VALÈNCIA A TOTA VIROLLA 

Por qué con Julio Iglesias comenzó la competición valenciana por el ‘clickbait’ global

El fichaje zaplanista del truhán más internacional supuso -además de un largo viaje judicial- el inicio de una lucha entre territorios por un instante de celebridad, en pleno proceso de globalización

23/09/2023 - 

VALÈNCIA. El escritor Ignacio Peyró suele comentar que España pasó en menos de una generación de rezar el rosario en familia a discutir sobre whiskies de malta. O de poner las aceras a construir un nuevo museo de arte abstracto. “No ha sido fácil no volverse un poco loco en España”. Resultado de esa deriva, comenzó a ser necesario que las autonomías tuvieran un embajador de la ‘marca territorio’. Más bien un trampantojo con el que sacar pecho, un mediador para las ínfulas del propio gobernante. También un enorme ‘clickbait’ con el que la apariencia, el boato y el adorno cobraran más protagonismo que la realidad misma. 

Con Julio Iglesias, que estos días cumple sus primeros ochenta años, nació la era del ‘storytelling’ autonómico bajo una máxima: daba igual el vínculo territorial. Si la ciudad de Madrid hace unos meses procuraba que Tim Burton se convierta en su primer embajador -sin que se conocieran ligazones estrechos entre el director de cine y los bocatas de calamares-, la Comunitat Valenciana de 1997 decidió que sería Julio Iglesias quien propulsara las misiones comerciales por los cinco continentes (“el embajador de los intereses valencianos por el planeta Tierra”, se publicaba por entonces).

Más allá del estallido del caso Ivex, los pagos en B y los hallazgos en las Islas Vírgenes -que el periodista Francesc Arabí ha convertido en una saga literaria sobresaliente-, la relación entre Iglesias y Zaplana alumbraba la promoción sin complejos, la conversión del territorio en un activo mercantil. Si el alcalde de Vigo decidió llenar su ciudad con miles de bombillas para convertirla en la capital (ejem) de la Navidad, la Comunitat decidió que la luz se encendiera al ritmo de ‘las obras quedan, las gentes se van’.

Fue una constante en este proceso preguntarse por qué Iglesias, qué clase de parentesco guardaba con los valencianos y por qué él y no otro encarnaba mejor que nadie una cierta idea de valencianidad. Apenas cuatro años antes Iglesias había sido el embajador del Xacobeo, a sueldo de la Xunta de Galicia. Al menos su familia paterna era gallega. 

Se especulaba con que su contratación buscara prolongar el efecto ‘Mestalla’, de cuando el cantante participó en el mitin del 96 para aupar a Aznar a la Moncloa. O con su triunfo en el Festival de Benidorm, en el 68, con ‘La vida sigue igual’. O quizá fuera por sus dotes diplomáticos cuando en el mismo Mestalla, en su concierto en el 83, lidió con mano izquierda los abucheos de parte del público cuando se puso a homenajear a los artistas de la chançon francesa (el boicot de los agricultores franceses a los transportistas valencianos caldeaba el ambiente esos días). “Los pueblos deben ser solidarios al margen de los gobiernos", replicó Iglesias. 

De fondo, como las mareas, circulaba el deseo de crear un marco de identificación para la Comunitat, en los primeros escarceos de una guerra cultural en ciernes. Como indicaba el propio Ignacio Peyró en El País, el padre de Chaveli “de alguna manera, ha sido, junto al Real Madrid —jugó en sus juveniles—, la única expresión cultural de la derecha madrileña capaz de trascender en masa todas las clases”.  

La respuesta para argumentar la apuesta por Julio Iglesias -al menos la cara A de la misma- estaba delante de nuestros ojos: la fama, sobre todo era la fama. Una fama al servicio valenciano y vaciada de cualquier contenido: no era Julio Iglesias quien promocionaba el abstracto comercial de ‘lo-valenciano’, era la autonomía la que se subía al sidecar de Iglesias para parasitar su celebridad. En una entrevista reciente en Salvados Zaplana daba cuenta del fichaje con un argumento definitivo: por su “su fama universal”. 

Cuando el cantante declaró en los juzgados por los cobros opacos de su trabajo como embajador, explicó que la Generalitat tenía “la intención de promocionar el Estado de Valencia”. Su labor, consideraba, “ayudó mucho al crecimiento de la Comunidad Valenciana y al desarrollo de las inversiones”. Su retiro -no se sabe si definitivo- de los escenarios, ha impedido que con un concierto de Julio ante Elon Musk la factoría de Tesla en València se pudiera dejar acordada en un santiamén. 

De aquel acuerdo iniciático puede que lo más perturbador fuera la propia imagen de la presentación: ‘Land of Valencia. Spain. Vale?’, podía leerse en la trasera mientras Julio Iglesias y Eduardo Zaplana, morenísimos, compartían confidencias. El ‘vale?’, contorneado por un bocadillo de cómic, estaba entre la amenaza pasivo-agresiva y la broma privada. 

La incorporación de Julio Iglesias conllevó el acceso valenciano a una nueva era de competición internacional: se descargaba al territorio de cualquier acervo, entendiendo que lo importante era adquirir notoriedad, costara lo que costara. La evolución del caso, y su alejamiento de España, impidieron la refriega al mejor postor por el que después de Galicia y la Comunitat, Julio hubiese acompañado al Land de La Rioja, Murcia o Melilla. Era la lucha en marcha de los territorios por un minuto de celebridad, ante unas nuevas coordenadas globales que hacían que la vida ya no fuera a seguir igual.