VALÈNCIA. Mientras Madrid se entrega a la inercia navideña, Abril del Pino, la autora de novela negra más leída del país, se esfuma sin dejar rastro. Marina Sanmartín homenajea a Agatha Christie tomando como referencia los 11 días en los que desapareció, en 1926. Pero también en la forma de la novela.
La doble desaparición de Abril del Pino (Salamandra, 2026) despliega una investigación que no solo sigue pistas, sino también identidades en fuga, secretos acumulados y silencios compartidos. Una historia que se zambulle, además, en un ecosistema editorial reconocible para articular un misterio que se sostiene en el pulso del género pero que lo atraviesa con una mirada consciente sobre el propio mundo del libro, sus mitologías y sus contradicciones.
—En las novelas negras que parten de una desaparición y no tanto de un asesinato, se da otro marco lector: desde saber si la desaparición responde a un motivo ajeno o personal, hasta saber si sigue con vida (o no) la persona. ¿Qué te interesa de este punto de partida?
— Yo quería escribir una novela con la que la gente se lo pasase bien. Tenía claro que quería escribir una novela de misterio, porque es lo que llevo haciendo 15 años; pero por encima de todo quería que fuese una lectura divertida, de entretenimiento y poco sangrienta. En principio no contemplaba la idea del asesinato.
Luego, conforme fui avanzando en el texto —porque creo que hay muchas cosas que quien escribe descubre durante la escritura— me di cuenta de que era una novela sobre la identidad. El concepto de desaparición me permitía jugar ese doble juego: la desaparición física de la autora y, conforme leemos, la desaparición de la identidad en un sentido más abstracto. Porque en las primeras páginas, en cuanto José Manuel Castillo y su equipo empiezan a investigar, descubrimos que Abril del Pino ni siquiera se llama así.
Creo que uno de los temas serios del libro —aunque tenga mucho humor y esté pensado para entretener— es precisamente la identidad. ¿Por qué a veces nos ocultamos? ¿Por qué borramos partes de nuestro pasado que nos definen? Y, yendo un poco más allá, también está la idea de que a veces, incluso por enfermedad, acabamos no sabiendo quiénes somos. La desaparición era el concepto perfecto para profundizar en esas obsesiones que tenía al escribir el libro.
Aunque sé que invento la historia, prefiero pensar que la descubro
— De alguna manera, ese proceso acompaña también al lector, que descubre a los personajes mientras lo hacen también los personajes (e incluso tú mientras lo has escrito).
— Sí, y te agradezco que uses ese verbo: descubrir. Yo sé que esta historia me la he inventado, pero cuando trabajo en ella, cuando la imagino —y además es la novela que más me ha costado escribir, la que más tiempo me ha acompañado— siento que la voy descubriendo.
Por ejemplo, cuando voy caminando de casa a la librería donde trabajo, la novela va conmigo, evoluciona en mi cabeza, y de repente llego a conclusiones que siento como revelaciones: “esto es lo que pasa”. En ese sentido, aunque sé que invento la historia, prefiero pensar que la descubro, como si estuviera ahí, en alguna dimensión paralela, esperando a que yo la encuentre. Creo que cuanto más emocionante es ese proceso para la autora, más emocionante resulta luego la lectura.
Y en cuanto a esa idea de ir descubriendo la vida de los personajes, para mí la trama de misterio es siempre una excusa. Lo verdaderamente interesante es descubrir la evolución, los momentos clave, las sombras de cualquier vida. Por eso era fundamental que los personajes tuviesen pasado. Que lo que no se cuenta, lo que solo intuimos, fuese tan denso y complejo como lo que sí aparece en la novela. Eso lo trabajé mucho.

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— Una de las premisas iniciales es una sociedad literaria secreta, Rame-Tep, y eso introduce también el mundo del libro dentro de la trama: una escritora, una librera… ¿Qué te aporta ese contexto a la novela?
— No había otra forma de abordar la novela. De hecho, era uno de los planteamientos de partida. Yo soy librera, tengo una librería en Malasaña, soy autora de novela policiaca y durante muchos años he trabajado en ABC Cultural como crítica de novela negra. Cuando me planteé escribir esta, que es mi sexta novela, pensé en unir por primera vez las dos cosas que más me gustan: el crimen en la literatura y los libros como espacio.
