VALÈNCIA. Como le gusta recordar al historiador Vicent Baydal, València no s’acaba mai. Así lo canta Julio Bustamante en una de esas tonadillas destinadas a darle la razón a esa masa que patea la ciudad con la esperanza de sentirse –todavía– un turista en su ciudad. Esa es la sensación al encontrar uno de los espacios más relajantes y accesibles del lugar: la Sociedad Acuariófila València, cuya sede social parece encapsulada y protegida de curiosos (o, al menos, de momento). En apariencia un club, en apariencia una tienda de animales, lo cierto es que sin que nadie se haya empeñado en crear el hype (léase, cat cafés) no hace falta ser socio ni tener un acuario para sentarse un rato en su salón, tomarse un café y evadirse en su interior.
Los amantes de los peces que se reunían en un gimnasio
En el inicio de curso esta posibilidad, terriblemente asequible y agradecida, parece todavía más sugerente. Y lo es, pero uno también puede curiosear entre las decenas de acuarios y preguntar a sus responsables y trabajadoras por lo que allí sucede. La historia, más o menos, se inicia a inicios de los sesenta en un gimnasio. Sí, en un gimnasio en el que se reunían para comprar peces, hablar de plantas y compartir consejos en la construcción de acuarios. Luego parece ser que fue en un local del colegio de los Dominicos hasta que, finalmente, en 1965, decidieron abrir su sede social.