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LISTAS A INCUMPLIR

Propósitos sí, deberes no: instrucciones para un goce cultural sin culpa en 2026

  • Los 400 golpes
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VALÈNCIA. Con cada mes de enero, toneladas de humanos trazan sus buenos propósitos para el año que comienza. En el negociado que nos ocupa, estos objetivos suelen traducirse en un listado de metas culturales de distinto pelaje. Por ejemplo, retomar costumbres lectoras o cinéfilas abandonadas por falta de margen en el calendario. Ampliar el horizonte de goces musicales. Renegar de los ritmos desquiciados del presente para sumergirse en placeres artísticos lentos, absorbentes o retadores. Descubrir creaciones que zarandeen nuestro espíritu o nos ofrezcan consuelo y abrigo. Reencontrarse con títulos y firmas que ya nos hicieron felices hace tiempo. Enfrentarse a la siempre temida y nunca menguante pila de libros pendientes.

En definitiva, esbozar promesas y llevarlas a cabo. O todo lo contrario: plantear una enmienda absoluta al concepto de buen propósito y dejarse llevar al son de un tambor íntimo. Renegar de la productividad y el resultadismo en las gradas del ocio. No en vano, las misiones autoimpuestas se transforman a menudo en el motor perfecto para la culpa y el estrés. Un pase directo a la prisión de las tareas incumplidas.

Con la voluntad de construir un 2026 más gozoso y menos autoexigente, desde Culturplaza interrogamos a algunos agentes culturales sobre los hábitos que aspiran a poner en práctica durante el año que entra. El resultado es un inventario de deseos que buscan la plenitud y huyen del reproche.

  • España oculta, la muestra de Cristina García Rodero -

Manuel Garrido Barberá, ilustrador, librero y gestor cultural

“Si pienso en tener propósitos culturales siento que me estoy poniendo deberes. Y bastantes tareas nos pone ya la vida como para encima ir a buscarlas. Por eso mis pretensiones no van encaminadas tanto al aumento como a la mejora en términos de disfrute y también de honestidad. 

A 2026 le pido anteponer el placer a la productividad; recuperar algo de la curiosidad, la observación y el asombro infantil; disfrutar más de los procesos sin que importen tanto los finales; abrazar la improvisación, el error y el azar; jugar de la manera más seria, es decir, desaforadamente y sin mirar el reloj. Le ruego la capacidad de huir de las exigencias de estar al día con el canon que esté de rabiosa actualidad en cada momento. Leer libros, visitar museos, ver películas que siempre he querido ver y que nunca fueron una prioridad… Y también revisitar aquellas obras que en su momento, con la mochila menos cargada, interpreté de una manera y no de otra. Abandonar el afán completista de tener que terminar algo que no me esté gustando, emocionando, divirtiendo.

Y, sobre todo, espero aprender a hacerme mayor sin rechazar de entrada aquello que no entiendo o que no se dirige a mí escudándome en que en mis tiempos, signifique lo que signifique eso, sí que se hacía buena cultura y es que vosotros no sabéis”.

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Alejandro Morala Girón, investigador en Comunicación Audiovisual 

“Uno de los inconvenientes de la investigación universitaria es que te obliga a seleccionar lecturas concretas y prácticas, sin dejar espacio a la serendipia lectora ni a la recreación. Pasado el deadline de una clase, congreso o artículo a presentar, debo abandonar los textos empezados, sea cual sea la situación. Este 2025 he sufrido la lamentable experiencia de trabajar novelas clásicas de la biblioteca que, caducada su impostada ‘utilidad’, devolví a medio leer: Las ranas de Aristófanes, Orgullo y prejuicio de Jane Austen, Drácula de Bram Stoker, Robinson Crusoe de Daniel DefoeUn primer propósito para 2026 es reencontrarme con aquellos libros abandonados, darles la segunda oportunidad que merecen, si es que ellos me la conceden a mí.

Un segundo propósito es regresar a las salas de cine independiente, aquellas que apuestan por los títulos más pequeños, personales y en versión original. Para quienes vivimos lejos de las grandes capitales, la primera opción cinéfila son las grandes multisalas de los centros comerciales, donde priman las superproducciones de Hollywood, las tres dimensiones y el doblaje. En 2025 he restringido mis viajes a tales centros por comodidad y falta de tiempo. Quiero pensar que el esfuerzo que supondrá viajar a otra ciudad y acudir a esas pequeñas salas en 2026 estará más que compensado por la riqueza y originalidad de su cartelera.

