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‘Pesadilla perfumada’: uno de los primeros alegatos contra colonización cultural estadounidense

En 1977, el filipino Kidlat Tahimik rodó un ensayo documental en el que contaba cómo su fascinación por Occidente se hacía pedazos al emigrar a Francia para trabajar reponiendo máquinas expendedoras de chicles. Fue una de las primeras veces en que Occidente era retratado desde el tercer mundo y, al mismo tiempo, con cierto rechazo a los injertos culturales y una reivindicación de lo propio en un mundo que empezaba ya a globalizarse. 

3/08/2019 - 

VALÈNCIA. Recuerdo un libro que era muy habitual en las librerías de segunda mano. La España americanizada (Temas de hoy, 1995) de Alberto Moncada, que contaba cómo hemos ido importando costumbres propias de la sociedad estadounidense, cómo en su día nos sumergimos en la cultura de la competitividad y el entretenimiento. Esto era hace un cuarto de siglo, pero ahora sigue habiendo una gran influencia estadounidense en todo el mundo a partir de la ideología que se sale de sus campus de elite, que en el caso de España, muchas veces se implanta en la realidad local sin que tenga absolutamente nada que ver con la sociedad americana. 

En 1977, hubo un documental en Filipinas, entre la película y el ensayo autobiográfico, que criticaba este fenómeno sin miramientos. Se tituló Pesadilla perfumada (Mababangong Bangungot) del director Eric de Guia, que se cambió el nombre a  Kidlat Tahimik (relámpago silencioso, en tagalo) Rodó con solo diez mil dólares, pero la cinta dio la vuelta al mundo y fue premiada en festivales internacionales. Además, se dice que sirvió de revulsivo para una generación de directores independientes filipinos.

La premisa era la siguiente. Un aldeano filipino no podía estar más enamorado de Estados Unidos. Había fundado en su pueblo el club de fans de Wernher von Braun, el alemán que llevó a la NASA al espacio -después de servir al III Reich-. Cada mañana se levantaba y besaba a misses y modelos que tenía colgadas en la pared y sintonizaba en la radio Voice of America. 

El personaje ponía de manifiesto el atraso derivado de las tradiciones de su país en comparación con Estados Unidos, la tierra de las oportunidades, donde todo es posible. No obstante, tras partir de esta premisa, con un estilo muy singular e irrepetible iba echando abajo este apriorismo para acabar defendiendo su identidad por humilde que sea. 

Werner Herzog dijo que Pesadilla perfumada era una de las películas más originales y poéticas de los años 70, a Susan Sontag también le maravilló su impostura y la energía con la que estaba filmada y con la que transmitía su mensaje. La mejor crítica que recibió fue que podía ser una película infantil e ingenua y al mismo tiempo transmitir la sabiduría de un anciano. 

Antes, durante una estancia de Tahimik en Alemania, conoció a Herzog y al filipino se le puede ver de secundario en El enigma de Kaspar Hauser tocando una flauta nasal. Ya había vivido en Estados Unidos, donde estudió, y trabajado en París en la OCDE. Fue de su relación con el cineasta alemán y su experiencia en occidente cómo empezó a cambiar a la vez su mentalidad, la visión que tenía de los países desarrollados, y surgió el deseo de representarlo. 

En una entrevista en la CNN resumió cómo había evolucionado su pensamiento: "A medida que crecía, pensé que hay tantas cosas hermosas en nuestra cultura, pero ¿por qué no se refleja en la forma en que nos comportamos, en la forma en que contamos historias o en la forma en que vemos el mundo? Había algo mal en este mundo desequilibrado. (...) Tenía muchas ganas de salir de eso y convertirme en artista. Tuve una ola interna, un tsunami, para expresar una historia".

En la película, los primeros mensajes llegan cuando habla de las reses de su pueblo. Dice que el carabao, símbolo de Filipinas, es bonito por fuera, pero por dentro es "frío es agresivo", lo que comparaba con la dulzura del chicle de mascar que los soldados americanos les daban cuando eran niños. 

Según su relato, como se dice ahora, cuando los españoles por fin se rindieron y abandonaron Filipinas, "los americanos les compraron en París", concretamente, por doce millones de dólares. Cuenta que su padre volvió a cantar cuando los españoles se fueron y dejó de hacerlo cuando tuvo un incidente con un centinela estadounidense que acabó con su vida. Una libertad efímera. 

Tras recorrer su país, explicar sus tradiciones, algunas tan terribles como los penitentes que se golpean en la espalda en Semana Santa, el giro que da el ensayo se produce cuando el protagonista va a parar a París. Se siente como que está en el cielo, por fin en Occidente, donde la tecnología y la ingeniería resuelven todos los problemas. Por ejemplo, se emociona cuando ve Scalextrics en las autopistas o puertas que se abren automáticamente en el aeropuerto. 

Todo esto se lo narra inocentemente a su madre en cartas que le va enviando. Cuando le habla de la buhardilla que habita le dice que había dentro tantos objetos que podría rellenar varias chozas. En Filipinas, el protagonista conducía un jeepney, un taxi, que eran los jeeps que habían dejado por todas partes los americanos después de la II Guerra Mundial. Todo un fenómeno, porque eran chatarra, pero el pueblo filipino supo arreglarlos y crear con ellos una red de vehículos que luego fue fundamental para el desarrollo del país y que, con la decoración y dibujos que les hicieron, se convirtieron en parte genuina de la cultura. 


Sin embargo, lo que le esperaba en el mundo desarrollado era un trabajo en París de rellenar máquinas expendedoras de chicles. Aún así exclama "¡Es maravilloso estar en el paraíso!". Lo que se encontrará después es el capitalismo. En este caso expresado a través de la aparición de una gran superficie amenazará el mercado de pequeños comerciantes en el que compra, todo bajo la premisa del progreso que tanto le gustaba. 

Para finales de los 70, Pesadilla perfumada fue un film revolucionario porque fue de los primeros que dio una visión de Occidente desde el tercer mundo. Todo lo que mostraba no es distinto de los cantos de sirena que atraen a tantos africanos hacia Europa y, si sobreviven en el mar, les esperan trabajos muchas veces en peores condiciones que los que realizarían en su país. Hay que recordar que, como Tahimik, la gran mayoría de los que emigran tienen una posición económica que les permite pagar semejante travesía hasta Europa. 

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