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Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia

250 años atesorando la historia de Valencia

La Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia cumple 250 años en los que ha recopilado un legado de 5.500 libros y 10.000 documentos, que resumen la historia de la ciudad en la que se gestó. Personajes ilustres como Teodoro Llorente, el marqués de Campo o Cirilo Amorós aparecen en las actas de una institución que impulsó la creación de la Caja de Ahorros, el primer conservatorio o el Jardín Botánico. Ahora aspira a no desaparecer

  • Manuel Portolés, director de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia, en la sede de la entidad.

Atenea, en la mitología griega, encarnaba, entre otras cualidades o características, la sabiduría. En su honor y bajo su advocación, se construyeron numerosos templos, entre los que destacaba el situado en la Acrópolis de Atenas, urbe bautizada con su nombre. En el fértil panteón griego despunta por su vinculación con la música (con permiso de la musa Euterpe) y, en general, por su patrocinio de las artes. Incluso como la protectora de la agricultura, hasta el punto de que se le atribuye la creación del olivo.

Si la polifacética deidad emergiera en la València actual y buscara un hogar donde residir, posiblemente, dados sus rasgos, le encajara la sede de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia. En estos últimos años, se ubica en un primer piso de la calle San Vicente, cerca de la iglesia de la Roqueta, aunque no mucho tiempo atrás lo hacía, cuando pervivía la caja de ahorros autóctona —entidad que impulsó—, en un amplio local de la plaza de Tetuán.

Atenea podría sentarse en alguno de los butacones de la sala de juntas, heredados precisamente de la extinta entidad financiera, o pasearse, posiblemente con una mezcla de satisfacción y asombro, por su fértil biblioteca.  

Manuel Portolés, actual director de la Real Sociedad Económica valenciana —una de las pocas que perduran a escala nacional—, bien podría ejercer de cicerone y ser considerado por Atenea como un moderno Erictonio, uno de sus hijos, sobre el que sobrevuelan diversas leyendas, el cual resaltaba como promotor cultural y a quien se atribuye ser el inventor del carro tirado por caballos.

El bioquímico jubilado Portolés, cuya avezada mirada refleja el espíritu ilustrado que ha guiado a esta histórica entidad desde su creación, en 1776, guarda este tesoro con la misma ilusión con la que perseguía el vellocino de oro otro personaje mítico, Jasón, cuando se embarcó con sus argonautas hasta la remota Cólquide para rescatar el legendario carnero áureo.

Ayuntamiento o Diputación

Lo hace no por deseo propio, porque su intención consistiría en que algún organismo público, como el Ayuntamiento o la Diputación de Valencia, ofrecieran una sala en la que compilar los miles de libros y documentos que almacena o los cuadros propios como el de Sorolla que, en la actualidad, se expone en la recepción del palacio de Benicarló, o el de los Borja, que acoge Les Corts.

  • La entidad ha recopilado un legado de 5.500 libros y 10.000 documentos. -

«Representa la historia de nuestros socios y, de manera paralela, la de València. Si lo tenemos aquí guardado, ¿de qué sirve, más allá de para la consulta de algunos estudiosos? Aspiramos a convertirnos en un recurso turístico para la ciudad con nuestro fondo documental», señala el director de la Real Sociedad desde hace cuatro años. 

Tras casi tres décadas siendo socio, Portolés optó al cargo con la intención de promover actividades de cara al 250 aniversario de la histórica entidad, que se celebra en este 2026. Con esa finalidad, ha desarrollado una exposición en la Universitat de València, ha organizado diversos conciertos conmemorativos o ha editado un libro sobre viajeros europeos en la València de los siglos XVI y XVIi, escrito por Juan y Carme Piqueras. Del mismo modo, pretende impulsar un premio de investigación histórica y una gran exposición pictórica.

Portolés salpimenta la conversación de movimiento continuo, de pasos en la búsqueda de tesoros literarios que mostrar mientras habla. El revoltijo de información que puebla su mente y su carácter empírico le inducen a levantarse continuamente para traer diferentes libros y documentos a la señorial mesa de juntas. 

El suegro de Sorolla

Con esa intención, abre una recopilación de imágenes de Antonio García, padre de Clotilde y suegro de Joaquín Sorolla, uno de los múltiples personajes históricos que enaltecen el archivo de la Real Sociedad. En este caso, también ennoblece su colección pictórica. El citado libro recrea la exposición de motores y máquinas elevadoras de 1880, exhibida en la Alameda y compuesta por más de un millar de expositores. 

