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LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

No sin mi Walkman

7/07/2019 - 

VALÈNCIA. Hace tan sólo unos días el Walkman cumplió cuatro décadas. Fue leerlo y sentirme arrollado por una avalancha de nostalgia porque el Walkman cambió mi vida. El Walkman, sí, que fue la antesala del archivo de sonido digital, el padre del mp3 y el abuelo del streaming. Es decir, la fuente de  todos los males que espantan a los audiófilos. Siempre he tenido un oído nefasto –no me jacto de ello, simplemente subrayo un matiz importante-, tan nefasto que mi padre jamás entendió cómo he podido hacer carrera escribiendo sobre música. Mi oído no es finolis, por eso me conformo con poder escuchar la música con un mínimo de calidad. No necesito sentirme como si estuviera en el estudio de Quincy Jones para disfrutar de un  disco o una canción. Por otra parte, a mí me empezó a gustar la música de verdad gracias a grupos que sonaban como una mierda, -Velvet Underground, Ramones…-  así que bueno, no estaba llamado para ser una sibarita del sonido.


Pero a lo que iba: el Walkman. Supe del Walkman y soñé con él antes de poder comprarme uno. En 1980, coincidiendo con la llegada del aparato en cuestión, nació un sello neoyorquino que se llamaba ROIR, que sólo editaba discos en formato casete. Pero ojo, porque los discos eran de grupos por aquel entonces rarísimos: Suicide, Lydia Lunch, Contortions, Nico, Bush Tetras... El colmo de lo anticomercial. Un empresario espabilado decidido a hacer negocio sacando casetes  con artistas de esa calaña -como dnado a entender que el futuro estaba ahí-, y yo al enterarme dije, “qué bien, discos pensados para escuchar en el Walkman que no tengo”. Así que me compré algunos de aquellos casetes como pude –en Harmony, como todos los discos que adquiría entonces- y los escuché en la pletina del equipo de música de mi habitación, lque era la única manera que tenía de escucharlos.

Creo que hasta 1983 no me compré un Walkman. Sé que ya tenía uno cuando fui a la mili en verano de 1983. De forma inmediata se convirtió en mi salvavidas. El reproductor portátil de casetes me liberó de la obligación de escuchar música en lugares concretos, en sitios cerrados. Hizo posible que escuchara mis discos favoritos donde me diera la gana. Y en situaciones tan adversas como es someterte al servicio militar, a 900 kilómetros de casa y sin apenas posibilidades de escuchar más música que las marchas militares del cuartel, aquel gadget se convertía en toda una bendición. Escuchar a la Yellow Magic Orchestra en Pontevedra. A los primeros Human League. A Bauhaus. A eso me refiero. Cuando tenía dinero suficiente para comprarme un disco en la tienda de Pontevedra donde vendían lo que me gustaba, le daba el vinilo a un amigo melómano y él me lo grababa en una cinta. Para alguien para quien la música es algo fundamental –hecho comprobado: si no escucho música a diario mi vida no está tan inspirada-, poder hacerlo en condiciones tan adversas era lo mismo que tener una bombona de oxígeno en una habitación llena de humo.

Así pasé años y años, unos 20, hasta que llegó el día que jubilé mi último Walkman. El iPod estaba a punto de entrar en mi vida. Dejé de hacer recopilaciones artesanas –eso llamado mixtape- para pasar a confeccionar playlists. Acepto que todo es más rápido y más fácil ahora. Hoy me sería imposible grabar una casete de 90 minutos con temas de grupos de punk o hacerme una recopilación a la carta con temas de Julian Cope y Teardrop Explodes por un simple cuestión de tiempo. Tenemos menos tiempo, mucho menos, para hacer cosas que son fundamentales para la supervivencia. Crear mis propias selecciones musicales es una de ellas y cuando lo hacía en cintas magnéticas que cada tanto borraba y reciclaba, era feliz. Como también lo soy ahora con las playlists que me preparo y que me acompañan en los momentos de aislamiento o para hacer el indio en el gimnasio.

Vi la noticia del cumpleaños del Walkman y sentí nostalgia. Pero al igual que muchas otras cosas que me producen esa misma sensación, no sabría incorporarlo a mi vida actual. Y ya no hablo de la moda de editar y consumir álbumes en casete, que para los que nunca habéis tenido reproductor de casete entiendo que quede muy chulo. Hablo también de consumir vinilos. Si tuviera espacio y dinero, me compraría docenas de novedades en vinilo porque entiendo que el formato natural de un álbum es ese. Pero me conozco, y sé que luego no tendría paciencia para sentarme junto al plato y ponerme a escucharlos. Y menos aún levantarme del sofá para darles la vuelta. No. Escucho horas y horas de música semanales, es algo inherente a mi trabajo. Pero cuando realmente la escucho, cuando le presto atención a fondo, cuando me cala, es cuando estoy fuera de mi despacho, caminando, en la playa, en la elíptica, enfrascado con mis cosas que suelen cosas que a su vez me inspira la música que escucho. Para mí se trata de eso. De que la música me acompañe y esté conmigo cuando la necesite. La nostalgia sólo sirve para construir artículos como este y descubrir lo mayor que está un servidor. No por la edad, sino por la rapidez con la que cambian y avanzan las cosas en la época que me ha trocado vivir.

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