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el muro / OPINIÓN

No siempre se fíen

Foto: KIKE TABERNER
1/05/2022 - 

Como buen ciudadano, hasta ejemplar diría ya que no perdonan ni un impuesto y estoy limpio de sanciones de tráfico, esto de los presupuestos participativos en gran parte, me produce un cierto desasosiego social. Como bien resume un amigo muy puesto en boletines y diarios oficiales y otros coladeros políticos con tantos familiares siempre pululando, son una “engañifa”.

Él entiende el término como una forma de esconder, bajo un paraguas supuestamente legal o social y hasta teóricamente participativo, otra serie de intereses políticos con los que contentar a quienes se los creen, pero siempre acaban en manos de quienes los desean políticamente con forma de caramelo para ocultar otros deseos bastardos. Una forma de vender humo.  

Es como eso de las subvenciones públicas. Permiten vivir  a lo grande anualmente a tantos que se las saben y están al corriente de las convocatorias. Les da para transitar del cuento todos los años en nombre de algo. O como esos “concursos públicos” para cubrir plazas de responsabilidad profesional. Quienes han tenido delante de sí una posibilidad saben a lo que me refiero. Es un problema de absoluta ingenuidad, manipulación intelectual y profesional. Al final acaba valiendo siempre la subjetividad. Esto es, ante todo la cuota de partido pero no siempre la profesionalidad o la experiencia. Miren si no el Magnànim de la Diputació de València. ¡”Pura transparencia”!

Imagen sobre los presupuestos participativos 2020-2021

Me pone mucho ese nuevo término absurdo, gramaticalmente hablando, de “topar” precios. Pero más me gusta el de “dopar” concursos. Si todas nuestras administraciones locales, provinciales y autonómicas fueran tan puras y pulcras se “arañarían” los brazos si alguien recordara con descaro que existen empresas de nueva creación que de un año a otro han pasado de facturar cero a un millón de euros sólo por estar allí el día oportuno en el momento objetivo. Seguramente serán los “mejores”, pero no huele muy bien cuando su relación va más allá de lo estrictamente profesional. Siempre se encuentran lazos de unión con cargos medios de esos concursos públicos de los que hablaban y hoy se lo llevan todo. Existe una lista.

Desde que como gran idea de los denominados presupuestos participativos ganó esa sugerencia tan surrealista de colocar arcos chinos en el barrio de Jerusalén/La Roqueta porque hay una amplia comunidad asiática radicada, ya no me creo nada. Pues no existen problemas a solucionar de mayor interés social en el barrio que la tontería estética de turno. Pero lleva firma política. O sea, pedigrí de partido o simpatía.

Ya avisé en su día que iba a presentar un proyecto para que en mi calle colocaran pistas dominicales de pádel. Este año he cambiado. He pensado que mejor convertir las fuentes públicas en piscinas veraniegas. Todos tienen derecho a un remojón gratuito, digo yo, ahora que no tenemos ni para piscinas porque las han cerrado.

Pero es que ha sido leer por encima los planes previstos y llegar a dos conclusiones por mucho que desde nuestros consistorios nos quieran convencer que esto de los presupuestos participativos es “pura” democracia.  

Foto: ROBER SOLSONA

En el fondo, lo que denotan es que nuestros ediles no pisan la calle. Desconocen carencias a solucionar ante tanta idiotez; Y dos, muchos de los proyectos presentados son auténticas tapaderas para contentar a la militancia respectiva y de paso cubrir expedientes de actuación que ante la ausencia real de ideas alguien ha de rellenar para justificar cargos que están de sobra y sirven apenas como bulto. Parecen hasta teledirigidos.

Si ahora resulta que participativamente me sugieren un nuevo plano de carriles bici es porque el que tenemos está mal planteado; si me sugieren arreglar jardines abandonados es porque nadie con responsabilidad los ha pisado. Y así todo. No se mira nunca la periferia.

En la Fuensanta llevan años sufriendo un abandona absoluto, pero nadie soluciona nada porque es barrio alejado, final de trayecto de bus. No mola.

Y es que cada día más me anima/provoca escuchar a estos ediles progre pijos leer comunicados semanales que acaban convertidos en noticias recordándome si han limpiado una calle o han podado unos árboles. Muchos creíamos que iba en el cargo y que en su agenda existían ciertas prioridades. Al final lo que denotan es falta de proyecto e ideas. Pero tienen cargo. Ya sean de derechas o izquierdas. Al fin y al cabo, más de lo mismo. No pisan ciudad. Eso es lo que tiene acceder a un cargo sin naturaleza y por el mero hecho de estar allí o ser invitado a un concurso.

Foto: KIKE TABERNER

Que a estas alturas de la película y el desgobierno provinciano me tengan que sugerir que hay que limpiar más calles o incluso limpiar alcorques dice mucho de una gestión pública supuestamente escondida en iniciativas que una vez más acaban o acabarán en manos amigas.

En mi barrio, o uno próximo, por ejemplo proponen desde  ajardinar rotondas a cambiar aceras abandonadas o cuidar parques. O sea, lo que se debería entender como algo normal. Pero por eso lo llaman participativo. Pues no están los tramos de Turia llenos de agujeros y hasta calles muy céntricas que van a terminar con los amortiguadores de las motocicletas mientras cambian marquesinas de autobús en muy buen estado de conservación. Por cierto, ¿dónde van las retiradas?, me pregunto ¿Qué es de ellas? ¿A qué precio se revenden?

Por pedir que no quede. Siempre queda un amigo al que recurrir. Lo llaman confianza, aunque nos facturen trozos de tubería como maceteros.  

El poder no depura las costumbres. Rousseau estaba equivocado. La supuesta “modernidad” sí esconde mucha mediocridad. Por eso los llaman participativos. Una forma más de cubrir inteligencia mientras los escándalos del pasado, el amiguismo de siempre y la denominada corrupción sistémica y hasta eterna nos continúa eclipsando.

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