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HISTORIAS DE CINE

Ocurre enfrente de nuestra casa: reflexiones sobre ‘Spotlight’

La excelente película de Thomas McCarthy, una oda al periodismo, es un recordatorio a la sociedad de que debe estar atenta a los abusos del poder

3/02/2016 - 

VALENCIA. El colegio religioso donde se protegió a un sacerdote que abusó de menores está justo enfrente de una sede del Boston Globe. Una de las casas donde se aparta a curas que han cometido abusos se halla apenas a una manzana y media de la casa de Matt Carroll, un periodista de investigación de este medio. El propio periódico ha publicado noticias sueltas al respecto durante años y en una de ellas se denunció que había veintenas de sacerdotes acusados y protegidos por el cardenal de Boston. Las denuncias más sólidas llegaron al diario cinco años antes en una caja de cartón enviada por una antigua víctima. Y sin embargo el escándalo realmente no estalla hasta que el periodista de origen portugués Michael Rezendes publica el día de Reyes de 2002 el primero de una larga serie de artículos con sus compañeros de investigación de ‘Spotlight’ (tradúzcase como iluminar). Es de hecho esta circunstancia, el que todo ha pasado justo enfrente de sus narices, lo que más desconcierta a Walter V. Robinson y así se refleja en la excelente película Spotlight de Thomas McCarthyque se estrenó este viernes en España.

A Rezendes le encarna un espléndido Mark Ruffalo, brillante hasta en los gestos más pequeños, mientras que a Robinson lo hace un no menos encomiable Michael Keaton, quien vuelve a interpretar a un periodista después de hacerlo en la divertida y convencional comedia The paper (Detrás de la noticia) que rodó Ron Howard (1994). Junto a ellos, una más que convincente Rachel McAdams como Sacha Pfeiffer, Liev Schreiber como el editor Marty Baron, John Slattery como Ben Bradlee Jr, entonces jefe de investigación del diario, y un camaleónico Brian d'Arcy James como Matt Carroll. Los seis actores dan vida a los responsables de la investigación que hizo saltar por los aires la Iglesia Católica a principios de milenio, poniendo al descubierto la práctica continuada de abusos a menores y cómo la jerarquía eclesiástica los ocultaba de manera sistemática, una dinámica que el tiempo reveló que no era exclusiva de Boston, ni de Estados Unidos, sino que ocurría en todo el mundo. Muy significativamente, al final del largometraje se incluyen la lista de ciudades de todo el mundo donde se han descubierto casos similares, entre ellos la española Granada. También pasó en Valencia; hay de hecho condenas en firme donde se acusa al Arzobispado de Valencia de ser “responsable civil” de casos en concreto.


Spotlight es una excelente muestra del periodismo en el cine, entre cuyas muchas virtudes cabe destacar su realismo. No exacerba los hechos, ni los manipula más allá de la mera ordenación: simplemente refleja lo que sucedió, lo transmite … alumbra. El Boston Globe ha hecho un amplio despliegue sobre la película, como es lógico, y una de las cuestiones que se destaca es que el film no convierte a los periodistas en superhéroes, sino en personas que hacen su trabajo. Ese verismo se basa en la honestidad y el mejor reflejo de esa honradez se encuentra en el personaje de Michael Keaton, cuando al final de la película una de sus fuentes le pregunta dónde estaban ellos cuándo ocurrían los abusos. Keaton, desconcertado, sólo puede responder un lacónico: “No lo sé”. Pero miente. Sí lo sabe. Estaba enfrente. Ocurrió cerca de su casa, literalmente hablando. No sólo eso. Mucha de su documentación son artículos de su propio periódico. Los leyó. Lo que sucede es que mirar no significa ver. Podemos estar mirando algo y no ver nada. Como decía muy acertadamente la publicidad de Quiz Show. El dilema (Robert Redford, 1994), “millones de personas estaban mirando, pero nadie vio nada”.

Periodismo, corrupción, Valencia

Resulta inevitable hallar cierto paralelismo con lo que ha sucedido con los casos de corrupción recientemente destapados en Valencia. Si revisáramos las hemerotecas y retirásemos la paja y la farfolla publicitaria del grano encontraríamos centenares de artículos de decenas de periodistas valencianos que han denunciando durante estos años sobrecostes inexplicables, gastos desmesurados, contratos poco claros en todos los ámbitos, desde la construcción de edificios singulares hasta contratos de mantenimiento, pasando por programas de televisión, contratos de servicios, pagos en paraísos fiscales a cantantes… Es más, si fuéramos al diario de sesiones de Les Corts, de las Diputaciones o a las transcripciones de los plenos de las capitales de provincia valencianas, encontraríamos también denuncias de representantes de todos los partidos de la oposición, críticas al oscurantismo, hasta insultos producto de la desesperación… Libros, biografías, columnas, artículos, programas de televisión…