Paseo de escasos metros para compartir el estrecho espacio que separa las estanterías metálicas alineadas en la biblioteca y repletas de interesantes lecturas. Las manos de Portolés se posan en el primer documento que deja constancia de la constitución de la Real Sociedad, su acta fundacional de 5 marzo de 1776. 

Por aquel entonces, el espíritu colaborativo de la institución le inducía a abarcar todo el Reino de Valencia. No obstante, desde el Consejo de Castilla atajaron esas pretensiones, después de que su entidad homóloga del País Vasco las hubiera logrado. Tuvieron que conformarse con incluir en su nombre el topónimo Valencia y refrenar, en teoría, su expansión al ámbito local.

Buscaron soluciones pragmáticas. Uno de sus fines consiste, tal como refleja en su web a modo de epílogo de su extensa historia, en que «utopía y realidad sean complementarias». Con ese concepto en mente, impulsaron delegaciones en múltiples poblaciones españolas y extranjeras o crearon las Juntas de Damas para potenciar la por entonces vetada participación femenina, centrada en la docencia en escuelas y bibliotecas públicas para niñas.

Actas y comisiones

La mirada se pasea errática por las estanterías; no tanto por no saber qué buscar, sino porque se topa con demasiado donde detenerse. La colección de boletines enciclopédicos recopila las actas y hechos de la Real Sociedad Económica de Amigos del País (RSEAP) de Valencia y, a la vez, sirve de retrato continuo de los dos últimos siglos y medio de la ciudad a la que busca potenciar. El último censo bibliográfico, realizado en 2024, contabilizaba 5.500 libros y 10.000 documentos.

«Había una comisión de navegación, con expertos en la materia, que recuerdan, en sus anotaciones, cómo llegó el níspero de Japón y de qué modo fue considerado, al principio, como una fruta ornamental. Participamos en la gestación del Jardín Botánico, escogiendo las especies que mejor podrían exhibirse. Desde siempre hemos tratado de traer a València la vanguardia internacional y adaptarla. En esa línea, por ejemplo, mejoramos la producción de seda o promovimos la red de aguas potables. De hecho, la fuente de los cisnes de la plaza San Vicente, en la calle del Mar, rinde homenaje a la Real Sociedad por esa cuestión», relata Portolés.

Anuncios y diccionarios del siglo XIX

Un estante destaca por la acumulación de Gazetas —con esa ‘z’ intervocálica— de Madrid, «el Boletín Oficial del Estado de la época». Se apilan los tesoros literarios a curiosear. El director de la entidad destapa, en este punto de la conversación, un ejemplar de 1891 del periódico madrileño La Ilustración Española, con las páginas pobladas de anuncios, en los que aparecen dibujados frascos de harina lacteada de Nestlé, Agua de Philippe —calificada en la publicidad como el mejor dentífrico— o Nigritín, marca subtitulada en la promoción con la explicación de tintura de cabellos y barba.

  • Acta fundacional de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia. -

Acto seguido, Manuel Portolés pide que le enunciemos un topónimo. «Manzanera», apunta el fotógrafo que ha captado las instantáneas que nutren las páginas de este reportaje —que, quizás, también quede depositado en los archivos de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia—. 

Raudo, el director de esta secular entidad se sumerge en las páginas del diccionario Pascual Madoz, que enumera, con sus rasgos orográficos, censales o económicos, «las poblaciones de España y ultramar». El compendio resulta tan inmenso como admirable, teniendo en cuenta que se llevó a cabo y publicó a mitad del siglo XIX. Por supuesto, encuentra la localidad turolense.

Caja de ahorros, conservatorio…

La Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Valencia (1878), el primer conservatorio de música de la ciudad (1879), el Instituto Taquigráfico (1881)…, empieza a enumerar Portolés actuaciones tangibles llevadas a cabo por la organización que dirige para, instantes después, mostrar la partitura de su himno inédito, compuesto en agradecimiento por su constante impulso de la música.

Aunque en sus orígenes nació como entidad de espíritu económico y «librepensador» compuesta por terratenientes y con vocación de influir desde el ámbito civil en la política con sus consejos de expertos, ha devenido en una asociación centrada en el ámbito cultural.

Sus actividades presentes y, sobre todo, su fértil patrimonio bibliográfico así lo acreditan. «Los valencianos hemos de estar orgullosos de que se hayan salvado todos estos libros y documentos y no hayan sido saqueados», recalca Portolés. En este momento de la conversación sale a colación la figura de otro asociado, Joaquín Maldonado, quien conservó durante dos décadas, a mitad del pasado siglo XX, la biblioteca en su propia casa para evitar precisamente su expolio.

