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políticos al habla / OPINIÓN

Pasarse de frenada

28/01/2019 - 

VALÈNCIA. Al parecer la política de tweet ha entrado en nuestras vidas para quedarse, con todo lo que ello conlleva. Reconozco que echo de menos una política más sosegada y sesuda, y que almaceno con especial recelo las intervenciones de aquellos compañeros políticos que en los últimos años han pretendido elevar el nivel y contribuir a dignificar esta necesaria vocación de servicio.

Salvo honrosas excepciones (que me reservo por si alguno de ustedes decide preguntarme), el discurso político ha perdido, en términos generales, calidad. Parece impensable imaginar que dentro de cuarenta años alguien decida recopilar nuestros discursos políticos e intervenciones como hizo en su día Paulino Garagorri con los pronunciados por José Ortega y Gasset, desde el primero que pronunciara en el Ateneo (“Los problemas nacionales de la juventud”) en 1909 hasta sus intervenciones sobre el estatuto de Cataluña en 1932.

Considero necesaria la adaptación de la política al entorno actual (bien distinto al que viviera Ortega en las Cortes Constituyentes de la II República), pero no por ello el discurso debe perder dos condiciones indispensables: profundidad y responsabilidad.

Es cierto que pertenezco a una generación joven que se autodefine digital y tecnológica, participando activamente de la evolución de los nuevos canales de comunicación en una sociedad en la que el tiempo es oro y la inmediatez un valor en alza. Todo ello es cierto. Pero también tengo un tremendo respeto a la tribuna de un parlamento, me gusta frecuentar las bibliotecas especializadas en publicaciones políticas y cuando pretendo encajar un mensaje en los 280 caracteres de un tweet lo hago priorizando la transmisión de un mensaje digno y adecuado sobre la intención de llamar la atención.

La evolución de la importancia del tweet en el discurso político ha evolucionado de forma sorprendente, hasta el extremo de invertir el orden de la coherencia. Hoy, los discursos se preparan en función del minuto que durará el vídeo de redes y los tweets se han convertido en el instrumento perfecto para aquellos que precisan notoriedad de forma desesperada y a los que no se les caen los anillos si para ello deben pasarse de frenada en 280 caracteres.

Uno de mis haters favoritos es Enric Morera, que anda pidiendo ser Conseller en la próxima legislatura mientras agita las redes sociales con sus desbocados tweets. Al hombre se le ve volcado en ganar las primarias de Compromís y para ello ha decidido alimentar a su “muchachada” con destarifos como el del pasado sábado, cuando decidió ligar la triste tragedia del pequeño Julen con los recortes a las subvenciones al carbón en 2012. Todo sirve para atacar al PP y ganar algún retweet.

Morera sigue la estela iniciada en su día por una Mónica Oltra, que insultaba desde la tribuna y llamaba buitres a los Consellers del PP, mientras a día de hoy replica en la resolución de expedientes de la dependencia. La lideresa debió inspirar también al desnortado Giuseppe Grezzi, cuando se presentó en 2015 a las primarias de Compromís con la promesa lanzada desde Youtube de poner a un callejón sin números el nombre de Rita Barberá.

Frente a este tipo de política hater, debe imponerse la sensatez y el respeto. Son muchas las personas que conozco en todos los partidos que aspiran a grandes debates de altura y a la política en mayúsculas. Garagorri no escribirá nuestros discursos, pero al menos aspiremos a que los diarios de sesiones y la memoria de internet deje un buen recuerdo de nosotros en el futuro.

María José Catalá es portavoz adjunta del PP en Les Corts y candidata a la Alcaldía de València

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