Por supuesto, me gustaría incentivar mi cultura museística. Veo necesario explorar exposiciones ajenas a nuestras coordenadas culturales, descubrir temas y perspectivas que nos den que pensar, hablar, discutir. Mi deseo para 2026 es aventurarme en aquellas iniciativas que me parecen menos atractivas, precisamente porque de ellas nacerán las más grandes sorpresas. Un último propósito, más banal, es agudizar mi listening para entender de primeras y memorizar las canciones en inglés que escucho normalmente, desde ABBA a Micah P. Hinson. El adiós al tarareo: una forma inteligente de aunar aprendizaje y disfrute.

En definitiva, entre el reencuentro y el descubrimiento, entre la curiosidad y el placer, todos mis propósitos culturales se reducen al que proponía Roland Barthes en su Lección inaugural de 1977: conseguir «un poco prudente de saber y el máximo posible de sabor»”.

  • Ingmar Bergman, Fanny y Alexander -

Ana Campoy, escritora

“Durante años he intentado llevar una lista de los libros que leo, pero siempre acaba pasando lo mismo: empiezo con entusiasmo y termino abandonándola. Me ocurre igual que con los diarios o con cualquier sistema demasiado estricto. Aun así, este año volveré a probar. Supongo que funciona como los buenos propósitos de ir al gimnasio o dejar de fumar: aunque no siempre se cumplan, sirven para marcar una intención.

Este año, además, me he comprado una estantería nueva y he reorganizado mi biblioteca. Al hacerlo me he dado cuenta, de forma más evidente, de la cantidad de libros pendientes que tengo. Por eso otro de mis propósitos es reducir esa pila. No puedo evitar seguir comprando libros (mi único vicio), pero deseo hacerlo de forma más racional. Incluso me he propuesto fijar, como mínimo, una hora de lectura diaria al final de la jornada. Hasta ahora he sido bastante caótica: leo cuando tengo un rato o cuando me apetece. Este año quiero ser más disciplinada, también para dejar un poco de lado el móvil y las redes sociales, que roban muchísimo tiempo. Me gustaría que 2026 fuera más analógico.

Por otra parte, a principios de año se suelen publicar artículos sobre las grandes exposiciones que se van a inaugurar y me gusta fantasear con poder visitar algunas, aunque estén fuera de València o incluso en el extranjero. Generalmente no sucede, pero cuando una exposición me interesa de verdad, sí soy capaz de organizar un viaje. Lo hice, por ejemplo, con la retrospectiva de Ana Mendieta en León. Este 2026 tengo muchísimas ganas de ver España oculta, la muestra de Cristina García Rodero en el IVAM. También quiero regresar a los clásicos del cine, hay muchísimas películas míticas que no he visto. Cuando estudié Comunicación Audiovisual conocí a muchos autores importantes, pero a menudo veíamos solamente sus títulos más representativos. Me gustaría profundizar, por ejemplo, en la obra de Bergman, de John Huston, en la Nouvelle Vague…  Ya que algunas plataformas ofrecen esas piezas en sus catálogos, quiero reservar tiempo para ponerme al día con todo eso.

Pero bueno, todo esto son solo propósitos. Y los vivo con una condición clara: no quiero que la cultura se convierta en otra fuente de estrés, sino que sea un motivo de ocio, inspiración y disfrute”.

  • España oculta, la muestra de Cristina García Rodero -

Sara Olivas, poeta y gestora cultural 

“Este año es el primero en el que no me propongo propósitos que, a duras penas, sé que no voy a cumplir. Sin embargo, si pienso en deseos culturales como tal, me gustaría volver más al teatro, un plan que siempre me ha encantado, pero que he dejado de lado desde que cambié la gran ciudad por el pueblo, donde la oferta cultural es más limitada. También quiero leer a más autoras independientes, vivas, jóvenes, que como yo no tienen detrás una gran editorial, ni un plan de marketing, ni padrinos ni madrinas. Y, sobre todo, me gustaría dejar que la vida (y también la cultura) me sorprenda. No ponerme tantos deberes ni largas listas porque no siento que la cultura sea una obligación, sino un placer, una elección y un refugio”.

