VALÈNCIA. Durante las últimas semanas, la huelga de docentes de la educación pública valenciana ha inundado calles y conversaciones hasta convertirse en una protagonista inesperada del día a día. Pero la existencia colectiva no se nutre solo de aquello que ocupa nuestra realidad, sino también de las ficciones en las que nos sumergimos. Seamos conscientes o no, estamos hechos, en gran medida, de las fábulas que nos han marcado a lo largo de la vida.
Así que, mientras las reivindicaciones del profesorado se siguen desplegando a nuestro alrededor, quizás sea un buen momento para echar un ojo a las cartografías de la creación que tienen a la protesta como eje vertebrador o como telón de fondo. Esos relatos que articulan nuestro imaginario cuando de huelgas y lucha se trata.
Sin ánimo de desesperanzar a nadie, tenemos que empezar con una nota pesimista: Héctor Gómez, librero en Arribada Llibres, reconoce que, en la actualidad, no abunda la representación de las huelgas o los movimientos populares en las latitudes de la ficción, “al menos desde una perspectiva más mainstream. Tiene que ver con el reflejo de una sociedad cada vez más despolitizada y ajena a la conciencia de clase, donde las huelgas se ven más como una molestia incómoda que como un mecanismo (casi el único) de verdadera transformación social. Para leer o ver sobre huelgas hay que acudir al ensayo o al documental, porque en la ficción poco queda, al menos en el ámbito occidental. Otro caso diferente es la producción de latitudes consideradas tradicionalmente ‘periféricas’”.

- Norma Rae -
Una postura que respalda la crítica audiovisual y técnica de La Filmoteca, Áurea Ortiz, para quien en la actualidad las luchas obreras apenas tienen presencia en los inventarios de la ficción. Y cuando históricamente sí se han retratado esas problemáticas, continúa, el foco se ha centrado en los casos más violentos y vinculados “a grupos vulnerables o a trabajos penosos y difíciles que exigen gran esfuerzo físico y acaban mermando la salud: minería, fábricas con productos químicos… quizás porque son más llamativas para construir un relato”. Por otro lado, apunta a que a menudo la cinematografía (al menos, la de Hollywood) se centra “en lo individual, en el líder o en una persona que encabeza la movilización. Pienso en Norma Rae (1979), con esa imagen tan potente de la huelguista…”.
Desde sendas más optimistas, Ángela Martínez Fernández, profesora e investigadora en la Universitat de les Illes Balears (UIB), defiende que existe “una especie de empuje emocional en momentos de lucha”. Por ello, en el imaginario de las ficciones que representan huelgas o conflictos obreros ocupa un lugar fundamental “la posibilidad de compartir la euforia de lo que sería una victoria colectiva, que es algo que no pasa tantas veces”.

- Pan y rosas -
Atlas de títulos imprescindibles
En este atlas de fábulas que punzan nuestra forma de entender las protestas, ciertos títulos ejercen de coordenadas imprescindibles. Puntos de referencia para quien se halle en plena exploración de la revuelta. Consultado al respecto, Gómez recurre a dos clásicos: El acorazado Potemkin y La huelga, ambas de 1925 y dirigidas por Eisenstein. “Son películas maniqueas, pero que sientan las bases del imaginario sobre una huelga o revuelta que hoy conocemos. El ensalzamiento de las clases populares, la deshumanización de la autoridad, la exaltación de los motivos de la reivindicación, la represión, etc.”, sostiene. Y de La huelga habla también Ortiz: “hecha en pleno furor revolucionario, pero imprescindible, sobre todo simbólicamente y con esa especie de elegía a la acción colectiva que ahora resulta tan importante”. Otro filme fundamental para la autora del ensayo El arte de inventar la realidad (Barlin) es Pan y rosas, de Ken Loach (2000), “que ha ayudado mucho a fijar un cierto universo creativo sobre la necesidad de defender derechos”.
Otra obra que Ortiz considera fundamental cuando de reivindicaciones y pantallas se trata es La sal de la tierra, de Biberman (1954), “no solo por lo que cuenta sobre esa huelga minera y el rol de las mujeres, sino por cómo está realizada y cómo supuso la persecución para el director y la actriz. Es un ejemplo valiosísimo, precioso y una película extraordinaria”. Y luego está Con uñas y dientes, de Paulino Viota (1977), “una película estupenda, olvidadísima, hecha en condiciones precarias y que no entra en el relato oficial de la Transición, pero es esencial para entender la España del momento”.