Socios ilustres

Forma parte del elenco de ilustres socios de la RSEAP de Valencia, junto a otros prohombres de la relevancia de Teodoro Llorente, Ernest Lluch, Antonio Pellicer, el conde de Castrillo y Orgaz (su primer director), Gregorio Mayans, Francisco Pérez Bayer, Juan Navarro Reverter, Cirilo Amorós, el conde de Ripalda, el marqués de Campo y un larguísimo etcétera que constan en la amplia recopilación de los avatares de la institución que se relata en su página web.

Manuel Portolés, el director número 44 de la entidad, trata, precisamente, de impulsar el conocimiento de ese legado. Lo hace con su experiencia de haber sido vicedirector de la Real Sociedad y con la solvencia de su trabajo como investigador treinta años en La Fe y once en compañía de un científico del renombre de Santiago Grisolía.

Optará en diciembre a un segundo mandato para seguir reclutando argonautas que lo acompañen en la Cólquide de la memoria escrita valenciana. En la actualidad, la RSEAP cuenta con alrededor de 300 asociados —hombres y mujeres—, dirigidos por una junta compuesta por 23 de ellos, cada cual procedente de un ámbito social y cultural diferente. 

Este órgano de gobierno adopta decisiones como, por ejemplo, regalar a cada componente de la entidad un libro basado en las indagaciones en viticultura de otro insigne personaje, también valenciano. Se trata de Simón de Rojas Clemente y Rubio, nacido en Titaguas y cuyo nombre en la urbe se asocia en la actualidad a un mercado. Igualmente decide las nuevas admisiones, que requieren de la firma de tres asociados, un breve currículum de presentación del aspirante y el pago de una cuota anual de cuarenta euros.

No quieren desaparecer

«Somos una entidad cultural que se resiste a desaparecer», recalca, con una mezcla de nostalgia y orgullo, Manuel Portolés. Dos vitrinas repletas de distinciones atestiguan su aportación a la ciudad. Entre ellas se hallan la medalla del Ayuntamiento de València o la de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos.

«Resulta complicado llegar a los jóvenes», lamenta el director de la entidad, para, acto seguido, en un impulso anímico, rectificarse y apuntar que, con la música, con sus becas en el conservatorio, con sus conciertos, lo están consiguiendo. «Hemos ido derivando de la promoción económica a la cultural», refrenda, no sin antes hacer hincapié, una vez más, en la prolífica digitalización de sus fondos documentales para que «cualquier persona pueda acceder a ellos y descargarlos».

Quien prefiera consultar los ejemplares originales puede hacerlo en la propia sede de la calle San Vicente, avisando antes de su visita. A cambio, si el objeto de la presencia consiste en investigar para la configuración de una tesis doctoral, piden un ejemplar de ese trabajo final para depositarlo entre sus fondos bibliográficos.

Constituyen parte de la esencia de la RSEAP de Valencia. No toda, porque otra gran porción la configuran sus valores. Su propio motivo de fundación, «tratar de llevar a la práctica los ideales de la Ilustración: la razón y la modernidad», la define.

Padres creadores y principios

El espíritu de sus siete padres creadores (Pedro Mayoral, Francisco Pérez Mesía, Sebastián de Saavedra, Francisco de Lago, Juan de Vao, el marqués de León y el marqués de Mascarell) sigue vigente, aunque adaptado a los tiempos, como siempre ha tratado de hacer la entidad. En 1776 la rubricaron con la pretensión de, según consta en sus estatutos primigenios, «la erección de una Sociedad de Amigos del País para esta ciudad de Valencia y su Reyno a imitación de las que se habían fundado en Madrid y en otras Provincias de España». 

Y también lo hicieron con un principio que mantienen incólume: «Por la libertad, la tolerancia y la difusión de la cultura como principales normas de actuación». Desde entonces han transcurrido 250 años que han convertido a una robusta y eminente entidad en una añeja institución repleta de sabiduría con un ingente legado que quiere compartir con sus conciudadanos. 

Porque, y así completa Portolés la frase conciliadora entre pragmatismo y deseo que enmarca los objetivos de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia, «nuestra aspiración: conseguir, como querían nuestros ilustres antepasados, que la utopía y la realidad sean, no solo compatibles, sino, además, complementarias». El paso de los siglos no ha marchitado esa voluntad inicial y la preserva, vigorosa, como motivación de sus acciones. 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 137 (junio 2026) de la revista Plaza

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