Celia Cuenca, escritora e investigadora

“Hace poco escuché hablar de un libro en el que se decía que la cultura son todas las herramientas que tenemos para enfrentarnos a nuestro entorno y sobrevivir en él. No recuerdo quién lo formuló exactamente, pero la idea me pareció preciosa, porque implica que todo lo que nos rodea puede ser cultura si nos ayuda a vivir un poco mejor: las canciones que escuchas en la adolescencia, las películas que ves cuando estás triste, la receta de tortilla que te enseñó tu abuelo, los consejos que te da una amiga antes de una cita o de un examen… Me gusta especialmente esta definición porque, por un lado, elimina la distinción entre las llamadas ‘alta’ y ‘baja’ cultura. Y, además, pone en valor todo aquello que forma parte de nuestro día a día y de nuestro contexto personal, cosas que normalmente damos por sentadas.

De repente, tu novela favorita o tu bolígrafo de la suerte pueden ser tan importantes como el ibuprofeno que llevas en el bolso. Todos cumplen una función real: unos de una forma más física, otros más emocional o incluso espiritual. En ese sentido, creo que si algo te conmueve, si algo que lees, ves o dibujas consigue hacerte sentir un poco mejor antes de una reunión importante, al salir del trabajo o en un momento difícil, eso ya merece la pena y debe ser valorado, celebrado y compartido.

Por eso, si tuviera que formular un propósito para este año, y quizá para la vida en general, sería ese: aprender a disfrutar de las cosas que nos rodean y que parecen inútiles o demasiado pequeñas, pero que en realidad nos están sosteniendo. No tienen que servir para hacer contenido, ni para una story de Instagram, ni como reflexión para un post. Puede ser el edificio favorito de tu ciudad, la taza en la que te tomas el café o la música que acabas de descubrir porque la ha puesto un compañero en el despacho. El propósito es quedártelo para ti, dejar que te conmueva y no intentar darle una utilidad más allá”.

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Paola Franco, crítica cinematográfica y programadora

“Desde hace años no me pongo propósitos culturales, no por una cuestión de indiferencia, sino más bien porque no me gusta la idea de establecer unas metas que tienen que venir del disfrute, de la curiosidad o de la exploración, y no de la necesidad de tachar cosas de una lista. Evidentemente, quiero leer más, ver más cine, salir de mi zona de confort musical, acudir más a cineclubs o ir más al teatro, pero no porque me haya autoimpuesto una presión de cosas a cumplir, sino porque me hace feliz (por muy cursi que suene). Además, soy un poco anárquica y muy de decidir en el momento, por lo que un listado, que para muchos puede ser una guía, me resulta ortopédico.

En mi área de trabajo hay que intentar compaginar dos vías: por un lado, estar al día de lo que pasa en el audiovisual y, por otro, ir completando periodos y filmografías de distintos cineastas y ahondar en diferentes cinematografías. Es estimulante y gratificante, pero muchas veces se mezcla este trabajo de investigación con el ocio per se. En este sentido, me gustaría encontrar más tiempo para disfrutar de esos placeres culpables que muchas veces escondemos o poder darle prioridad a según qué directora que siempre postergo porque tengo otras cosas que ver.

Eso sí, hay un propósito que siempre tengo grabado en mayúsculas y negrita: mantenerme alejada de las enumeraciones que están hechas más para ser expuestas y satisfacer vanidades que como un ejercicio íntimo. Las redes son un buen marco para compartir e intercambiar reflexiones o sensaciones, pero a menudo se establece un uso mercantilista de la cultura, que es vista como un objeto de consumo y una forma de obtener likes. Recibimos tantos estímulos sobre lo que está de moda, lo que no nos podemos perder en literatura, cine y series, música, etc., que el placer de la experiencia cultural pasa a ser secundario, porque lo que importa es completar una especie de gincana, obtener un check más. La cultura como una obligación banal y artificial es algo que me repele e intento evitar a toda costa”.

  • El halcón maltés -

 

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