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la opinión publicada / OPINIÓN

Pablo Casado y la herencia envenenada de Mariano Rajoy

25/09/2021 - 

Parece que fue hace un millón de años, pero no; sólo han pasado tres años -ni una legislatura de las de antes- desde que Mariano Rajoy abandonó la presidencia del Gobierno merced a una moción de censura. En estos tres años han sucedido muchas cosas (fundamentalmente, dos elecciones generales y una pandemia de por medio que aún dista mucho de haber finalizado), pero el sucesor de Rajoy, Pablo Casado, ha logrado más o menos sobrevivir a las diversas vicisitudes que se ha encontrado por el camino.

Casado llegó a la presidencia del PP como relativa sorpresa, candidato "joven" inesperado, auspiciado por las fuerzas que eran -solapadamente, en la mayoría de los casos- críticas con Mariano Rajoy y frente a la candidata rajoyista por excelencia, su eterna vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. Como rostro joven, cuya fortuna se había labrado merced a sus apariciones en la televisión, Casado suponía una innegable renovación, al menos generacional, frente a los años de Rajoy.

Por otra parte, Casado, en lo que era su principal valor dentro del PP, además de su visibilidad mediática, había logrado llevarse bien con familias dispares en el PP: con Esperanza Aguirre, bajo cuyos auspicios inició su carrera política en el PP madrileño; con José María Aznar, de quien fue jefe de gabinete pocos años después del abandono de la política activa por parte del expresidente; y por supuesto con Rajoy, con quien entró en el Congreso de los Diputados en 2011 y obtuvo preponderancia tanto en el partido (como vicesecretario de Comunicación del PP) como en los medios de comunicación, gracias a su ya mencionada actividad mediática representando al PP en diversos foros de debate.

Sin embargo, su actividad como presidente del PP ha tenido lugar en un entorno hostil a sus aspiraciones, determinado por la mencionada herencia envenenada de su antecesor. El PP, que con Rajoy ganó las elecciones tres veces sucesivas (2011, 2015 y 2016), se encuentra desde hace años en una situación precaria, derivada de los escándalos de corrupción y la pérdida de credibilidad en parte de su electorado y, sobre todo, de la división del voto (derivada, a su vez, de lo anterior), tan perjudicial para sus intereses: el espacio político de la derecha está dividido en tres facciones, lo que minimiza sus opciones para gobernar. En paralelo, como consecuencia de esta situación, así como de las eternas luchas intestinas dentro del partido, el propio PP acoge diversas familias y sensibilidades.

En ambos escenarios, Pablo Casado se ha dedicado a deambular, muchas veces sin rumbo claro, acercándose y dando la razón a unos y otros en pos de mantener su puesto, pero perdiendo en el camino la posibilidad de ofrecer una línea de acción política mínimamente clara y reconocible: así, no sabemos si Casado es el que repudia a Vox, el que mimetiza sus campañas y temas de interés para congraciarse con su electorado, o el que pacta con Vox siempre y cuando tenga ocasión de hacerlo.

Y el problema es que Pablo Casado es todos esos personajes a la vez, solapándose, siguiendo los ritmos que imprimen los medios y su incansable actividad declarativa para tratar de conseguir titulares de prensa. Eso tiene el problema de que, obviamente, no parece un candidato muy consistente, y de que los titulares son en ocasiones ridículos, como cuando, hace más o menos un año, propuso implantar un "IVA superreducido" en Canarias, una comunidad autónoma en la que no existe dicho impuesto dado que, por razones de insularidad, cuenta con un estatus especial. Es decir: Pablo Casado proponía subir impuestos a los canarios (sus declaraciones han revivido ahora, en plena crisis de la erupción volcánica en La Palma).

Esta actividad incansable de Casado en los medios de comunicación, combinada con un estilo de oposición implacable, en el que cualquier acción del Gobierno (es más: cualquier suceso de cualquier tipo que tenga lugar en España o en el mundo) constituye materia de crítica a la acción o inacción del Gobierno, ha acabado por configurar un perfil del personaje muy poco presidenciable, sujeto a continuos errores, exageraciones y burlas. A pesar de la eterna precariedad del Gobierno de Pedro Sánchez, la verdad es que pocos creen que Casado pueda alcanzar la Moncloa. Es una cuestión aritmética: mientras la derecha esté dividida en tres, es muy difícil que sus votos alcancen para una mayoría absoluta (o casi) en escaños. Sobre todo, si uno de esos tres partidos es una formación friqui-ultraderechista como Vox, que obviamente genera rechazo entre prácticamente todo el electorado español que no esté claramente ubicado en la derecha españolista, y llama a la movilización del voto contra cualquier posibilidad de que Vox pudiera gobiernar. Sí, incluso aunque haya que votar a Pedro Sánchez para ello.

Sin embargo, a pesar de estas dificultades, la situación ha mejorado algo para Pablo Casado desde que el PP logró salvar exitosamente el match-ball de la moción de censura de Murcia (al viejo estilo: comprando tránsfugas al por mayor). El fracaso de la moción, combinado con el acertado adelanto electoral de Madrid decidido por Isabel Díaz Ayuso, han aniquilado definitivamente a Ciudadanos, dejando en la práctica el espacio de la derecha dividido entre dos actores: la ultraderecha de Vox y "la derecha no se sabe muy bien qué" del PP de Pablo Casado. A cambio, el líder del PP ha entronizado a una peligrosa rival: la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a quien se le ha puesto cara de Esperanza Aguirre y que posiblemente le dispute el liderazgo a Casado si hay un nuevo traspiés electoral. Aunque esto último a Casado no debería importarle demasiado, pues las próximas elecciones generales, que previsiblemente tendrán lugar en 2023, constituyen su última oportunidad. Si pierde, será muy difícil que siga al frente del PP, y su sustitución (por Isabel Díaz Ayuso o por otro candidato menos madrileñocéntrico) será casi inevitable.

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