Durante años el humorista Xavi Castillo ha criticado desde hace más de una década los comportamientos inmorales de los gobiernos locales y muy especialmente al defenestrado Alfonso Rus y a la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá; sus espectáculos comenzaban con un más que palmario ‘estamos de mierda hasta el cuello’. Más claro, agua. En las representaciones de L’Imprebís sus protagonistas inventaban sketches burlándose de los contratos de farolas del Ayuntamiento de Valencia, de los contratos con Calatrava… Hubo obras como Zero responsables que impulsó el llorado Josep Lluís Sirera que denunciaron situaciones tan horrendas como la padecida por las víctimas del accidente del metro del 3 de julio de 2006…Nada de ello parecía haber ha calado hasta hoy, que la justicia ha puesto en marcha su maquinaria y ha puesto en evidencia la talla moral de quienes detentaron el poder en el último cuarto de siglo en la ciudad de Valencia.

Ahora, con la investigación judicial en marcha muchos se preguntan si no se pudo hacer más para detenerlo antes, para evitar que la corrupción se extendiera como un cáncer que ha podrido al partido político más votado de la Comunidad Valenciana hasta convertirlo en una agrupación bajo sospecha para la que se pide su ilegalización. Esa misma pregunta es la que se hacen los personajes de Spotlight. Es la que debemos hacernos todos los días. ¿He hecho bastante para que esta sociedad sea mejor? ¿Qué más podría haber hecho? ¿Qué no debería volver a hacer? Todos los días. Siempre. Es agotador, pero es peor no hacerlo. Lo estamos comprobando ahora en Valencia. Lo comprobaron en Boston.

Como película, Spotlight es un ejemplo del mejor cine estadounidense. Narrativamente hablando es impecable. Tiene un ritmo prácticamente perfecto. No decae. Por si fuera poco, no recurre a trampas de guión para hacerla más emocionante. Tiene mucho en común con su principal modelo, Todos los hombres del presidente (1976, Alan J. Pakula). La mueven diálogos inteligentes exentos de artificios. Cinematográficamente hablando, es inmaculada. A diferencia de su gran competidora en los Oscars, El renacido de Iñárritu, Spotlight es un largometraje sin puntos débiles. No hay excesos. Quizá no tenga el empaque visual de la aventura de Leonardo Di Caprio, pero su solidez narrativa es considerable. Todo ello hace del film un más que notable trabajo. Con todo, son sus otras virtudes las que la hacen doblemente recomendable: así, a la honestidad antes mentada, hay que unir su capacidad para suscitar reflexiones y la poderosa fuerza de su historia. Spotlight habla de Boston, sí, y de un entorno muy concreto; pone el foco sobre los abusos sexuales a menores dentro de la Iglesia Católica estadounidense, un tema que ya se había denunciado en largometrajes tan mainstream como Las dos caras de la verdad (Gregory Hoblit, 1996); transciende sus circunstancias y se convierte en una metáfora que nos obliga a replantear el comportamiento personal de cada persona frente al poder.

Porque el poder existe. No es una entelequia ni una fantasía, sino una realidad. Un poder que debe ser controlado, que debe ser vigilado y al que no le puede permitir ni un abuso ni consentir ningún exceso. Es ahí donde cobra especial sentido el homenaje al periodismo que subyace en toda la historia. Del mismo modo que el Boston Globe encuentra la verdad cuando se escucha a sí mismo, cuando relee lo que ha publicado, la sociedad halla su camino cuando comienza a oír las cosas que no quiere escuchar, cuando comienza a ver y deja de mirar. Un cambio en el que se deviene fundamental el trabajo de los periodistas del medio, unos periodistas que deben vencer a sus propias limitaciones y, sobre todo, a la costumbre. No en vano la historia la impulsa una persona procedente de Florida, la persigue un redactor de origen portugués que consigue hablar con un abogado de origen armenio, Mitchel Garabedian (un nuevo recital de Stanley Tucci). Para ver el bosque hay que salir de él. Y hay que hacerlo todos los días. Es una obligación; no un derecho. Para ello es fundamental disponer de unos medios de comunicación libres, que no estén sujetos al poder, algo que parece aún muy lejano en España. Hasta que no se venza la turbia dinámica que hace que dependan de la publicidad institucional, hasta que no se logre derribar ese lastre, los medios estarán siempre coartados y la sociedad coja y sin muletas. Y películas como Spotlight no serán sino un recordatorio de lo mucho que nos queda por recorrer.

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