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la ciudad perdida

Por aquí paseó Luis Vives: viaje al último rastro de la València judía

Foto: KIKE TABERNER
6/01/2019 - 

VALÈNCIA. El destino errante de algunos homenajes a personajes de València, pensadores, novelistas, artistas, es simbólico del difícil encaje en el relato oficial de la ciudad de algunas partes de su pasado: las más trágicas, las vergonzantes. Es el caso del busto dedicado al humanista valenciano Juan Luis Vives (1492-1540), que desde hace dos años y medio se encuentra en la recoleta plaza de Margarita Valldaura, que recibe este nombre por la esposa del filósofo. Se cree que muy cerca de allí, o en ese mismo emplazamiento, se encontraba su casa natal. Su periplo hasta su regreso al hogar materno es casi una metáfora de cómo ha tratado València sus raíces semíticas. 

Foto: KIKE TABERNER

El busto, obra de Ramón Mateu Montesinos, “broncineo y pétreo, quizás demasiado modesto”, en la descripción que hace la ficha del Ayuntamiento de València, se encontraba anteriormente en la plaza Ciudad de Brujas, la cual recibe su nombre también como homenaje al hecho de que fue en esta ciudad donde el pensador valenciano tuvo que refugiarse para huir de la Inquisición. Y antes estuvo en la plaza de los Pinazo, donde se inauguró el 25 de octubre de 1966. Unas pintadas afean desde hace meses el emplazamiento, en uno de los pocos restos que queda de la judería valenciana. Restos en cualquier caso más intelectuales que tangibles. El olvido físico es la norma. Un olvido que se puede comprobar al buscar memoriales de, por ejemplo, las víctimas del progromo del 9 de julio de 1391, en el que una turba arrasó la judería, asesinó a centenares de judíos, violó, robó y, sobre todo, se afanó en quemar los registros de prestamistas, antes de arrastrar a los supervivientes hasta la Catedral para obligarles a bautizarse al grito de 'conversión o muerte'.

Foto: KIKE TABERNER

Lo más parecido a un vestigio de la València judía se halla en la parte trasera del Palau dels Valeriola, que será sede de la colección Hortensia Herrero. Es poco menos que una calle fosilizada. Para pensar en la València judía hay que echar mano de la imaginación porque, salvo unos contados trozos de muro, no queda nada. La calle misma, la original, por la que a buen seguro paseó Luis Vives y otros ilustres judíos valencianos como el médico setabense Lluís Alcanyís o el financiero de Cristóbal Colón, el mercader Luis de Santángelestaba unos metros por debajo. Sólo hay otro caso similar y es un patio de luces que nada más puede verse con fotografías aéreas.

Foto: KIKE TABERNER

La ciudad ha crecido y el paso del tiempo ha ido superponiendo capas de tierra y piedras. Hasta hace un siglo aún podían encontrarse puertas, restos difusos. Ahora, casi ni eso. Estuvieron aquí; no queda nada de ellos. El destino de algunos de estos ilustres judíos fue el mismo en vida. Alcanyís, el primer catedrático de Medicina de la Universitat de València, murió en la hoguera el 25 de noviembre de 1506, quemado vivo por la Inquisición tras haber pasado más de dos años encarcelado. Un año antes, en septiembre, su esposa Eleonor Esparza sufrió la misma pena. Todos los indicios apuntan a que el proceso contra el médico fue instigado por un compañero de la Universitat, el profesor Salvador Abril, quien se quedó su cátedra en una operación que, siglos después, tras la Guerra Civil, emularía otro ilustre villano de la ciudad, el también médico Marco Merenciano.

