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NOSTÀLGIA DE FUTUR / OPINIÓN

Obsesiones de 2016: deseos para la València de 2017

29/12/2016 - 

Cada uno tiene sus obsesiones. Diciembre es un mes propicio para revolverse en las mismas. La tortura medio placentera de hacer balance nos las devuelve jerarquizadas. Tiendo (tendemos, diría) a recurrir a nuestros mantras, respirar hondo y afirmar para adentro que el año venidero va a ser mejor. 

Tengo dos obsesiones, es decir, dos ideas fijas o recurrentes que condicionan mi actitud. La primera se le debo a mis padres y a Joan Salvat Papasseit (vía Joan Manuel Serrat) que decía que tenir un propòsit no és fer feina; o lo que vendría a ser similar, en castellano, que hechos son amores y no buenas razones. La segunda es la nostàlgia de futur que sentía Josep Renau. Nostalgia que da nombre a esta columna quincenal, que he intentado interpretar en clave política y que incluso musicamos en el grupo 121dB.

No se me ocurre, una vez más, una mejor manera de plantear este inicio de año, clave para la València que habitamos, que recurrir a esas dos obsesiones. Una València orgullosa otra vez por fin de su toponimia: que otra vez por fin ve su nombre escrito sin pudor en novelas, ensayos y canciones. Una València al mar como la de Felip Bens o una València que no s’acaba mai como la de Vicent Baydal. Una València sin pereza, a la faena. 

La nostalgia de futuro, origen y territorio reinterpretados con optimismo crítico, es un punto de partida para elaborar nuestra lista de deseos. Algunos de esos deseos, afortunadamente, ya se empiezan en parte a cumplir. Dejen que vaya a por la lista y que la construya a partir de las reflexiones, bastante obsesivas que he podido plasmar en este periódico durante el 2016. 

En primer lugar, deseo que València sea por fin una ciudad inteligente. Y para que Valencia acabe de convertirse en inteligente la tenemos que tratar todos como si ya lo fuera. No estoy pensando (solo) en sensores y tecnologías de la smart city. Hablo de una ciudad de ciudadanos y empresas inteligentes. Dónde podamos discutir de todo siempre que el debate esté argumentado. Sea de cruceros o de casinos. Una ciudad con un debate público en el que poder engañarnos y aprender de ello. 

En segundo lugar, me encantaría que nos creyésemos del todo el potencial de la calidad de vida como herramienta de desarrollo económico; la relación lógica entre tolerancia, bajas barreras sociales de entrada, espacio público y vida social con la innovación y la creatividad. Pocas cosas son más transformadoras como sentirnos a gusto donde vivimos.

En tercer lugar, una ciudad que de manera participativa definiese un modelo económico o, al menos, un proyecto a largo plazoUn modelo inclusivo, abierto, de colaboración competitiva y también arraigado. Una ciudad con un modelo post-neoliberal que aproveche y active las infraestructuras generadas por la burbuja especulativa. 

València tiene que pasar, en políticas, de la anécdota a la estructura. Por eso, todavía necesita un plan. Vayamos a por el 2017, que tenir propòsits no és fer feina

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