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VALÈNCIA. No se puede comprender València sin acercarse a la figura del artista valenciano Miquel Navarro (Mislata, 1945-2026), uno de los escultores más destacados de la Nueva Escultura Española y un artista con un legado inacabable que consiguió construir ciudades de metal con vida propia y esculturas que casi pueden rascar el cielo. Navarro, que se definía a sí mismo como un artista “un poco neurótico” y supo volcar su locura en la creación con cientos de piezas que han vivido repartidas por todo el mundo en museos como la Staatliche Kunsthalle de Berlín, el Guggenheim Museum de Nueva York, el Musée National Centre d´Art Georges Pompidou, en París y el Mie Prefectural Art Museum, de Japón. También el Chicago Cultural Center que creó el Miquel’s World, muestra que viajó al Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, México, y el Museo de Arte Moderno de México D. F.

Sus famosísimas esculturas de hierro pintado han adornado ciudades de todo el mundo, como la Boca de Luna en Ixelles, Bruselas; la escultura Fraternitat de Barcelona, la Minerva paranoica de Castelló y esculturas como Casco industrial en Bilbao y Andarín en Gijón. También La Mirada en Vitoria, Oteando en Torrelavega y una Mantis en Murcia, entre otras de sus construcciones que adornan el mundo. Aunque todo empezó cuando tenía apenas diez años y jugaba con el barro que se quedaba cuando venían las ríadas del Turia: “Ese poso siempre dejaba una arcilla en el fondo, con eso hacía figuras y toboganes”, señalaba en una conversación junto a Vicent Molins cuando fue portada de la Revista Plaza en 2024 . Su barro le llevaría a crear figuras, el inicio de sus famosas ciudades y una carrera que puede leerse y comprenderse en su casa-museo, La Casa Taller, en la que este mismo lunes se le despide con una capilla ardiente. 

 

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Libélulas y panteras 

 

Para comprender a Navarro hay que mirar al cielo, a las alturas que alcanzaban sus esculturas de València y sus dos grandes iconos: El Parotet (2003) y también La Pantera Rosa (1984), que fue su primera escultura y de las más famosas y reconocibles. Ese gigante icono rosa de la ciudad fue inaugurado en el año 1984 en conmemoración por la llegada a València de las aguas del Júcar a través del canal Júcar-Turia. El nombre propuesto originalmente para esta escultura era Fuente Pública, aunque fue rápidamente sustituido por el apelativo popular de Pantera Rosa, y llegó a ser pintada de ese color aunque originalmente tuviera un tono rojo cobrizo. Del nombre no le importó el cambio, de hecho, celebraba la “apropiación ciudadana” que le puso el nombre de un dibujo animado: “Se lo pusieron unos niños. Ellos la hicieron propia. ¡Eso es fantástico! Aunque con el Parotet ya no me pillaron… me adelanté”. 

 

También se llamaba Fuente Pública -La Torreta- su famosa escultura bautizada por la ciudadanía como el Pirulí, cuya forma recuerda a las herramientas de la labranza del campo y que con sus 17 metros de altura es otra de sus grandes obras de hierro pintado. De la Pantera Rosa recordaba en la Revista Plaza que le evocaba a su infancia: “Es un poco surrealista, con algo de constructivismo ruso y también un poco de pop. En mi casa yo hacía fuentes; con unas barquitas las ponía en las plantas y surgía un surtidor. Lo estoy descubriendo con el paso del tiempo. En casa no teníamos ducha, teníamos un corral, y con una regadera nos duchábamos. ¡Era nuestra Pantera Rosa!”. 

 

El Parotet preside la glorieta de Europa, al lado de la Torre de Francia, y es la gran “libélula” vigilante de la ciudad de València, protegiéndola con su enorme altura de 46 metros y con el peso de 93 toneladas. La obra fue regalada a la ciudad para conmemorar el 135 aniversario de la Obra Social Bancaja, y siempre ha sido azul desde el principio, a diferencia de la Pantera Rosa que sí que mudó de piel. Con cualquier nombre, color o tamaño, Navarro siempre consideró que las esculturas públicas -inspirado por el elemento del obelisco, en la Italia renacentista- son “indicadores clave que ayudan a contar la ciudad”. 

 

  • La Pantera Rosa en su color original -

 

De Mislata al mundo

 

En el corazón de Mislata, el también Premio Nacional de Artes Plásticas (otorgado en 1986) y premio Internacional Julio González (2008), pudo inaugurar este mismo verano su espacio creativo La Casa Taller en el que reúne en un mismo espacio más de 400 obras para conocerle, un proyecto abrazado por la Fundación Miquel Navarro y que en 980 metros cuadrados comprende el origen de sus ideas y permite que se puedan leer con “coherencia” tal y como destacó en el acto de presentación: “Este espacio sirve para que la obra “esté reunida, no se pierda y para que se pueda hacer una lectura coherente, que no esté sometida a ventas o subastas de otras en manos privadas”.

 

La Casa Taller está en el barrio de la Morería de Mislata, un espacio creativo que el artista adquirió en los años ochenta para convertirlo en su taller y ha sido rehabilitado respetando su arquitectura industrial original, conservando cubiertas, muros y otros elementos constructivos que mantienen viva la memoria del lugar. Entre las más de 400 obras que se conversan del artista hay una donación de Navarro integrada por 81 esculturas, 83 fotografías, 51 acuarelas, 53 serigrafías, 9 pinturas, 43 dibujos, 7 collages y más de 25 carteles.

