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la opinión publicada / OPINIÓN

Las matemáticas de la Antiespaña

7/12/2019 - 

VALÈNCIA. Si uno compara los resultados de las elecciones generales de abril con las de noviembre, a primera vista parece que hayan cambiado muchas cosas en muy poco tiempo: el principal partido de la oposición, el PP, ha aumentado en un tercio sus escaños; el tercer partido en abril, Ciudadanos, ha pasado a ser el sexto en noviembre; y el que ocupaba la quinta plaza, Vox, ha ascendido a la tercera.

Sin embargo, todos estos cambios se han dado dentro de un mismo espacio: el bloque de las tres derechas. Y no puede decirse que haya habido, ni en votos ni en escaños, si los consideramos globalmente, grandes oscilaciones. Las izquierdas han perdido fuelle (siete escaños menos en noviembre) y el nacionalismo ha mejorado algo sus posiciones, como sucede en el campo del (extremo) centroderecha. Las tres derechas obtuvieron 147 escaños en abril y 151 en noviembre (podemos sumarles los dos de Navarra Suma, en ambos casos). Las dos veces, muy lejos de la mayoría absoluta. Y este es un problema en absoluto menor para la derecha española: sus apoyos electorales, en solitario, rara vez alcanzan para obtener una mayoría suficiente (eufemismo de la que solicitaba Aznar en 2000, esto es: una mayoría absoluta). 

El siguiente cuadro muestra el resultado electoral de las derechas en todos los procesos de Elecciones Generales en España desde 1997. Sólo se incluyen, por razones que se harán evidentes después, los partidos conservadores de ámbito nacional, y no las formaciones nacionalistas o regionalistas de centroderecha.

Como puede verse en el cuatro, tan sólo en cuatro ocasiones (1977, 1979, 2000 y 2011) la derecha de ámbito nacional ha obtenido más de 175 diputados. En dos ocasiones más, 1996 y 2016, un gobierno conservador logró la investidura, en 1996 merced al apoyo de nacionalistas catalanes y vascos y en 2016 gracias a la abstención del PSOE. 

Para las derechas es difícil alcanzar la mayoría absoluta... y para la izquierda también. El PSOE logró dos mayorías absolutas en 1982 y 1986, y diversas mayorías "suficientes", con apoyos diversos, en 1989, 1993, 2004, 2008 y en 2018, con el bloque de la moción de censura. Es difícil alcanzar la mayoría absoluta por el factor diferencial que suponen los partidos regionalistas y nacionalistas, que obtienen en España un apoyo que ronda el 10% de los votos y de los escaños. Y eso explica que, para gobernar, derechas o izquierdas tengan que recurrir, muy a menudo, a este "tercer espacio".

Aquí nos encontramos la gran desventaja comparativa de la derecha española: por efecto del incremento de la polarización y las tensiones territoriales, la derecha española se ha quedado sin aliados. El PP, que gobernó en España en 1996 con el apoyo de nacionalistas catalanes y vascos, y que apoyó a gobiernos de Convergència i Unió en Cataluña en fechas tan recientes como 2010, apenas podría contar ahora (y no está claro) con los diputados de Coalición Canaria, Teruel Existe y el Partido Regionalista de Cantabria. Todos los demás están vetados. Es más: los demás partidos tienen tanta inquina y/o miedo al actual bloque de las tres derechas que están dispuestos a ofrecer sus apoyos al principal antagonista, el PSOE. 

Recuérdese lo sucedido en la moción de censura, cuando el PSOE se encontró el Gobierno de manos de Podemos, PNV y los independentistas catalanes, prácticamente sin tener que negociar nada. Y recuérdese también que en julio PNV y ERC se morían por votar un Gobierno de Pedro Sánchez, y si no fue así se debió a la genial estrategia socialista de buscar mejorar posiciones con una repetición electoral. Ahora que el PSOE sí que busca un pacto, todo indica que PNV y ERC apoyarán, a la hora de la verdad, a cambio de buenas palabras. 