- La sal de la tierra -
Si centramos la mirada en la literatura, Martínez apunta a la narrativa rusa y francesa: “me viene a la mente Germinal, de Zola, que narra una huelga minera. Y también Gorki, sobre todo con la novela La madre. Son dos obras para volver a leer muchas veces y volver a tomar conciencia, en el caso de Gorki, del poder de las mujeres en las protestas, en las manifestaciones y en las articulaciones colectivas”. En su registro de títulos preferidos aparece la novela gráfica La balada del norte, de Alfonso Zapico (Astiberri), sobre la revolución asturiana de 1934: “está contada con un detalle y una precisión excelentes”. Y también Somos Coca-Cola en lucha (La Oveja Roja), una autobiografía grupal donde los obreros de la fábrica de Coca-Cola en Fuenlabrada “no solo hacen una huelga histórica contra un ERE, sino que relatan cómo pudieron enfrentarse a una empresa mastodóntica”.
Turno para Mercè Pérez, editora de Sembra Llibres, quien introduce otra derivada: la memoria. En concreto, apela a los autores que abordan sus años de juventud combativa: “Lo vemos en experiencias contra el régimen franquista, pero también en revueltas populares y estudiantiles. Encontramos ese espíritu de fijar en la memoria vivencias personales unidas a este tipo de luchas”. Su inventario personal incluye títulos como No deixis que el foc s'apagui, de Joan Canela (Sembra), “que narra el movimiento postolímpico en Barcelona, con las casas okupas, y todo lo que supusieron los años noventa”, o Totes les cançons parlen de tu, de Xavi Sarrià (Sembra), donde se retrata “el ambiente de los años noventa en València y las reivindicaciones del momento”. Pero en esa taxonomía de las juventudes reivindicativas encuentran también hueco piezas como Las maravillas, de Elena Medel (Anagrama), “que habla de los años ochenta y las revoluciones feministas”, o Al sur de la Alameda, una novela gráfica de Lola Larra y Vicente Reinamontes (Ekaré Sur) que trata sobre la “Revolución Pingüina” de 2006 en Chile, protagonizada por los estudiantes. “Son obras que, desde lo personal, desde lo íntimo, reflexionan sobre cómo hacerse mayor mientras peleas contra alguna injusticia”, concluye.
Siguiendo en esa batalla contra el olvido colectivo, Pérez defiende que “si no vemos ejemplos de resistencia esperanzadores desde la narrativa, no podemos construir luchas esperanzadoras. En la huelga de docentes actual resulta esencial hablar de la huelga de docentes de 1988. Cuando la memoria es corta y nos falta transmisión generacional, entra en juego la literatura. Es importante no dejar que el fuego se apague, porque nos ayuda a reconectar reivindicaciones actuales con referencias del pasado”.

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Romantización y solidaridad de clase
¿Qué ropajes adopta habitualmente la protesta cuando es representada en un libro o una pantalla? ¿Cuáles son sus contornos, en qué latitudes artísticas se mueve, qué itinerarios traza y de cuáles reniega? ¿Cómo habla la ficción de esos momentos combativos?
Ortiz lo tiene muy claro: nos encontramos ante una representación “muy romantizada” del conflicto. Debido, en gran parte, a ese enfoque en la figura del individuo heroico “que luego acaba teniendo al colectivo detrás. La idea de la violencia también ha sido esencial: siempre plantear la protesta a través de ataques y enfrentamientos de todo tipo. Esto tiene que ver con ciertos tropos de la narración y con la necesidad de poner acción y no tanto contenido de diálogo, que no encaja con determinadas maneras más comerciales de entender el cine”.
Por su parte, Martínez Fernández recurre a una frase de la escritora Belén Gopegui en una entrevista en la revista Kamchatka: “decía que en el presente le costaba mucho imaginar o pensar en antagonismos victoriosos. Es decir, que parece que la cultura actual vincula las huelgas y las luchas obreras con una narrativa del fracaso y con la imposibilidad de vencer y de articularnos grupalmente. Y siento que ese término de los ‘antagonismos victoriosos’ es muy potente”. A este respecto, la investigadora de la UIB señala dos novelas “inspiradoras y que marcan el camino”. Una de ellas es precisamente de Gopegui, El comité de la noche (Random House), “sobre una organización clandestina que intenta enfrentarse a las empresas farmacéuticas”. La otra es Tu futuro empieza aquí, novela gráfica de Isaac Rosa y Mikko (Nube de Tinta), “donde los mal llamados "ninis" se empiezan a infiltrar en aquellos trabajos donde no los contratan; eso se contagia y consiguen al final dar lugar a un movimiento colectivo con ecos del 15M”.

