VALÈNCIA. Hace unos días, en una charla con Carlos Ferrando, fundador de Closca, y en el marco del València Design Fest, Ferrando se refirió a la importancia que tuvo un espacio imprevisto en la definición de su casco, esa pieza icono del diseño valenciano con la que terminó de completar el puzzle de las ideas que habitaban en su cabeza. Habló de la nave de CuldeSac, en el barrio de Jesús de València. Ese aroma a hangar donde Pepe García y él peloteaban ideas y miraban referencias que poco o nada tenían que ver con un casco. ¿Quizá la estructura de un edificio como el Guggenheim para encontrar la respuestas?
Durante muchos años un espacio en la calle San Vicente 200 ha resguardado la mayor mitología sobre trabajo y creación en la ciudad. La Nave. Allí, alrededor de 400 metros cuadrados, algunos de los pioneros (y después popes) del diseño valenciano se apelotonaron para derrocar a la la ciudad más gris e inventarse una manera de configurar nuestro sistema visual. Lo hacían creando espacios autónomos según proyectos, en una discusión grupal que ha azuzado los sueños de quienes vinieron después. En ese ambiente donde todo era posible se gestaron respuestas a preguntas que no estaban hechas. Nacidos de la fusión inicial entre Cap i Mans i Enebecé, fue la demostración -no tan consciente- de cómo los espacios pueden ser la espita de aquello que todavía no está ni guionizado.
Para Dani Nebot -el Premio Nacional de Diseño, uno de sus integrantes- allí se ensayó “una forma diferente de ejercer la profesión. No había una estructura rígida y nuestro mantra principal, en cada trabajo, era darle la vuelta a la tortilla. Una coincidencia de gente excepcional. Quizá la clave estaba en que pusimos las cuestiones económicas a parte. No se pasaban cuentas. El objetivo era otro”.

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- Interior de Pluto
Más de cuatro décadas después, en el borde metropolitano y rodeado de huerta, en La Punta, Rita Delgado, José Martí y Carlos Sáez, transformaron un desguace en una infraestructura creativa cuya definición es pretendidamente compleja. Es Pluto. La previsibilidad, su enemiga.
Para el diseñador Joan Casado, llegar allí es una forma de promesa: “Cada vez que vas, va a ser algo completamente diferente”. Con una literalidad tremenda en su propia situación geográfica -en la frontera de los límites canónicos de la ciudad-, entre sus muros se comprime una cierta atmósfera, un momento valenciano que como el signo de su tiempo tiende a lo vaporoso.
La Nave y Pluto podrían parecerse como el huevo a la castaña, en cambio tienen fuertes similitudes en relación con su época. Al igual que CuldeSac, sirven de enseñanza para ejercitar una manera de crear y estar en la ciudad que se salga de fórmulas manidas, ensambladas. De los ochenta a los primeros dos mil, de los dos mil a la edad posCOVID.
En la dimensión física de esos tres lugares caben buena parte de las enseñanzas para una ciudad dispuesta a procurar por lo que está por venir. ¡Fundar la novedad! La ubicación de cada uno de estos lugares (del espacio interior de València a su periferia cercana), sus formas de organización (de un despuntar empresarial solapado a un impulso colectivo) o su concentración laboral (de la oficina a formas más asociadas al ocio) prescriben una cronología de cómo elaborar lo imprevisto según cómo sea tu tiempo.

- La Nave -
Si el reto de quienes habitaban La Nave residía en responder a una institucionalidad que estaba en ciernes tras el nacimiento autonómico, el de Culdesac venía a solucionar las necesidades de un país que comenzaba a sospecharse eufórico, capaz de dar rienda suelta a sus mayores ambiciones. En 2014, en una visita a su oficina, sus socios me explicaban la importancia que tuvo La Nave para su proyecto: “un conjunto de amigos que se conocen y, viniendo de la nada, en València, cambia la historia del diseño en España”. Dos de sus fundadores, Pepe García y Alberto Martínez, reconocerían la influencia de Royal College of Art de Londres, donde se formaron y donde abundaban los espacios en abierto.
Pluto, en cambio, tiene la misión de abrochar un talento que, corriendo el peligro de quedar restringido a lo digital, termina encontrando un contexto propio para conectarse y mostrarse genuinamente.
Una especie de contagio, alimenta Carlos Ferrando. Había “una ambición brutal”, dice sobre CuldeSac. “Una vez que una persona ha sido capaz de conseguir algo, tú piensas que también eres capaz”. “Más que de método hablaría de espíritu del tiempo”, refiere Marisa Gallén sobre La Nave. “Vivíamos en un contexto de libertad desinhibida y nuestra generación tuvo el compromiso de modernizar el país”.

- La Nave -
“Es un espacio de conversación entre disciplinas artísticas”, cree Joan Casado sobre Pluto. Destaca un sentimiento que sobrevuela: pertenencia. Frente a la dificultad para hacer propios entornos canónicos como Russafa o el Carmen, la cierta distancia hasta Pluto es parte de esa relación: “Supone un esfuerzo porque está lejos”.
Casado y Ferrando coinciden en otra mitología: la de la Ruta. “‘Me acuerdo un poco de lo que he leído sobre ese momento. Sobre la gente diferente que buscaba un refugio. Tiene una protección internacional, pero está hecho desde dentro para la gente de aquí”, resuelve Casado, poniendo de relieve una tensión inherente a este momento: la dificultad para formar parte de un lugar.
A propósito de esta coincidencia y de la especulación sobre qué entornos urbanos facilitan crear, el arquitecto y comisario Ricardo Ruiz lo valora de la siguiente manera:
“Me interesa de esos espacios cómo su arquitectura y su actividad se inscriben en la ciudad: la nave industrial, ese gran espacio diáfano que irrumpe en la trama urbana o en sus periferias y abre otras posibilidades de creación y conflicto. Y es que frente a la asepsia de la oficina o al escaparate de la galería, higienizantes y generalmente obedientes, la nave permite que la creación suceda con toda su materia, sus herramientas y sus bellos ruidos creadores y vitales. Además, muchas de estas naves forman parte de antiguos tejidos productivos y reutilizarlas permite recuperar la memoria patrimonial del territorio, activar espacios infrautilizados y generar nuevas relaciones con el barrio”.
Sobre qué tipo de enseñanzas pueden obtenerse de casos como los que se han planteado y sobre la posibilidad de que se extiendan, Ruiz plantea tres condiciones: “espacios adecuados, recursos estables y formas de gobernanza que permitan la participación efectiva de las comunidades que los habitan. La existencia de grandes espacios diáfanos en tejidos urbanos consolidados ofrece una oportunidad material, pero no basta con disponer de ellos: es necesario garantizar su acceso, evitar que la presión inmobiliaria termine expulsando a quienes los activan y articular mecanismos de apoyo público que no impongan, a cambio, una domesticación de sus prácticas. El reto para València sería pensar las condiciones de flexibilidad necesarias para integrar estos espacios en una política urbana y cultural a largo plazo. Se trataría, en definitiva, de socializar las condiciones que hacen posible la creación y de distribuir colectivamente los riesgos que hoy recaen, con demasiada frecuencia, sobre quienes crean”. Por eso, señala, “lo verdaderamente interesante aparece cuando estas infraestructuras se insertan en el tejido urbano y generan un conflicto capaz de alterar la normalidad conservadora con la que la ciudad se encierra en sí misma sin asumir su contexto”.