Regular los excesos digitales implica al diseño urbano: del aura al Túria

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VALÈNCIA A TOTA VIROLLA

Por qué en las mesas de regulación de las redes sociales deberían sentarse unas cuantas urbanistas

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VALÈNCIA. Una concentración cuantiosa de personas saliendo a cenar a la fresca, movilizadas. Una colección variopinta de jóvenes en círculo congraciados para batirse en aura (o algo así). Un torrente de aspirantes a atletas citados cada fin de semana a primera hora en cafeterías de la ciudad para salir a correr juntos. Una multitud de dibujantes reunidos en un jardín romántico para pasar parte del domingo llenando sus hojas de finos garabatos. 

De lejos, todos serán sometidos a un interrogatorio basado en nuestra cantidad particular de prejuicios: qué hacen aquí pudiendo estar en otra parte. O: cuidado con la imagen que van a dar de nosotros ante quienes vienen a dejarse dinero en València. O lo peor de todo: ¿qué utilidad tiene lo que están haciendo?

 

En estas últimas semanas han coincidido en el espacio público unas cuantas actividades que, por separado, apenas tienen vínculo común pero que juntas adquieren un sentido nítido: un hambre de reunión y, en consecuencia, una voracidad para socializar en plena ciudad sin tener que pagar peajes.

 

La línea que une puntos, desde la concentración a favor de las cenas a la fresca (¡cualquier día será necesario movilizarse por el derecho a pasear!) a las quedadas para farmear aura, expresa una ciudadanía hastiada de relaciones que discurren solo en el entorno digital. Así, aprovechan cualquier oportunidad al vuelo para hacer del entorno urbano una sala de estar. 

“Estamos prestando más atención a determinadas formas de ocupar la calle”, cree la arquitecta y escritora Sonia Rayos, pendiente por cómo nos relacionamos en los espacios físicos. “Me parece muy significativo que muchas de esas formas tengan que ver con lo colectivo: salir a correr juntos, practicar yoga, bailar… Lo que no sé es si esa recuperación implica todavía una conciencia real de que la calle es de todos”.

“Veo en el ambiente, presiento, una rebelión ante la soledad detrás de las pantallas”, señala el ilustrador Diego Blanco, uno de los impulsores de Ojo Garabato, quedadas en entornos urbanos para dibujar, la última estos días en los jardines de Monforte. “La gente está adicta, todos queremos salir de esa adicción digital que tenemos”. 

 

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Tiene mucho de simbólico -y no precisamente para bien- que la mayoría de disquisiciones en torno a los límites de acceso a redes, o la regulación de un día a día hecho scroll infinito, no incluyan en sus soluciones una relación renovada con los lugares donde vivimos. Como si la alternativa a reducir parte de esa adicción no se encontrara a las puertas de casa. 

 

Comprender que la discusión digital implica a la discusión sobre los entornos físicos, porque forma parte de un mismo tiempo de uso, obliga a una revisión de qué espacios se diseñan en nuestras urbes. Hace tiempo que Pokémon Go ya explicó esto: en sus primeros días de uso, en 2016, hasta 500 millones de usuarios tomaron las calles impulsados por la dinámica del juego. Siguen siendo millones, diez años después. Todos esos datos, como un esqueleto mecánico que hubiera ido aprendiendo los movimientos del andar, han servido para que la empresa Coco Robotics los compre y lance ahora sus robots autónomos de reparto. Simplemente, vivimos en una era nueva donde dimensión digital y dimensión física se solapan todo el tiempo. 

 

Las soluciones a la saciedad digital no podrán llegar sin que de ellas participen nuestras calles y plazas. ¿Diseñando espacios específicos para cada novedad, cada colectivo, cada nueva necesidad? Tal vez sería una reacción guiada por la ansiedad urbana de querer llegar a cada nuevo cambio. Pero parece más útil crear espacios lo suficientemente amplios y elásticos como para permitir múltiples formas de encontrarse. València ya inventó esto: se llama Jardí del Túria.

 

Con todos los sesgos que los entornos urbanos arrastran -dime qué renta tienes y te diremos qué tipo de ciudad te corresponde-, es en ellos donde todavía hay una cierta capacidad para la sorpresa, introduce Sonia Rayos. “En la calle podemos coincidir personas muy distintas. No elegimos quién está allí. La calle conserva todavía cierta capacidad para producir azar. Paradójicamente, esa diversidad tampoco está garantizada en las redes. Tendemos a movernos entre gente, contenidos u opiniones seleccionados por nosotros. Hasta el algoritmo propicia esa burbuja”. 

 

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“Poco a poco se nos fue haciendo raro ocupar los espacios públicos de manera individual, el hecho de hacerlo con mucha gente hace que te apropies del espacio sin extrañeza”, considera Diego Blanco. 

 

Cuando una mezcla de incomprensión y superioridad moral arreció ante algunos encuentros de niños y adolescentes, en el episodio de la semana farmear aura está de moda, muchas otras reacciones señalaron que gracias a ese pretexto centenares de personas hacían uso espontáneo del entorno en el que viven. Una normalidad que pareció extraordinaria al quedarnos en la superficie del fenómeno. 

 

“No creo que pensemos: ‘voy a ocupar la calle como un acto de resistencia’, simplemente empezamos a echar de menos cosas muy básicas como compartir tiempo, movernos juntos, hablar con gente, estar fuera de casa sin mirar una pantalla. Quizá por eso volver a ocuparla tiene algo de pequeña rebelión: no tanto contra la tecnología, sino contra una vida excesivamente programada, privatizada y previsible”, resume Rayos. 

En la mesa sobre la regulación de las redes sociales debían sentarse unas cuantas urbanistas.  

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