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tribuna libre / OPINIÓN

Pero... ¿tiene futuro el fútbol?

21/04/2021 - 

La conmoción con la que ha sido recibida la noticia de la creación de La Superliga me ha sorprendido realmente. Me quita las ganas de hacer cualquier chiste al respecto, con todos los problemas que ya hay en nuestras sociedades no vayamos a añadir el de la forofofobia y minar aún más la convivencia. No obstante, me ha hecho mucha gracia el tuit del presidente de la Liga, Javier Tebas Medrano, en el que se refería a la nueva competición como "de powerpint" (sic).

Precisamente, en los últimos años el rumor de los informes sobre audiencias y hábitos de consumo de las nuevas generaciones ha sido ensordecedor. En las primeras reacciones al proyecto ha habido muchas frases hechas, muchos alegatos de la función social del fútbol, pero muy poco contexto. Se han leído muy pocos powerpints. Sin ánimo de entrar a valorar la oportunidad de la Superliga o si son súper todos los equipos que la van a integrar si finalmente se lleva a cabo, creo que sí que merece la pena hablar sobre la situación a la que se enfrentan los deportes tradicionales.

Los hábitos de consumo de la Generación Zeta son, actualmente, la obsesión de cualquier negocio por muy asentado que esté. En cinco años, serán la mayoría de los consumidores en Estados Unidos. Sus intereses y tendencias son sensiblemente diferentes a las de la generación a la que siguen, los millennials, y no tienen precedentes en las anteriores. En el caso que nos ocupa, un rasgo que muestran reiteradamente en los estudios es que les interesan menos los deportes tradicionales. Se ha producido un punto de inflexión.

Seguro que todos los que me estén leyendo conocen casos de padres o hermanos mayores que quieren ver el fútbol con los chavales o los más pequeños de la casa y estos rehúsan educadamente para centrarse en cualquier juego online, como participantes o como espectadores. Su respuesta suele ser "ya veré luego los highlights en YouTube". Diferentes elucubraciones han levantado el mito de que no pueden centrar la atención y algo hay de cierto. Se ha calculado que si antes de ocho segundos no han recibido un estímulo en lo que estén viendo, cambian a otra cosa.

Foto: EFE/EPA/Daniel Dal Zennaro

Sin embargo, los datos de consumo de ver partidas de videojuegos de otros muestran que un tercio de ellos se meten sesiones de dos horas continuadas y un 15%, de tres a cuatro horas. Entonces no se trata de que sean dispersos, sino del interés que les despierta lo que ven. Un partido de fútbol no tiene la intensidad que demandan. En este aspecto, el baloncesto es el deporte que mayor seguimiento tiene entre ellos. Los motivos son obvios.

Recientemente, Andrea Agnelli resumió lo que estos informes llevan años diciendo. "Un 40% de los jóvenes entre 16 y 24 años no tiene ningún interés en el fútbol". Una visión que se corresponde con la realidad, pero demasiado pesimista. También la Generación Zeta es la que más interés muestra por participar, leer las estadísticas, datos y análisis de vídeos después de un partido. En Estados Unidos, el béisbol, en franco declive ya con los millennials, ha repuntado gracias al interés de los GenZ en las nuevas apps para acceder a bases de datos que ha puesto a su disposición la MLB. Pero la cuestión sigue siendo la misma. La competencia de una retransmisión deportiva con las OTT (Netflix, HBO, etc...), YouTube, las redes sociales y los servicios de mensajería instantánea es la más dura a la que jamás se haya enfrentado. Todo ello sin nombrar a la bicha: los videojuegos.

Jugados o vistos, los eSports se están comiendo a bocados la afición por los deportes tradicionales entre los más jóvenes. Incluso en Estados Unidos se ha estudiado que resultan más beneficiosos para cohesionar a los alumnos e integrar a los que menos habilidades comunicativas tienen. Lo más previsible es que lleguen a sustituir a los deportes tradicionales como primera afición de los espectadores. La reacción por ahora ha sido intentar estar presente donde se consumen eSports. Por ejemplo, Twitch tiene una categoría para deportes tradicionales. La Liga ha recurrido al famoso streamer Ibai para que retransmita partidos. ¿Adaptación? ¿Situación preocupante? ¿Desesperada? Sea como fuere, muchas disciplinas ya están enfilando el camino a la UCI. Por ejemplo, la media de edad de los espectadores del tenis sube año tras año irremediablemente y es un deporte que ofrece pocas posibilidades de innovación tecnológica.