- Pride -
El conflicto y el fracaso como aspectos inherentes a la izquierda, cuenta el librero de Arribada, “siempre están presentes en este tipo de representaciones, donde muchas veces se ponen sobre la mesa las contradicciones de este tipo de lucha y los precios a pagar”. Sin embargo, prosigue, hay otras revueltas sociales “que se utilizan como escenario para un coming of age político o vital, con una perspectiva más amable y emancipadora”. Como muestra, cita la película Pride (2014), que narra la alianza entre los mineros en huelga contra Thatcher y los vínculos que tejieron con el colectivo LGTBIQ+. Una elección con la que vuelve a coincidir Ortiz, quien la inscribe en “ese cine británico a medio camino entre la comedia y el costumbrismo que acaba transmitiendo mensajes sociales importantes. Es una pieza muy valiosa para estos tiempos. Con el auge del fascismo y las críticas constantes a la acción obrera y sindical, es genial reivindicar la solidaridad de clase”. De hecho, lamenta que el concepto de clase social está “desapareciendo tanto del cine como de muchísimos debates públicos”.
Revueltas invisibles
Hay luchas que acaparan los destellos de la ficción. Mientras, otras quedan en un segundo o quinto plano. O incluso resultan invisibles para la producción cultural. Algunas reivindicaciones protagonizan estrenos y mesas de novedades, pero, relegadas a los márgenes de los márgenes, subsisten un puñado de revueltas, o de aspectos de las mismas, que apenas encuentran eco en el ecosistema creativo. Sobre este punto, Gómez señala como invisibilizado “todo lo que tiene que ver con lo que hay detrás de la revuelta. Esas personas (casi siempre mujeres) que sostienen la casa y la familia mientras los hombres están protestando y, además, sin dinero entrando en casa. En definitiva, todo lo que pasa no en el terreno público sino en el ámbito privado”.
Para la editora de Sembra todavía quedan muchos “combates por el territorio esperando a ser relatados, como lo que pasó el 1 de octubre en Catalunya. Pero también nos faltan historias íntimas de revoluciones personales. Pensemos en Didín Puig, en Virtudes Cuevas, en muchas mujeres valencianas que batallaron; pensemos en La mestra, de Víctor Labrado (Bromera)”.
En cambio, Martínez Fernández alude aquí a un invitado inesperado: el desacuerdo en el seno de la propia lucha. “A veces tenemos miedo de mostrar nuestras costuras. Es estimulante sacar matices de cómo son los debates al organizar una protesta”, admite. En ese sentido, ensalza la película Tierra y libertad (1995), de Ken Loach: “maravillosa y lúcida. En una de las escenas, los campesinos debaten sobre cómo debe repartirse y gestionarse la tierra. Es un fragmento magnético; ayuda a aprender sobre el diálogo y sobre algo fundamental en cualquier espacio de politización y militancia: el disenso”. Quizás por ello vuelve a una frase de El comité de la noche: “Lo imposible es una provincia de lo posible, la más remota, pero existe y a veces se alcanza”. Según la investigadora, en el imaginario actual a menudo impera “la desacreditación hacia las protestas, pero todavía forman parte de lo posible”.

- Tierra y libertad -