Aitor Esteban. Foto: EFE

El fulgurante ascenso de Vox puede dar la sensación de que la ultraderecha es en España irrefrenable, pero la verdad es que sus apoyos provienen de antiguos votantes de PP y Ciudadanos: Vox sube porque los otros dos bajan, y si Vox baja en el futuro, todo indica que será debido a que PP y Ciudadanos (si continúa existiendo) vuelvan a subir. O a que surja un partido de extrema-extrema derecha sin complejos que sustituya a Vox, por blanditos. Pero, mientras esos votos se muevan en el mismo espacio, la suma global será similar. Muy alejada de forjar una mayoría de Gobierno, a pesar de lo amenazante que resulte la extrema derecha.

En las cuatro ocasiones en las que la derecha ha gobernado España, concurrieron dos características que ahora no se dan, ni parece que vayan a darse en el futuro inmediato. La primera, que un partido (UCD en 1977 y 1979, el PP en 2000 y 2011) concentre la mayoría de los votos y escaños, venciendo en las elecciones, y beneficiándose así de las características del sistema electoral. La segunda, que el partido vencedor del bloque de las derechas ofrezca un discurso y unas medidas moderadas, buscando el centro político. 

Pensemos en lo sucedido con Aznar, en sus dos legislaturas. En la primera, con un resultado muy alejado de la mayoría absoluta, 156 escaños, a la hora de la verdad no le resultó difícil hacerse con los votos de los nacionalistas. El carácter pactista y moderado de esa derecha, tras los años del felipismo (que amenazaba con la vuelta de una derecha parafranquista), fue premiado en 2000 con la mayoría absoluta. La crispación y el autoritarismo de su segunda legislatura le llevaron a perder el poder en 2004, y a no recuperarlo hasta que Rajoy moderó nuevamente su discurso, en 2011 (si bien entonces, el mejor resultado histórico de la derecha española, el principal acicate del votante para confiar en el PP fue la crisis económica).

La polarización por la cuestión territorial y por el conflicto catalán afectó a los dos campos: en España, perturbó el campo de la derecha, que acabó rompiéndose en dos y luego en tres partidos. En Cataluña, donde la bestia negra del votante nacionalista era y es una España autoritaria y hostil encarnada por la derecha española (heredera, supuesta o real, del franquismo), se cegó cualquier posibilidad de pactar con el PP, y sobre todo con sus socios, Ciudadanos y Vox. Por ese motivo, una mayoría conservadora mucho mayor que la de 1996 (169 escaños frente a 156) sudó tinta para obtener la investidura en 2016. Y además fue una investidura, como sabemos, reversible.

En cambio, el PSOE tiene más posibilidades de alcanzar un entendimiento con ese espacio nacionalista. El coste de hacerlo es evidente: las furibundas críticas de la derecha y el riesgo de perder centralidad en la sociedad española, prestándose a negociaciones con partidos que sólo representan los intereses de una porción del territorio y cuyos propósitos son incompatibles con la unidad del país en su conjunto. Pero, sinceramente, no da la sensación de que las críticas de la derecha vayan a desaparecer, haga lo que haga el PSOE, ni de que hagan demasiada mella en su electorado (el PSOE consiguió en abril su mejor resultado electoral desde 2008 tras llegar a la Moncloa apoyándose en los independentistas). La otra cuestión es mucho más delicada, dado que sí que hay una parte del electorado socialista a la que le incomoda cualquier cesión o agravio comparativo en el tratamiento del País Vasco y, sobre todo, Cataluña.

De cómo juegue ahí el PSOE sus cartas -de si logra encauzar o atemperar el conflicto catalán, o este se lo lleva por delante- dependerá la evolución de la política española en los próximos años. Puede ser un error, pero al menos es una novedad frente al "constitucionalismo" de que aquí no se mueve nunca nada y Vox es un mal menor. Y, para el PSOE, sin duda es una apuesta estratégica que tiene toda la lógica electoral, porque puede conseguir el práctico monopolio del "tercer espacio" (los en torno a 40 escaños regionalistas y nacionalistas) y dejar orilladas a las derechas españolas, con su voto fragmentado y rehén de las políticas y discursos ultraderechistas.

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