Foto: KIKE TABERNER

Las llamas no han podido quemar el recuerdo de aquellos años, pero sí borrar prácticamente las huellas físicas. Una memoria que ha llegado hasta nuestros días gracias al trabajo de estudiosos como Leopoldo Piles, a quien cita Manuel Ramírez, de la editorial Pre-Textos. Él, Hinojosa, Salvador Aldana, Magdalena Nom de Deu y otros muchos han permitido que perviva en la explicación del porqué de algunos nombres del callejero. A todos estos estudios académicos se une ahora un nuevo trabajo divulgativo, la guía dedicada a Blanquina March (1473-1508), madre de Luis Vives, y que acaba de publicar el Ayuntamiento de València en una colección coordinada por Daniel Benito Goerlich y Mateo Gamón. Escrita por la arquitecta Marilda Azulay, permite no sólo revivir aquellos años sino también la persecución que sufrieron y comenzar a delimitar una judería que sigue siendo la gran olvidada. Azulay ya publicó en 2009 un libro de referencia, La València judía, coescrito con Estrella Israel y publicado por el Consell Valencià de Cultura.

Foto: KIKE TABERNER

La elección de March como icono no es gratuita. Su silencio y su historia son un buen ejemplo del olvido de la herencia hebrea de la ciudad, tan importante en la eclosión del siglo XV. De ella como persona sabemos por lo que dejó escrito su ilustre hijo, quien relató con profusión de detalles el carácter contenido y rígido de una mujer que no se prodigaba en afectos, pero que no paraba en mientes en cuanto a desvelos. “Su memoria”, escribió ya adulto Vives, “ahora es para mí sagrada y todas las veces que se me presenta su recuerdo, ya que no puedo hacerlo con el cuerpo la abrazo con el espíritu y el más dulce de los pensamientos”. Unos pensamientos en los que estuvieron muy presentes los sufrimientos que hubo de padecer por su religión. La primera vez que se presentó ante la Inquisición, en 1487, contaba 14 años. Comenzó así un tormento que se extendió incluso más allá de su muerte en un proceso que fue relatado por Miguel de la Pinta y José María de Palacio en un libro publicado en los años 60. 

Foto: DIMITRIS GRAFFIN

De lo que le sucedió a su madre Vives tuvo conocimiento ya fuera de España, donde residía desde hacía años por la hábil gestión de su padre quien, con perspicacia, vislumbró los tiempos oscuros que venían. En cierto modo el humanista valenciano fue un exiliado. La persecución de la Inquisición a la familia Vives pasó de los primeros procesos e interrogatorios a las condenas. “Entre 1522 y 1523”, escribe Azulay, “fueron condenados por la Inquisición, entre otros su padre, su hermana menor Anna Isabel, la abuela paterna, un tío paterno, un tío y una tía materna. A excepción de su hermana, que murió en la prisión a la que fue llevada a la edad de 14 años, y su tío paterno, Jeroni, condenado a cadena perpetua, todos murieron el acto de fe que se celebró en València el 6 de septiembre de 1524”. Una fecha que, por derecho propio, merece ser considerada un día de infamia para la ciudad.

Foto: KIKE TABERNER

La macabra broma del destino llegó cuando las hermanas del filósofo ganaron el juicio por el que reclamaban sus derechos sobre la dote aportada al matrimonio por la madre, ya muerta. Fue entonces cuando se inició un segundo proceso contra la memoria de la madre del humanista, fallecida en Llosa de Ranes. El juicio acabó con una condena que se ejecutó el 31 de enero de 1529. Ese día los huesos de Blanquina March fueron exhumados y quemados públicamente. Tan lamentable espectáculo tenía una traducción a la vida real y es que se privaba a las hermanas de Vives de cualquier derecho sobre los bienes familiares. Se les mataba, se les robaba, se les borraba de la historia de la ciudad. 

La guía de Azulay permite pasear por la ciudad que Blanquina March conoció, por la que paseó Luis Vives, una ciudad con sus calles, sinagogas, comercios e historia, en la que el reto es la identificación entre vivencia y escenario, ya que la vivencia se encontraba oculta porque los judíos eran perseguidos y el escenario ha desaparecido. En este sentido, durante la presentación Azulay remarcó cómo se había movido por el “sentimiento” y la “puesta en valor” de la València judía, una historia que, insistió, es la de la propia ciudad. No en vano el propio Jaime I delimitó un espacio en la ciudad para los judíos en 1244. Allí estuvieron durante dos siglos y medio, enriqueciendo la ciudad con su talento, sabiduría y sagacidad, hasta que fueron aniquilados por la Inquisición.

