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VALÈNCIA A TOTA VIROLLA

La lectura de por qué en el centro de València hay tantos lugares con apariencia de bares de época

Los bares han explicado durante décadas y décadas la distribución social en nuestras ciudades. Ahora también lo están haciendo, aunque a partir de una gran omisión

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VALÈNCIA. Puede aplicarse al paseo que va de la Lonja a la Plaza del Ayuntamiento de València, pero el patrón se reproduce en buena parte del centro de la ciudad. Bares nuevos que, sin embargo, reproducen la estética estereotipada del bar de siempre. Con lugares comunes imitando a aquellos locales ancestrales entre cuyas mesas una sociedad organizó su conversación. En el 11 de María Cristina, un chaflán vistoso acoge Gran Mercat, con cristaleras que serigrafían mensajes de los antiguos establecimientos que podían verse por el centro, unas cuantas décadas atrás. Algo más adelante, en el número 3 de la misma vía, Bartínez trae hasta su frontal una narrativa similar: tipografías señeras, apología del vermut, clasicismo en vena. Al llegar a la plaza, Barecito -en los bajos del hotel Meliá-, explota la idea del casticismo de barra, en un espacio muy logrado (es un proyecto bien trabajado) que no deja lugar a la duda: el atractivo de los bares es imperecedero.  

Podría parecer que es una dinámica que viene de lejos, pero donde Gran Mercat hasta hace no mucho había una cervecería de estética estándar, donde Bartínez una jamonería impersonal, donde Barecito los propios espacios interiores del hotel, volcados de puertas para adentro.

Esta apuesta redoblada por recuperar el carácter nostálgico de nuestros bares no es inocua. Hay algo más que la simple creencia de unos cuantos empresarios esperando que esa añoranza sea un buen transmisor. 

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Conviene atender a los bares porque, por acción o por omisión, suelen reflejar el espíritu de una época. Hace pocos meses el investigador Javier Rueda publicaba Utopías de barra de bar, centrado en el poder de los bares como espacios de convergencia social, con especial énfasis en los territorios que se vacían de población, justo donde los bares son casi la última trinchera antes de la esterilización total de lo colectivo.

Pero también en nuestras ciudades el bar está gritando. Hace pocas semanas el grupo Capuccino adquiría el Café Gijón, en Madrid. Se montó la típica algarabía nostálgica ante la pérdida de un mito. Sólo que se trataba de un movimiento lógico después de años de un Café Gijón trampantojo estirando el chicle, vaciado de su aura. El mito ya había caído mucho antes. Cuando la clase social asociada al Café se diezmó pero el Café quiso vivir de esas rentas. 

La mitificación del bar como elemento urbano está bien fundamentada porque, durante mucho tiempo, ha sido algo así como un espacio capaz de agrupar (y demarcar) colectivos sociales. Como recuerda Javier Rueda “la memoria y la identidad populares son indisociables de estos espacios. Por esta razón, la historia de bares, cafés y tabernas ha sido también la historia de la lucha de clases, así como de su segregación espacial”. Los bares, no hace tanto, han amalgamado la visibilidad queer en lo que la activista Shangay Lily denominó una transición “del retrete a la vitrina”.

  • Foto: KIKE TABERNER. -

Pero el propio Rueda se pregunta si esos mismos imaginarios se mantienen hoy o tienen alguna incidencia en los espacios paradigmáticos de nuestras ciudades: “¿es la Plaza Mayor de Madrid hoy un espacio político interesante?”.

Si son un espacio político -me atrevo a contestar- es precisamente por las carencias que muestran, y no tanto porque prolonguen ese viejo orden de agrupación social. Que buena parte de estos bares que menciono se sitúen en ubicaciones de tránsito rápido, pleno epicentro turístico, no solo no es contradictorio sino que es lógico. Ante la falta de claridad en torno a las identidades sociales (ya no hay bares obreros porque hace tiempo que cayó la autoconciencia de clase obrera), la apariencia del bar de siempre es un buen reclamo porque promete claridad y personalidad en mitad de espacios desordenados y demasiado homogéneos. 

Puede parecer paradójico en un momento en el que los bares que formaron parte del último siglo cayeron uno tras otro. Entre las contadas enseñas que no sucumbieron al nuevo orden del tránsito y la digitalización, las hay que dejaron de entender que su futuro pasa por no asemejarse a su entorno. Leía estos días a Jaime Roch (Levante-EMV) contar cómo en la horchatería Santa Catalina sirven ahora el chocolate en vasos de plástico… 

Pero es justo por esa carencia por lo que la promesa de autenticidad cotiza al alza. Para consumo propio (vecindad) y para consumo visitante (confirmar las expectativas). Nuestras ciudades necesitan espacios de convivencia en los que parecerse mucho más a sus propios imaginarios. Quien consiga ir más allá de la decoración, también en los bares, tomará ventaja.

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