, entre otros, un libro etimológico de anatomía que exigía saber arameo, hebreo y sánscrito. Por si fuera poco, tenía sentido del humor. «Una vez, cuando cumplió noventa años, se disfrazó de viejo, con bastón y pelo blanco —[ríe] y matiza—; eso ponlo en el reportaje». 

Nacho Duato es un artista excepcional dentro de una familia con miembros igualmente excepcionales. Si nos fijamos únicamente en sus primos, encontramos a Joaquín Duato, CEO del gigante farmacéutico Jonhson & Johnson —los de las vacunas—; Antonio Duato, presidente de Philips Ibérica, y la actriz Ana Duato, madre a su vez de un joven actor en pleno ascenso, Miguel Ángel Bernardeau. 

Recientemente, el coreógrafo se vio envuelto en una nueva polémica a raíz de un titular de entrevista que decía así: «El político de derechas es más culto porque casi todos vienen de familias bien». Preguntado al respecto rectifica que «yo no digo que la gente de familia bien sea más culta —rectifica— sino que me refería al hecho de que antiguamente el 40% de los españoles eran analfabetos por lo que la gente con dinero sí podía ir a París a ver ópera y tenía la oportunidad de tocar el piano. Todos los escritores, por muy republicanos que fuesen, desde Lorca a Alberti, venían de clase burguesa. Igual que Engels. O los escritores sudamericanos, que son los que más me gustan: Sábato, Borges, Benedetti, Neruda, Octavio Paz, Vargas Llosa… Ya me dirás tú; no vienen del proletariado precisamente». 

— ¿En qué momento te diste cuenta de que querías dedicarte a bailar?

 — Fue una vez que vi a Burt Lancaster en una película en la que hacía de trapecista. Llevaba mallas y lentejuelas y me dije, vaya, pues quiero ser trapecista. Mis padres me instalaron una barra y unas anillas en la parte trasera del jardín, y allí yo hacía de Pinito del Oro. Yo quise bailar desde siempre. Y lo conseguí, pero mis padres no me apoyaban. En realidad, era porque no sabían. No se lo tomaban como algo serio. Como no me iban a dar dinero para formarme, tuve que conseguirlo por mi cuenta. Me fui a Madrid y compaginé el teatro con las lecciones de baile clásico. Con el dinero que reuní me matriculé en el Rambert School de Londres. Para pagarme los estudios, tejía mallas y calentadores.

— ¿Es cierto que, de no haber sido bailarín, te hubiera gustado ser músico?

— Soy una persona mucho más auditiva que visual. La música, de hecho, me parece un arte mucho más perfecto y puro que el ballet. Lo que ocurre es que no sirvo para estar parado practicando con el instrumento horas y horas. También me hubiese gustado ser una cantante de ópera muy gorda y comer chocolates antes de salir a cantar La Traviata. Porque esto de estar toda la vida con cuerpo de bailarín…

— En Rusia tienes a tu disposición un cuerpo de baile de ciento sesenta bailarines de primer nivel, una orquesta de doscientos músicos y un calendario de trabajo de ciento veinte espectáculos al año. No se puede aspirar a más. Pero ¿cómo es esto de ser homosexual y dirigir un ballet en un país que es institucionalmente homófobo?

— Es homófobo, misógino y hay mucha corrupción. Eso lo sé, pero yo voy allí a trabajar. De hecho, prefiero Rusia a Alemania. Berlín me pareció una ciudad muy provinciana y, aunque suene mal decirlo, la mayoría de los alemanes tiene una mentalidad muy nazi. Hay que entender esta expresión. Me refiero a que si para ellos solo es válido lo que ellos dicen y hacen, para mí eso es ser un nazi. Somos españoles y ellos nos ven como gente de segunda clase. Me trataban fatal en las reuniones que tenía con el organismo equivalente a lo que aquí sería el Inaem. Y no te puedes ni imaginar cómo me trataba la crítica. Yo decía lo que pensaba, y eso allí no está bien visto; son muy cínicos. Rusia tiene muy mala fama, pero no hay tanto rollo con los homosexuales como lo pintan. Detrás de mi teatro hay un montón de discotecas y bares para gays y travestis. 

— ¿Es el público de ballet ruso tan exigente como dicen?

— El público en Rusia, como la orquesta toque mal, se levanta y se va. Saben qué tiempo tiene y van a ver si tal director sabe sacar brillo al arpa. Y como bailes mal, la llevas clara. 

«Rusia es un país homófobo, misógino y hay mucha corrupción. Eso lo sé, pero yo voy allí a trabajar y lo prefiero antes que Alemania»

— ¿Es el presidente Putin uno de esos entendidos?

— A mí no me cae bien, pero es una persona que sabe lo que ve. Putin ha venido a cuatro estrenos míos. Después se queda a hablar con los bailarines, incluso se pone a tocar un poco el piano. 

— En una audición de bailarines, ¿qué virtudes son las más importantes para ti?

— A lo largo del año hago audiciones a cerca de mil bailarines, y a lo mejor solo contrato a tres. Aunque sea un horror decirlo, la verdad es que hay algunos que se descartan solo por el aspecto físico. Yo veo enseguida si un bailarín me interesa o no. Cómo entra, cómo se coge de la barra, cómo te mira. Los pequeños detalles dicen muchísimo. Para mí es muy importante también el sentido de la musicalidad. El bailarín tiene que estar dentro de la música, no detrás.

— ¿Cuál es la frase que más repites a tus bailarines?

Stretch your feet! (¡Estira los pies!).

— Tus coreografías históricas se representan en teatros de todo el mundo. ¿Supervisas de algún modo que se hagan tal y como tú quieres?

— Nunca veo las coreografías mías que hacen en otros teatros. Se hacen vídeos y tal, pero no se me ocurre verlas. Porque veo todos los fallos, y no me gusta. Aunque también te digo que si un día saliesen perfectas, igual me da un patatús. Se acabaría el rollo. 

— ¿De dónde viene tu afición a la pintura?

— Quizás de mi abuelo Vicente Gómez Novella, que era pintor —en el Museo del Prado hay dos cuadros suyos—. Lo que pasa es que también era muy amigo de Sorolla, lo que es una putada, como te podrás imaginar [ríe]. Así que lo dejó y se hizo fotógrafo de la Casa Real en los años veinte y la reina Victoria Eugenia vino a València a que la retratase. Yo de pequeño quería pintar, pero no tenía paciencia. Solo cuando fui más mayor me di cuenta de que me faltaba algo. Empecé a pintar en Rusia y he seguido aquí. 

— ¿Has vendido algún cuadro ya?

— Por el momento, eso no me preocupa mucho. Estoy regalando bastantes. Hay un americano que quiere subastar dos cuadros míos en Nueva York. Allí hay mucha gente joven que compra cuadros menos caros, pero con criterio. Aquí en España no existe el coleccionismo de verdad. La gente rica se compra un Picasso o un Mondrian. Van a lo obvio, pero no entienden de arte.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 88 (febrero 2022) de la revista Plaza

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