No deja de ser irónico que el mayor vestigio de la València judía, el más notorio, sean los cimientos del portal de los judíos, que se halla en la Plaza de los Pinazo. La puerta era una de las doce que tenía la muralla cristiana. Debe su nombre al cementerio judío que en la edad media se emplazaba en sus cercanías. El portal sufrió diversas remodelaciones hasta su demolición en 1890. Por aquí entraban los productos provenientes de la huerta para su venta en la ciudad. Durante las obras de la línea 3 del metro aparecieron los restos que se han integrado en la estación de Colón y son ahora uno de los puntos de encuentro favoritos de la ciudad. Los adolescentes la llaman “las ruinas de la estación de Colón”.

Foto: KIKE TABERNER

El recordatorio propuesto por Azulay comienza su recorrido en la sinagoga oculta donde detuvieron al marido de March, Lluís Vives Valeriola, en la calle Cruz Nueva. La guía, que se puede seguir tanto funcionalmente como dando giros y decidiendo a qué espacios acudir, termina su recorrido en la calle actualmente denominada Lluís Vives, a la izquierda de la cual vivió March y nació Vives, aunque faltan investigaciones que lo corroboren. Un viaje que tiene por eje la calle del Mar, auténtica columna vertebral de aquella ciudad ya desaparecida, una calle a la que hacían bulliciosa la carnicería y el Almudín de la sal, y que hace paradas en espacios como el cruce de la calle del Mar con la Plaza de la Higuera, donde se encontraba el portal de la Higuera, la puerta principal de la judería en su conexión con la ciudad; la Nau, cerca del edificio histórico de la Universitat, cuyo claustro preside una escultura dedicada a Vives; calles como Avellanas, Castellvins... 

Foto: KIKE TABERNER

La calle de la Paz, una de las vías consideradas como de las más bellas de la ciudad, se traza e impone sobre el recuerdo del barrio judío. En este punto, Azulay recuerda un cuento de la tradición jasídica. “Cuando Israel Baal Shem Tov, fundador del jasidismo, tenía una tarea difícil ante él, acudía a cierto lugar del bosque, encendía un fuego y meditaba. Y aquello que él había decidido hacer, se realizaba. Una generación más tarde, cuando su discípulo se encontraba ante la necesidad de realizar la misma tarea, se dirigía al mismo lugar del bosque y decía: 'No sabemos encender el fuego, pero aún conocemos las plegarias'. Una generación más tarde todavía, cuando el discípulo del discípulo se encontraba ante la necesidad de realizar la misma tarea, se dirigía al mismo lugar del bosque y decía: 'No sabemos encender el fuego, no conocemos las plegarias, pero conocemos el lugar delbosque donde aquello pasó. Debe ser suficiente'. Y era suficiente. Pero una generación más tarde todavía, cuando el discípulo del discípulo del discípulo se sentaba en su sillón dorado, en su castillo, decía: 'No sabemos encender el fuego. No conocemos las plegarias. No sabemos en qué lugar del bosque ocurrió. Pero todavía podemos contar la historia'.”

Para Azulay estamos en ese punto. No tenemos las casas, ni las sinagogas, apenas unos muros sueltos aquí y allá, trozos de calle diseminados. Tampoco tenemos muchas exactitudes. Pero aún podemos contar la historia. “La casa de donde saliera Blanquina March quizás fuera la de la calle Cardona con la de Vidal, o su medianera, o estaría enfrente... Como escribió su hijo, desde la calle del Mar, 'por la calle de la Taberna del Gallo [...] bajando la calle a lo último y a mano izquierda'.  Mientras mantenemos el quizás, todavía podemos contar la historia... pero también llegar a olvidarla”, advierte. Y ése es el gran peligro: que se pierda para siempre.

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