 

“Mi obra está ahora en casa, en un lugar en el que hay una visión de quién soy, aunque aquí no cabe el Parotet. Tener obra por todo el mundo y poder verla casi toda en un mismo espacio es una declaración de intenciones”, destacó el artista en la presentación de este espacio, que era un sueño hecho realidad para él, y un lugar en el que poder congregar gran parte de su obra por fin en un mismo espacio. Para el propio artista, este nuevo hogar es la casa de sus obras, que se muestran por fin donde fueron creadas y que le ayudan a explicar sus procesos creativos que ha ido puliendo desde hace más de medio siglo.

 

Pasear por Mislata también es conocer a Navarro; la ciudad no fue solo el espacio en el que nació, sino que siempre vivió, trabajó y desarrolló su proceso creativo desde ahí. También se puede ver su reflejo en las esculturas públicas Cabeza con luna menguante (2001), L’Almassil (2010) y Caminante (2022) que forman parte del patrimonio artístico municipal y del paisaje urbano de Mislata, ciudad de la que es Hijo Predilecto y de la que nunca se ha querido ir: “Yo he vivido en Nueva York, en Chicago, en París, en Bruselas… Pero no soy un paleto. A mí no me engañan. Yo a los palacios subí y a las cabañas bajé. En Chicago me propusieron un apartamento y una fábrica antigua, para vivir. Pero allí no hay buganvillas”. 

 

  • La Casa Taller -

 

Pasear por sus ciudades 

 

La obra germen de su creación fue la estructura urbana La ciutat (1973-1974), una pieza con la que recuerda ese Navarro que hacía estructuras con el barro y que ahora tomaban forma metálica y contaban con sus propias calles y edificios. De las ciudades le gustaban precisamente sus estructuras laberínticas, y también “los viarios, como los tranvías que conectaban toda la comarca de l’Horta”, porque en sus construcciones siempre consideraba que “no hay cosa más universal que lo local”. Esa primera estructura urbana fue la que consideró como la primera que le “correspondía” como artista.

 

“Me permite unir el juego de infancia con el elemento fantástico, junto con una escultura que aterriza sin pedestal. Conforme ha ido pasando el tiempo, me he ido dando cuenta de la importancia que esas representaciones tenían para muchas civilizaciones. Por ejemplo, en los entierros, los faraones recreaban las ciudades y sus vidas en un tipo de figuración escultórica… Llevamos mucho tiempo haciendo estas cosas. Todo eso tiene un sentido”, señalaba el artista. 

 

Sus ciudades fueron, sin duda, una firma con casas e identidades que le sirvieron para crear su “marca propia”, consolidando este formato como uno de los elementos más reconocidos de su extensa producción. Con sus ciudades se adentró en un largo camino creativo en el que pudo mostrar cómo imaginaba sus mundos con instalaciones formadas por cientos de pequeñas piezas modulares. Las ciudades de Miquel Navarro servían para que cualquier humano pudiera sentirse un gigante observando un mundo creado por un artista en el que se recrean entramados que combinan elementos industriales, rurales y geométricos, invitando al espectador a observar y jugar con esos mundos a escala.

 

  • Las ciudades de Miquel -

 

Salas llenas de memoria

 

La obra que no es monumental de Navarro y que cabe en las salas se puede ver en centros valencianos como Fundación Bancaja o el IVAM, además de en su casa taller. En Fundación Bancaja, museo que cuenta en su colección con una veintena de piezas del artista -datadas entre 1987 y 2023- se pueden ver Figura para la batalla I (2008) y Fontana (1993) en el Espacio Arte Contemporáneo (E.ac.), una exposición permanente ubicada en la cúpula. 

 

También se puede ver su obra en la exposición permanente del IVAM donde se despliegan sus ciudades, y en su explanada, donde dan la bienvenida al museo sus esculturas Luna sobre prisma, Cara plana y Torre prisma piramidal, todas ellas del año 2001. El IVAM a su vez conserva más de 500 obras del artista, procedentes de adquisiciones y de una importante donación del artista, quien da nombre a la Galería 1 del museo. 

 


El Centro de Arte Hortensia Herrero cuenta también con obra de Navarro en sus fondos, entre los que se encuentra una escultura de zinc y aluminio que remiten a la horizontalidad del caminar, así como de aquellos edificios o torres urbanas que componen sus particulares ciudades. Entre todas las ciudades de Navarro se encuentra un artista que le movía el arte por la memoria, el alma y el tacto, y que creaba desde pequeño con el barro: “Mi interés por la escultura nace de los juegos de la infancia. Yo vivía en un sitio donde había una acequia y barro, y yo cogía el barro y lo modelaba. Siempre me ha interesado más lo tridimensional que lo bidimensional, y aquello de tocar para saber y conocer”, señalaba en una entrevista en el año 2022. 

 

Su arte y su juego siempre serán la sombra alargada de su recuerdo, de su eterno legado que se puede ver, visitar, entender y a veces hasta tocar en una ciudad que no va a olvidarle nunca. Miquel Navarro supo ver siempre el arte como el combustible del alma, y centrarse en contar su vida a través de este: “Yo no me inspiro, tengo la necesidad de plasmar mis emociones. Uno se inspira en todo, en su propia vivencia primigenia”, destacaba el artista, que ha sido el gran constructor de los sueños y las ciudades imposibles desde Mislata y València. Recordarle y celebrar su obra, mirando siempre hacia arriba con sus esculturas monumentales o hacia abajo con sus ciudades a escala, siempre será la manera de poder ponerse a la altura del maestro. 

 

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