La idea de Rame-Tep surgió enseguida. Es, en cierto modo, mi sombra: una crítica literaria que actúa justo al contrario de lo que hago yo, que se oculta bajo pseudónimo y que se dedica a “sacar sangre” de lo que considera mala literatura, especialmente dentro de la ficción criminal.
Creo que con la novela negra ocurre algo curioso: todo el mundo piensa que puede escribirla bien, se subestima, cuando en realidad es un género con muchas reglas y, por eso mismo, difícil de hacer bien.
Además, este planteamiento me permitía ofrecer algo más que una trama de misterio. La novela es también un retrato del sector editorial actual, del estado de las librerías y, sobre todo, una crítica a la sobrepublicación, que se da en todos los géneros, pero especialmente en la ficción criminal.
— La literatura en la novela no está simplemente “pegada” a la historia, sino que atraviesa la psique de los personajes. Su relación con los libros, desde lugares distintos, les aporta profundidad.
— Creo que es muy diferente la vida de quienes no enriquecen su cotidianidad con el arte frente a la de quienes sí lo hacen. Es como si la realidad se multiplicara, como si un espejo se fragmentara en mil pedazos.
El hecho de poder vivir enriqueciendo lo que somos con lo que podemos imaginar nos lo da la literatura, que está muy presente en la novela, pero también el cine y la música. La vida real solo puede crecer y completarse con aquello que fabulamos, y fabulamos mejor si accedemos a las historias de los otros.
En el libro hay personajes que viven así, que no saben hacerlo de otra manera. En ese sentido, la novela también es una defensa de la imaginación. Somos jóvenes durante más tiempo si mantenemos viva la curiosidad y la imaginación. Y para eso el arte —la lectura, la música, el cine, la pintura— es una vitamina perfecta.
Somos jóvenes durante más tiempo si mantenemos viva la curiosidad. Y para eso el arte es una vitamina perfecta
— Es una novela con muchos personajes, pero me interesa detenerme en Ágata. Da la sensación de que la has escrito de manera distinta al resto. ¿Cómo construyes ese personaje? ¿Qué coordenadas te interesaban en su evolución?
— Llevo más de 20 años siendo librera y, cuando empecé a escribir esta novela, tenía claro que la dueña de la librería iba a ser una mujer. También sabía que en ella iba a recaer el homenaje a Agatha Christie, porque toda la novela es un homenaje a la ficción criminal y, de forma muy explícita, a ella.
Agatha Christie desapareció en 1926 durante once días, como le ocurre aquí a Abril del Pino. Para mí era fundamental que hubiera una mujer que se refugiara en ese mundo. Es verdad que abordo a Ágata con un cariño especial. No es un personaje maniqueo: también tiene zonas de sombra, y eso fue algo que me costó defender en el proceso editorial. No quería que fuera simplemente “buena”, sino que tuviera cosas de las que arrepentirse.
Eso la hace más interesante, porque todos tenemos esa dualidad. Somos personas, en general, buenas, pero siempre hay algo que ocultamos.Me salió, además, un personaje esquivo, que en la primera parte de la novela se refugia en la librería y no se abre al mundo. Es alguien que se limita a sobrevivir.
Pero la desaparición de Abril del Pino la pone contra las cuerdas y la obliga a dar un paso: a presentarse ante José Manuel Castillo, con quien se ha cruzado durante años sin llegar a conocerse. A partir de ahí empieza a vivir de verdad, y eso era algo que me interesaba mucho: el paso de la supervivencia a la experiencia plena de la vida.
— Y en ese recorrido vuelve a aparecer la idea de identidad y de descubrimiento que mencionabas al principio.
— Sí, porque ella se avergüenza de sí misma. Pero llega un momento en que comprende —y en parte Abril la ayuda— que debe mostrarse tal y como es. A mí me interesaba mucho la relación entre ambas.
El libro está lleno de homenajes a la ficción criminal. Este es más velado, pero yo pensaba en ellas como un Sherlock Holmes y un Moriarty: enemigos que, sin embargo, no existen el uno sin el otro. Desde niñas establecen un vínculo, aunque esté basado en algo terrible, y no pueden entenderse separadas.
