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La verdad es titánicA, el ser humano famélico

¿Qué hacemos con la objetividad cuando hay hambre?

¿Qué hacemos con la objetividad cuando hay hambre? Pues nos la comemos, así de simple. Anteayer me acosté sin cenar y al día siguiente apenas tomé un café por la mañana

| 02/06/2017 | 2 min, 46 seg

Cuando llegó la hora del aperitivo y la camarera trajo las dos tapas que entraban con la Turia, casi me echo a llorar de la emoción, y a punto estuve de reclamar una estrella Michelin para el cocinero del chiringuito.

Y al revés también, cuando probé en aquella cena el curry más afamado de España, habíamos comido opíparamente (¿por qué siempre veo aves poniendo huevos al escribir opíparamente, o al escribir mentecato se me cuela un mantecado que hace al idiota más dulce?) habíamos comido tan opíparamente al mediodía- decía- , que el curry me pareció aceitoso sin más.

Sería por tanto incapaz de ejercer la crítica gastronómica en serio: todo me sabe a gloria bendita cuando estoy canina y a nada del otro jueves cuando me siento inapetente.

Y soy consciente de que es necesaria cierta objetividad, es imprescindible aislar las variables para obtener un resultado lo más exacto posible, mantener a raya a la fiera hambrienta  o sacudir a la hedonista amodorrada, según el caso.

También me doy cuenta de que esto plantea serios problemas, no ya gastronómicos sino existenciales: si la única forma que tengo de conocer la realidad se da a través de mis sentidos, ¿debo escucharlos con extrema atención  o desdeñarlos porque a veces resultan engañosos?  ¿Podemos objetivizar la subjetividad y no estar locos?

Se vislumbran varias opciones: una es matar de una vez por todas la verdad y  convertirnos al hipsterismo posmodeno haciendo de nuestros sentidos ley y del relativismo religión; la otra es seguir confiando en que la verdad está ahí fuera y nosotros, pobres infelices,  sólo podemos enfrentarnos a ella armados con nuestros imperfectos sentidos que necesitan de un recalibrado constante por parte del cerebro, de una puesta a punto con el conocimiento y la experiencia como herramientas de afinación.

¡Y es que la verdad es titánica y el ser humano famélico!

Convendremos en que esta segunda opción parece mejor a priori. Y sin embargo, creo que no es suficiente para erigirse en experto gastronómico. Se hace imprescindible además poseer una cualidad previa, una característica esencial: haber nacido con hambre, con un hambre infinita, un hambre patológica, ancestral, un hambre que no acaba nunca, un hambre tan titánica como la verdad. Con esa clase de hambre.

A menudo me cuentan de un tal Matoses, que recorre el mundo tratando de saciar esa hambre descomunal de placer o veo imágenes en la red de nuestro querido Echanove, el Mastroianni patrio, disfrutando al límite de mesa en mesa. Y siento que ellos sí poseen las cualidades  necesarias, ellos sí han alcanzado esa clase de objetividad, con el hambre como constante. Que de alguna manera están más cerca de la verdad.

Lo mala noticia es que dan la impresión de estar tan ocupados disfrutando que no van a perder el tiempo explicándonosla.

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