Eso nos lleva al gran cambio de paradigma. La llegada del 5G, en China ya trabajan en el 6G, revolucionará por completo las retransmisiones, pero también los hábitos de consumo fuera del deporte tradicional. Viviremos lo suficiente, espero, para ver a millennials quejarse de que ellos en sus tiempos estaban todo el día con el móvil, hablando con sus amigos por Whatsapp, discutiendo en las redes, no como los jóvenes, todos los días en un rincón de casa con las gafas de Realidad Virtual puestas y parecen una planta. Las experiencias inmersivas están ya a la vuelta de la esquina. Una de las ventajas de este nuevo tipo de retransmisiones en RV es que se podrá customizar a los jugadores y convertirlos en tu dibujo animado favorito. Aprietas un botón y Messi se convierte en Pikachu. Lo están experimentando en Inglaterra. Confían en poder impedir con recursos así la sangría de críos a otros entretenimientos.

Foto: AFP7/Europa Press

Experiencias inmersivas aparte, la fragmentación de las audiencias que están ya sufriendo los deportes puede llegar a los máximos extremos. Las cámaras autónomas guiadas por Inteligencia Artificial y los software y apps de computer vision nos van a llevar a un escenario en el que se podrán seguir televisados los partidos del equipo de voley playa de tu hija de trece años y obtener datos, estadísticas y resumen de las mejores jugadas de forma instantánea y barata o gratuita. La empresa israelí Pixellot está llenado las canchas de todo el mundo de estas cámaras autónomas, en España Footers funciona ya con una tecnología similar y ya la aplica para la 2B y Tercera División. Métrica Sports, con un CEO español, está democratizando el acceso a las estadísticas y datos. Podrás jugar un partido de futbito con tus amigos y ver después las zonas de calor en el campo por las que te has desplazado, tiros a puerta, pases fallados... La democratización total de las retransmisiones.

Todos estos cambios coinciden con el auge del aficionado transnacional. La Premier League, que genera más beneficios que la Champions, no presume de en cuántos países se ve, sino de en cuáles no se emite. En 2019 eran Afganistán, Moldavía, Turkmenistán, Corea del Norte y Cuba. Quien esto escribe vio en Addis Abeba cómo se atiborraban los bares hasta arriba para ver una jornada ordinaria de la Premier y me advirtieron que tuviera cuidado, que las pasiones son tan elevadas que suelen acabar a golpes. El porcentaje de seguidores de la Premier fuera de Inglaterra se estima que ronda el 95% del total de espectadores que siguen esa liga. Cuando el Real Madrid o el Barça firman un acuerdo con un sponsor ponen sobre la mesa los 250 millones de seguidores en redes sociales que tienen cada uno. Tienen más fans dentro de China que en el resto del mundo.

Una vez en la hemeroteca me llamó la atención una columna en una revista de fútbol de finales de los 70 o principios de los 80. Se quejaba de que la juventud había abandonado el fútbol. El deporte ya no podía competir con el rock y el cine de Hollywood, opciones de ocio más atractivas. La revolución de la televisión que se inició en los 80, sin embargo, les devolvió a los aficionados y el fútbol cambió. Apareció la Champions League, se aumentó el número de extranjeros, se dio vía libre a los comunitarios, apareció el concepto Odio el fútbol moderno. Ahora la situación reúne las mismas condiciones que a finales de los 70. Interés en declive entre los jóvenes y cambio de paradigma tecnológico.

Habrá una Superliga o una Megaliga, pero los cambios, cualquiera que sean estos, son inevitables si este deporte, que al fin y al cabo ha conservado su encanto al no cambiar prácticamente sus reglas en ciento y pico años, quiere sobrevivir. Y eso solo para poder pasar al siguiente problema, la falta de jugadores, derivada de otra fragmentación, la del auge de los deportes individuales; un mal hábito, el sedentarismo de la juventud, y una desgracia, padres sobreprotectores que no dejan que los niños salgan a la calle a jugar en libertad porque, como no se cansan de repetir los magazines matutinos, ahí fuera les espera la muerte.

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