La desaparición de Abril obliga a Ágata a mostrarse y, en cierto sentido, la libera. Muchas veces lo que ocultamos crece precisamente porque lo escondemos. Cuando lo decimos en voz alta o lo compartimos, descubrimos que no era tan terrible como pensábamos. Ese proceso es el que atraviesa Ágata a lo largo de la novela.

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— Quería hablar también del proceso de escritura. En una novela de misterio hay que manejar muchas variables: dejar pistas, mantener la coherencia, pero también cuidar el lenguaje… ¿Cómo se mantiene el equilibrio entre fondo y forma?
— Creo que en este libro hay un gran trabajo a favor de la forma. La historia siempre ha estado ahí, es lo primero que tengo claro. En el primer borrador procuro ponerme las menores cortapisas posibles: escribir lo que sea, que salga todo. Ya habrá tiempo después para trabajarlo.
Y esa es, en realidad, la parte más importante del proceso: ser capaz de entender que hay cosas que hay que cortar, cambiar o recolocar. En un género como la ficción criminal hay una premisa fundamental: el libro tiene que entenderse. Por encima de todo.
En ese sentido, ha habido un trabajo muy intenso con el equipo editorial de Salamandra, que me ha llevado al límite para asegurar que, además de ser interesante y tener una voz propia, el libro se entienda.
— Me interesa ese proceso de edición. A veces se piensa más en procesos extensos de edición en otros géneros, o en historias de autoficción, por ejemplo; pero no tanto en una novela como esta. ¿Cómo llega tu historia a ese proceso y cuánto cambia?
— Yo utilizo una comparación bastante gráfica: el primer borrador es como un bebé. Salvo sus padres, todo el mundo los ve feos. Tienen todo —ojos, nariz, boca—, pero están arrugados. Con los borradores pasa lo mismo. A no ser que seas un Mozart de la literatura, suelen ser feos. Ahí entra el trabajo: alimentar bien ese “bebé”, cuidarlo, estimularlo. Con el tiempo empieza a crecer, a tomar forma.
Yo he asumido que no soy un Mozart de la literatura, y no pasa nada. Se puede llegar a una buena novela a través del trabajo. Ahí está mi fortaleza: en pulir ese material inicial, que es como el mármol antes de sacar el David de Miguel Ángel. Y no hay que tener miedo a dedicar el tiempo necesario para conseguir un buen texto.
Estamos cansados de tanta violencia, pero seguimos necesitando el misterio
— Da la sensación de que a quienes escribís novela negra que se sale un poco de lo más comercial se os pide constantemente que cuestionéis el propio género. ¿No hay ahí un cierto sesgo? Da la impresión de que se reduce el género a unos pocos títulos muy mediáticos, cuando en realidad hay una escena rica y diversa desde hace tiempo.
— Personajes como Petra Delicado, Bevilacqua y Chamorro, Harry Hole o Erika Falck pertenecen a finales de los noventa y principios de los 2000. Y desde entonces la ficción criminal está en los escaparates y en las listas de más vendidos de forma constante. Es un género con décadas de éxito por dos motivos. Primero, porque es un cajón de sastre enorme. Yo misma he hablado de “novela negra”, pero en realidad lo correcto sería “ficción criminal”, porque la novela negra es solo un subgénero.
Y segundo, porque tiene una enorme capacidad de adaptación. Ahora, por ejemplo, está de moda el cozy crime, que recupera el modelo de Agatha Christie pero incorporando elementos contemporáneos. Quizá estamos cansados de tanta violencia —porque ya la vemos en la realidad—, pero seguimos necesitando el misterio, y lo buscamos de otras formas. En ese sentido, La doble desaparición de Abril del Pino es una novela más amable, donde incluso hay espacio para el humor.
Creo que es pretencioso pensar que el género está en crisis o que puede desaparecer. Llevo desde 2005 trabajando en librerías y desde 2007 como crítica de ficción criminal, y no tengo ninguna duda: no va a desaparecer. La ficción criminal convive con otros géneros y, además, los absorbe: se mezcla con la novela histórica, con el thriller, con otras formas narrativas. Es un género muy vivo.
— Quizá el problema está más en la pregunta recurrente que en el estado real del género.
— Exacto. Es como cuando me preguntan si el libro va a morir. Lleva tres mil años resistiendo. No creo que vaya a ser nuestra generación la que acabe con él. Me parece una postura bastante pretenciosa.