VALÈNCIA. Uno de los proyectos culturales de València que mejor han entendido la dimensión física del futuro es el de los cines Babel. Además de quitarse unos cuantos años de encima, por tanto de ganar unos cuantos años de ventaja, han situado en su cafetería una especie de plaza pública. Sus nuevos responsables -Guillem Beltrán y Leví Navarro, sumados a Antonio Such- sabían que un cine ya no puede ser solo un lugar al que ir a ver películas y marcharse, sino que el propio cine debe ocupar la centralidad, ser un lugar en el que querer pasar tiempo. Que no se tiene comunidad sino se permite que esa comunidad disponga del espacio para compactarse. Antes y después de las películas, el bar del Babel -alimentado además de los libros de Bangarang- es uno de los lugares más vivos de València.
Basta con tener un poco de ojo, estar algo espabilados ante el rumbo de la ciudad, para entender que por mucho que nos intentan empapuzar de la nostalgia de los viejos cafesgijón, ese formato ya no existe, ha desaparecido. Eso no significa que parte de la sociedad local no se siga juntado en torno a cafés, aunque lo haga de forma atomizada, sin los convencionalismos del viejo orden.
La ausencia del café del Rialto de la conversación pública representa un hito. Uno sobre la ausencia de imaginación y de capacidad para promover encuentros. Para ganar nuevas audiencias. Ese espacio bisagra ha permitido múltiples conexiones bajo sus contorsiones art-déco. ¿Por qué no lo hace ahora?
No es que en Rialto o la Filmoteca -sus instalaciones paraguas- necesiten una cafetería, es que la política cultural valenciana requiere justo de lugares así. Alfonso García, en Levante-EMV, daba cuenta la semana pasada de la inactividad del café que siempre pareció estar ahí.
Aquello que se pierde puede ser doloroso, y desde luego afecta al desgaste de un carácter colectivo como urbe. Creo, en cambio, que en un caso como éste lo peor es lo que tiene que ver con la renuncia. Los proyectos culturales de carácter público necesitan reunir a su sociedad local. Ese objetivo está implícito en el beneficio social que nos prometen. Esa reunión no se producirá tirando de rentas o creyendo que la institucionalidad es lo suficientemente atractiva como para reunirnos a todos. Requiere acción y entendimiento de las nuevas coordenadas sociales.

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- Foto: VISIT VALENCIA
Lo hacen los Babel… cómo no lo van a poder hacer las principales instituciones culturales valencianas, con presupuestos muchísimo mayores. Las licitaciones de las infraestructuras culturales deben dejar de ver a los encargados del café o de la tienda como aprovechados, para pasar a tomarlos como aliados fundamentales a la hora de fomentar la conexión con las audiencias. Las de antes y las que están por llegar.
Es recurrente encontrar licitaciones que condenan, a responsables de espacios como éste, a ofertar a peso, a partir de su capacidad cruzada para gestionar cafeterías a granel. Sin margen de maniobra para cualquier editorialización. Como si la institución admitiera satélites que para orbitar deben pagar un impuesto revolucionario y hasta ahí la relación. Si desde las políticas culturales se quiere seducir al público, áreas intermedias como éstas deben ser parte del proyecto, no un cuerpo extraño.
Hay que en el caso del Rialto un agravante. Su situación idílica, en pleno cogollo urbano, le confiere la capacidad para que desde el sector público se oferte algo más que paso rápido. Tránsito, tránsito, tránsito. Maletas de aquí para allá. El Rialto podría, debería ser, un antídoto. Un espacio de encuentro para locales.

- La fachada del Edificio Rialto. -
- Foto: ESTRELLA JOVER
Los terceros lugares, como reverso de los no-lugares, procuran cobijo. Son la esquina donde ejercitarse frente al marchamo rápido y la imposibilidad de conexiones imprevistas. Todo lo tiene en Rialto para ser tercer lugar de excelencia, tal que un balcón a una Plaza del Ayuntamiento que se imagine como algo más un sitio de paso. En cambio, al igual que la ciudad se quedó casi sin kioskos (poca culpa, no se vencen periódicos), las instituciones culturales se están quedando sin cafeterías (con la diferencia de que la gente sí sigue yendo a ellas).
Algo no encaja cuando la persistente monserga enfocada en lo que se perdió (los espacios deslumbrantes que hicieron de València una ciudad interesante), no van acompañados de un plan de acción necesario para procurar aquello que creará interés a la ciudadanía local. De tanto poner el énfasis en el mejor postor, olvidamos el beneficio social, propósito último de la cultura pública.
Hace tiempo que las librerías descubrieron que ya no era suficiente con quedarse detrás del mostrador. Debían hacer que sus estantes llenos de libros se movieran, con una programación capaz de atraer y retener. El Rialto, por tener, tiene hasta un escenario. El Rialto debería pasarse por el Babel.
¡Si hasta Zara tiene una cafetería para ganar adhesión a su marca!